Biografía de Carlos Marx, Cap. 2. Servir a la humanidad y humanizar el mundo

Los condiscípulos del joven Carlos eran hijos de familias burguesas y de funcionarios; pero no pocos eran también hijos de artesanos y campesinos que querían llegar a ser sacerdotes o funcionarios gubernamentales. Carlos  Marx era en parte querido por sus compañeros de escuela, y en parte temido: «querido —como narraba más tarde su hija Eleanor, sobre la base de relatos hechos por sus padres y parientes—, porque siempre estaba pronto a dedicarse a bromas juveniles, y temido porque escribía punzantes versos satíricos y ridiculizaba a sus enemigos”. Según parece, sólo tenía relaciones más estrechas con Edgar von Westphalen, un tanto más joven, quien concurría también al Gimnasio y que fue su amigo hasta la muerte.

Esta amistad juvenil con Edgar von Westphalen no fue accidental, ya que la familia del consejero del gobierno, Ludwig von Westphalen, y la de Heinrich Marx, se conocían desde hacía tiempo”. Ludwig von Westphalen —en total contradicción con la mayoría de sus colegas de su misma posición social y profesión— era un hombre muy educado, imbuido de ideas liberales. Sus antecesores paternos provenían de la clase media alemana, pero su padre se había elevado hasta la aristocracia gracias a sus destacados servicios militares. A pesar de su orgullo de hombre del común, aceptó el ascenso para poder casarse con la mujer de su elección, la hija de una aristocrática familia escocesa.

El hogar de la familia von Westphalen se encontraba en Roemerstrasse (ahora Paulinstrasse), a pocos minutos de distancia de la casa de los Marx. Los hijos de ambas familias se habían hecho amigos a edad temprana. Sophie, la hermana de Carlos, conquistó la confianza y la amistad de Jenny von Westphalen, dos años mayor, y entre Carlos y Jenny también se desarrolló un profundo apego. Los muchachos y las chicas se reunían a menudo para divertirse y jugar.

Pero el escolar Carlos Marx no se sentía atraído sólo hacia Edgar y Jenny; experimentaba una atracción no menor hacia el padre de éstos. Ludwig von Westphalen había llegado a querer al precoz hijo de su vecino, y a su vez Carlos lo respetaba como a un segundo padre. El consejero del gobierno adoraba La ilíada y La odisea de Homero. Conocía de memoria pasajes enteros de Shakespeare, tanto en inglés como en alemán, y tenía un apego especial por el romanticismo. Por sobre todo, sabía cómo infundir en otros su entusiasmo por la literatura humanista (incluidos los jóvenes entre esos otros). Nada podía ser más natural para Carlos, con su sed de conocimientos, que recibir el estímulo de su amigo de más edad, que su escuela, y aun, en ciertos sentidos, su hogar paterno, no podían ofrecerle. Pero no sólo en literatura abrió el padre de Jenny nuevos mundos ante el joven Carlos. El consejero del gobierno también se interesaba por los problemas sociales, y Carlos, como niño cuyo trayecto a la escuela pasaba por la zona del mercado, habitada por campesinos pobres, y quien en sus vagabundeos veía el hambre en el barrio pobre de la ciudad, escuchaba con atención cuando su mentor deploraba la situación en que debían vivir muchos conciudadanos de Tréveris. Décadas después Marx recordaría que en la casa de los Westphalen fue donde primero conoció las ideas de Saint-Simon, el socialista utópico francés.

Pero por interesantes que fuesen sus conversaciones con su padre sobre el mundo humanista de las ideas de un Voltaire, un Lessing o un Goethe, y por emocionantes que resultaran las incursiones con von Westphalen por el mundo del romanticismo, la escuela era ahora la principal preocupación del joven Carlos. Allí era necesario dar pruebas de uno mismo. De estudiante, Marx poseía el talento de entender las cosas con facilidad, y llegó al último grado sin dificultades y con buenas calificaciones. Se graduó  en septiembre de 1837, cuando apenas contaba 17 años. En sus observaciones sobre sus exámenes finales, la Real Comisión Examinadora decía: «Tiene dotes, y muestra una muy elogiable contracción al trabajo en idiomas antiguos, en alemán e historia, una elogiable capacidad para las matemáticas, y una muy escasa aplicación para el francés». La comisión le otorgaba el título de graduación «en la esperanza de que satisfaga las favorables expectativas que sus dotes justifican».

Entre sus trabajos escritos, el ensayo de alemán era el más destacado. El tema era: «Pensamiento de un joven en la elección de una profesión». El joven Marx condenaba la elección de una profesión basada sólo en el egoísmo o en consideraciones materiales. «La historia —escribía— designa como sus más grandes hombres a quienes, al trabajar por el interés general, al mismo tiempo se elevaron; la experiencia muestra que los más afortunados son quienes dan la felicidad a mayor número de personas.» 

Servir a la humanidad y humanizar el mundo: así entendía el deber y la dicha en la vida el joven de 17 años.

Esos eran los pensamientos que su maestro Wyttenbach discutía a menudo con sus estudiantes. Pero el Marx en maduración reconoció asimismo que la elección de una profesión no dependía sólo de los esfuerzos del individuo: “No siempre podemos llegar a la ubicación a que nos creemos llamados; nuestras relaciones con la sociedad ya han comenzado, hasta cierto punto, antes que nos encontremos en condiciones de determinarlas”. Este pensamiento revela que el graduado del Gimnasio ya empezaba a adquirir conciencia de la importancia de las relaciones sociales para los seres humanos. Así, pues, terminaba el ensayo con las siguientes palabras: “Si elegimos una obra en la cual podemos realizar el máximo para la humanidad, carga alguna podrá doblegarnos, porque sólo es un sacrificio en bien de todos; y entonces no gozaremos de alegrías pobres, limitadas, egoístas, porque nuestra dicha pertenece a millones, nuestras obras perduran, actúan eternamente, y nuestras cenizas son regadas por las quemantes lágrimas de nobles seres humanos”.

Textos de Formación Política No. 17. La fuerza revolucionaria principal

LA FUERZA REVOLUCIONARIA PRINCIPAL

E! sistema mundial del socialismo es la fuerza revolucionarla principal en el mundo de hoy. ¿En qué se expresa esto?

En primer lugar, en el ejemplo del socialismo. Creando la nueva sociedad que hace desaparecer la explotación del hombre por el hombre o de una nación por otra, el socialismo está mostrando cuan enormes son las ventajas que ofrece la sociedad socialista. Altos ritmos de desarrollo económico, supresión del paro forzoso y de otros males sociales vinculados al modo capitalista de producción, amplios sistemas de seguros sociales y de instrucción pública, progreso acelerado de la ciencia y la cultura, son adelantos con que el socialismo contribuye a difundir las ideas marxistas-leninistas y que representan la forma más palpable y más eficaz del alegato en favor de la transformación socialista. 

El continente latinoamericano ha visto muchas revoluciones, pero sólo una, la revolución socialista en Cuba, acabó por primera vez en América Latina con el yugo imperialista y resolvió radicalmente el problema agrario, suprimiendo la explotación. En Cuba se erradicó el analfabetismo y el paro forzoso. Al pueblo se le dio acceso a la instrucción y a la sanidad, y el disfrute de los beneficios del seguro social. Fue mejorada la situación de millones de hombres.

2. EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO DEL PROLETARIADO

LA  INFLUENCIA  DE  LOS  PARTIDOS MARXISTAS

La exacerbación de las contradicciones del capitalismo promueve el auge de la acción del proletariado en la lucha de clases. Esta lucha va tomando un carácter de masas cada vez mayor.

La acción económica y política de la clase obrera y de otros grupos de trabajadores de la población, es como un barómetro que muestra cuánto adelantan los trabajadores en lo referente a organización y conciencia. El movimiento obrero entra en una fase cualitativamente nueva, aumentan sus reivindicaciones. Junto a las demandas de aumento de salarios, de reducción de la jornada de trabajo, de mejoramiento de la seguridad social y de las pensiones, los obreros luchan por su participación en la gestión productiva, por crear condiciones para su mayor desarrollo cultural y de instrucción, por elevar el nivel de su formación, por que se respete su dignidad. Los hombres de trabajo quieren vivir activamente y colmados de intereses sociales, haciéndose necesario por lo tanto darle más derechos sociales y más libertades democráticas. Es natural que estas aspiraciones estén dirigidas, por su esencia, contra la dominación de los monopolios, pues socavan sus puntales, generan y aumentan la inestabilidad del régimen capitalista. No pasa un solo año sin que surja una crisis político-social aguda en uno u otro país capitalista.

A la cabeza de la lucha de la clase obrera marchan los partidos revolucionarios, denun-ciando incansablemente la política reaccionaria de los círculos gobernantes imperialistas o de las camarillas oligárquicas locales, uniendo a todas las fuerzas progresistas para la lucha por la paz, la democracia y el socialismo.

LA  CLASE  OBRERA, FUERZA BÁSICA DE LA LUCHA POR LA PAZ Y LA DEMOCRACIA

¿Cuáles son los objetivos que se plantean los partidos revolucionarios de los países capitalistas?

El objetivo final de esta lucha sigue siendo la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista en sociedad comunista. A conseguirlo están dirigidas la estrategia y táctica de todos los sectores progresistas.

La revolución socialista es un proceso social que es la sujeto a leyes y que viene preparado por el desarrollo del capitalismo y la exacerbación de todas las contradicciones que lleva consigo. La revolución no se hace por encargo, sino cuando maduran las necesarias condiciones económicas y sociales; cuando el proletariado alcanza un alto nivel de conciencia y organización, tiene voluntad para la acción revolucionaria, decisión para conducir a las masas al asalto del capitalismo. Por lo tanto, no hay que impulsar artificialmente los acontecimientos, anticiparse y crear el riesgo de aislar al movimiento de la vanguardia combativa del ejército revolucionario. 

Pero esto no significa en modo alguno que la vanguardia revolucionaria tenga que esperar pasivamente los acontecimientos. Al contrario, la vanguardia tiene por delante tareas importantes que cumplir para cohesionar a las masas, elevar su grado de conciencia y de organización y divulgar las ideas del socialismo. La estrategia y la táctica de la conducción de las masas a la revolución, requiere del partido marxista-leninista que agrupe fuerzas con paciencia para las batallas decisivas por venir. La tarea puede resolverse con buen éxito en la lucha por la independencia nacional, por la conservación y ampliación de los derechos civiles y libertades, contra la militarización de la economía, contra el fascismo y la guerra.

En los países de América Latina estos objetivos se cumplen en la lucha por una independencia nacional auténtica, por la recuperación o ampliación de derechos democráticos y libertades, contra el dominio del imperialismo y las oligarquías locales y contra las dictaduras reaccionarias. De esto parten precisamente en su estrategia y táctica los partidos socialistas y obreros del continente latinoamericano, apreciando la fase antiimperialista, agraria y democrática de la revolución como la preparatoria de condiciones para el período de reorganización de la sociedad sobre bases socialistas, la fase que lleva a las masas a la revolución socialista. Es decir, que la lucha por la democracia es parte inalienable de la lucha por el socialismo.

El mayor enemigo de la democracia en la sociedad capitalista contemporánea son los poderosos monopolios, que oponen a sí mismos a la inmensa mayoría de la nación. La protesta contra la preponderancia de los monopolios va aumentando de año en año. Al movimiento se incorporan más grupos sociales. El gran capital pisotea los intereses del pequeño campesino y del campesino medio, de las capas medias de la ciudad (pequeños empresarios o comerciantes, artesanos y parte de los empleados), estratos sociales que se arruinan o van a caer en el vasallaje de monopolios y bancos. Se comprende, pues, que intervengan cada vez más activamente en la defensa de sus intereses.

En nuestros días, crece de manera vertiginosa el número y la influencia del personal que realiza trabajo intelectual. Esto es con-secuencia directa del pujante desarrollo de la ciencia y la cultura y de la expansión del sistema de enseñanza. Antes, el trabajo intelectual creaba en la sociedad burguesa muchas posibilidades para ocupar posiciones de privilegio. Por su condición y modo de pensar, una parte importante de la intelectualidad estaba próxima a la burguesía, sirviendo a los intereses de esa clase. Hoy, grupos cada vez más numerosos de intelectuales se integran en el ejército de asalariados, y, al igual que los obreros, son explotados implacablemente por el capital financiero. Sus intereses se entrelazan estrechamente con los de la clase obrera. 

Los propósitos de obtener un lucro siempre mayor, que penetran la política del capital monopolista traban cada vez más las facultades creadoras y las nobles aspiraciones de los hombres de ciencia y arte, de los trabajadores de la cultura y la educación. Bajo la influencia de la crisis espiritual de la sociedad burguesa y de la fuerza de atracción de las ideas del socialismo, se va agravando el conflicto entre la intelectualidad progresista y los monopolios. Representantes de la intelectualidad toman el camino de la lucha antimperialista, junto a los obreros.

En los últimos años, el mundo capitalista está chocando con un nuevo fenómeno más temible para él. Se trata de la «rebelión de la juventud». Jóvenes obreros y estudiantes no ven perspectivas en la sociedad de los omnipotentes monopolios, del imperialismo y de la oligarquía local, del menoscabo a la autonomía de las instituciones docentes, y de la ausencia de libertades democráticas; en esa sociedad apresada por una profunda crisis política y económico-social. 

La acción opositora de la juventud suele tener un carácter espontáneo. No obstante, estas acciones muestran que la juventud no quiere conformarse con la agobiante atmósfera del capitalismo. Esto crea una base para acercar a la juventud al movimiento obrero y su vanguardia revolucionaria, capaces de abrir el camino justo a las luchas por la realización de las aspiraciones y esperanzas de la joven generación, la ruta de la lucha contra la dominación del capital.

La entrada en la lucha antimonopolista de grupos sociales cada vez mayores, va reduciendo la base social del poder de los monopolios, crea premisas para que todas las fuerzas y tendencias democráticas formen una alianza política dirigida contra la reac-cionaria política interior y la agresiva política exterior del imperialismo. 

En América Latina, el objetivo principal de la revolución es acabar con el predominio del imperialismo y de las oligarquías gobernantes ligadas con aquél, realizar las profundas reformas que se necesitan para construir el socialismo en el futuro. El empeoramiento de la crisis económica, social y política, la exacerbación de la lucha de clases en la ciudad y en el campo, la agudización de! antagonismo entre el pueblo y las oligarquías y el imperialismo, contribuye a formar frentes unidos antiimperialistas y anti-oligárquicos con vastos grupos de la sociedad (obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales, pequeños y medianos industriales y comerciantes, capas medias de la ciudad, representantes progresistas de la iglesia, militares patriotas). Es decir que, como fuerza motriz de la revolución interviene un frente amplio de masas populares, sobre la base de una alianza de obreros y campesinos, con la clase obrera a la cabeza. La dirección principal de todo el movimiento, tiende a aislar a los círculos más reaccionarios de cada país, agentes del imperialismo y oligarquías venales, organizar una lucha unida de todas las fuerzas interesadas en la realización de programas antiimperialistas y anti-oligárquicos. El objetivo más próximo de estas coaliciones amplias: crear auténticos gobiernos populares, antiimperialistas, capaces de realizar, con el apoyo de las masas, un programa de cambios radicales. Se sobreentiende que esta línea estratégica genera! de las fuerzas revolucionarias de América Latina, toma en consideración las particularidades específicas de cada país del continente, emplea tácticas y formas de lucha que corresponden a las condiciones nacionales.

La clase obrera, asumiendo el papel de protagonista en el movimiento democrático y antiimperialista, puede evitar la amenaza del fascismo, reivindicar la realización de medidas que vayan más allá de las habituales reformas democrático-burguesas y mejoren las condiciones para llevar adelante las luchas por el socialismo. Esta es precisamente la conclusión a que han llegado los partidos socialistas y obreros, de que se puede ir al socialismo ganando para esta causa a la inmensa mayoría del pueblo, aislando política-mente a la burguesía monopolista, a las oligarquías y a los agentes del imperialismo, llevando a cabo profundas transformaciones democráticas, hasta poder reorganizar sobre bases socialistas todo el sistema de relaciones sociales.

Textos de Formación Política No. 16. Nuevo tipo de relaciones internacionales

NUEVO  TIPO DE RELACIONES INTERNACIONALES

El socialismo, al haber rebasado el marco de un sólo país y transformarse en un sistema mundial, planteó al movimiento revolucionario el problema de cuáles deben ser las relaciones entre los Estados socialistas soberanos.

En esta cuestión las premisas de partida estaban claras. Uno de los objetivos principales del socialismo, consiste en acabar para siempre con la desconfianza y la enemistad entre las nacionalidades, afirmar en la Tierra una paz permanente y la fra-ternidad entre pueblos libres. Está claro que precisamente a esos objetivos tienen que subordinarse todas las relaciones entre los Estados socialistas.

La cuestión no está sólo en que esto responde a los ideales socialistas o a la idea que se tiene de la justicia y del bien. Una alianza fuerte entre pueblos que marchan al socialismo es una necesidad objetiva para ellos. Lo ha comprobado no sólo la teoría sino también la práctica misma, la realidad política: al haber chocado con la agresión imperialista desde el instante de su surgimiento, los países socialistas necesitaron unificar sus fuerzas para la defensa de revolución y la construcción exitosa del socia-lismo. Del mismo modo, se puede resistir el bloqueo económico, liberarse de las one-rosas condiciones de comercio que imperan en el mercado capitalista y recibir apoyo y ayuda para desarrollar con rapidez la economía nacional, solamente desarrollando los vínculos económicos con los hermanos países socialistas. 

La identidad del régimen político-social, una misma ideología y los intereses políticos inmediatos similares imponen a los países socialistas la necesidad de unirse estrechamente. No se trata simplemente de una alianza de Estados sino de formar y desarrollar relaciones internacionales de nuevo tipo.

Para aclarar más a fondo los elementos nuevos que introduce el socialismo en las relaciones de Estados soberanos, bastará recordar algo de la historia de las relaciones internacionales. Apenas habían aparecido en el mundo los primeros Estados, ya comenzaron a enfrentarse en luchas enconadas, porque las clases explotadoras domi-nantes tendían a acrecentar a toda costa los territorios que tenían bajo su depen-dencia y a avasallar a otros pueblos. Las guerras, que se sucedían unas tras otras, acarreaban calamidades incontables, y las breves treguas de paz eran aprovechadas para preparar nuevas aventuras guerreras. Engaño, alevosía y violencia, todo estaba permitido con tal de que se pudiera vencer a los vecinos, sojuzgar a otros Estados, formar imperios. Tómese por ejemplo a la América Latina, donde después de las guerras de independencia se formaron Estados nacionales encabezados por las clases explotadoras: la burguesía y los terratenientes. No pocos conflictos armados han surgido entre los países por cuestiones territoriales relacionadas con la explotación de yacimientos de minerales útiles o de los recursos hidro-energéticos. ¡Cuántos litigios fronterizos han llevado a choques armados y a la muerte de miles y miles de hombres!

El bandidaje en el mundo alcanzó la cima en el período del imperialismo. La fuerza económica y militar se convirtió en el argumento decisivo en las relaciones entre Estados imperialistas, y en mayor medida aún en las relaciones de estos últimos con los países débiles. He aquí, por ejemplo, cómo políticos norteamericanos denominaron oficialmente la política exterior de los EE.UU. en distintas etapas: política del «gran garrote», «diplomacia del dólar», política de «chantaje nuclear» y política «desde posiciones de fuerza».

Después de la segunda guerra mundial, los Estados imperialistas crearon bloques político-militares agresivos dirigidos contra los países del socialismo y el movimiento revolucionario. Pero, ni las relaciones de alianza en esos bloques pueden suprimir las agudas contradicciones existentes entre los Estados imperialistas, ni terminar con la lucha por los mercados y las esferas de influencia de sus capitales.

El nuevo tipo de relaciones internacionales socialistas no aparece en forma acabada, se va formando en el transcurso de un período histórico bastante prolongado que aún no ha terminado, ya que se hace necesario ordenar un complicado sistema de nuevos vínculos económicos, políticos y culturales entre los países socialistas.

Para establecer normales relaciones de amistad entre los Estados socialistas, tiene especial importancia aplicar los principios que pasaron ya por la prueba del tiempo y que están fijados en una serie de documentos programáticos del movimiento revolucionario, tales como la igualdad de derechos, el respeto a la independencia y a la soberanía nacional y la no injerencia en los asuntos internos de los demás Estados. Mas las relaciones de los países socialistas no se agotan en estos principios, sino que les sirve de base el principio del internacionalismo socialista. 

Precisamente el concepto de internacionalismo engloba toda la enorme y variada ayuda recíproca que multiplica las fuerzas de los países socialistas; precisamente la fidelidad al internacionalismo es la garantía para desarrollar y afianzar el poderío del sistema mundial del socialismo. El inlernacionalismo presupone una lucha decisiva contra todas las manifestaciones de la ideología nacionalista, extraña al proletariado.

EL SISTEMA ECONÓMICO DE LA COMUNIDAD DE PAÍSES SOCIALISTAS

Las ventajas del nuevo tipo de relaciones internacionales que el socialismo viene afirmando se manifiestan, de un modo evidente en el campo de la cooperación econó-mica entre los Estados socialistas.

El pueblo de cada país socialista está interesado en que progrese la industria y la economía agraria y suba el nivel de vida de la población de todos los demás países socialistas. Y los éxitos de los países socialistas dependen en gran medida de la ayuda económica mutua, que se manifiesta en múltiples formas: comercio recíprocamente ventajoso, créditos, asistencia en la construcción de empresas industriales o intercambio de conocimientos científicos o tecnológicos.

Históricamente, entre los países del mundo se formó una división del trabajo de carácter territorial. Esto implica que los países se especializan en la producción de determinadas mercancías que proveen al mercado mundial, donde compran los productos que a su vez necesitan. No es difícil comprender que la división interna-cional del trabajo es por sí misma progresiva, porque trae consigo un aumento de la productividad del trabajo. Sin embargo, en las condiciones del capitalismo toma carac-terísticas deformantes. La burguesía la convierte en fuente de mayor lucro, en medio para explotar más aún a los países subdesarrollados.

Ya hemos dicho que en las colonias y en los países subdesarrollados los impe-rialistas procuraban especializar la economía para producir una sola o dos mercancías. Por ejemplo, Brasil producía café, Ecuador, cacao, Cuba azúcar, Chile cobre y salitre y Venezuela petróleo. Como resultado, estos países tienden a caer bajo la total dependencia de los Estados imperialistas, que los expolian implacablemente tras convertirlos en fuentes de materias primas. Si, por ejemplo, Venezuela no puede vender petróleo, del que produce 200 millones de toneladas, se verá amenazada de ruina y hambre.

En el socialismo, la situación es diferente. La división internacional del trabajo se deshace de las deformidades creadas por el capi-talismo, se desarrolla en extensión y profundidad. El socialismo elimina la explotación de unos países por otros, introduce la igualdad de derechos en la división internacional del trabajo, suprime las contradicciones antagónicas y va creando condiciones al desarrollo armónico de la economía propia de todos los países dentro del sistema mundial del socialismo. Se ve pues, que en el sistema mundial de la economía socialista se forma un tipo nuevo de división internacional del trabajo, basado en los principios de la libre voluntad y de la igualdad, y que sirve al auge general de la economía de todos los países que entran en el sistema.

La integración económica socialista es una etapa superior de la cooperación, que presupone un acercamiento creciente entre los países que entran en el Consejo, la realización de inversiones conjuntas para desarrollar una serie de sectores de la industria (materias primas, combustibles, ciertos tipos de maquinaria, etc.). desarrollar más a fondo la especialización y la cooperación y coordinar estrechamente los planes económicos nacionales.

La integración contribuye al progreso de la economía de los países socialistas, al crecimiento del poderío de la comunidad socialista.

El desarrollo del sistema mundial de la economía socialista no significa en modo alguno que los Estados socialistas se aíslen de otros países o se encierren, por decirlo así, en su propio círculo. Al contrario, tienden a establecer una cooperación económica de beneficio mutuo, entablar vínculos comerciales con todos los Estados, independientemente del régimen social que tengan.

Textos de Formación Política No. 15. La transición del Capitalismo al Socialismo

LA TRANSICIÓN DEL CAPITALISMO AL SOCIALISMO

La Gran Revolución Socialista de Octubre abrió la época de la transición revo-lucionaria del capitalismo al socialismo en todo el mundo. Esta transición se realiza como resultado de una aguda lucha de clases, en una situación de enfrentamiento en el ámbito internacional entre socialismo y capitalismo, entre progreso y reacción.

El desarrollo de los acontecimientos en el mundo presenta innumerables pruebas que demuestran la justeza de las ideas del marxismo-leninismo.

El triunfo de esta teoría revolucionaria tiene viva expresión en la actividad de las tres fuerzas revolucionarias fundamentales de la época: el sistema mundial del socia-lismo, el movimiento obrero y los movimientos de liberación nacional.

EL SISTEMA MUNDIAL DEL SOCIALISMO

El socialismo rebasó plenamente el marco de un solo país y se convirtió en un sistema mundial. La experiencia de su desarrollo demuestra que la teoría leninista es internacional y aplicable a todos los países y señala la ruta justa de la construcción del socialismo a todos los pueblos. Una nueva demostración de esta realidad es lo sucedido en Cuba. Fidel Castro subrayaba que no se habría podido ni concebir siquiera la Revolución cubana —un acontecimiento que parecía difícil, un acontecimiento que para muchos constituía un imposible—, no se habría podido concebir ni aplicar, sino es partiendo de las ideas esenciales y de los principios del marxismo».

La práctica ha confirmado la evidencia plena de las dos ideas esenciales de la teoría marxista-leninista para formar un mundo nuevo. Primero, la variedad de formas para llegar al socialismo, si bien las leyes son comunes; y segundo, la formación de un nuevo tipo de relaciones internacionales, basado en el internacionalismo y en la amistad fraternal de pueblos libres.

FORMAS  DIVERSAS,  LEYES  COMUNES

Dado que en el capitalismo los países se desarrollan de una manera desigual, llegarán a la revolución socialista también de manera diferenciada: desarrollados económicamente unos, atrasados otros; independientes en el sentido político o, por lo menos, semi-independientes los unos, y avasallados por el imperialismo los otros. Entre unos y otros hay diferencias sustanciales en la estructura de la sociedad (por ejemplo, el predominio del proletariado o el campesinado en las clases trabajadoras; la presencia o la ausencia de una intelectualidad nacional; el grado de conservación de las supervivencias feudales, y el grado de desarrollo de las relaciones capitalistas, de lo que dependerá la consistencia de las posiciones de la burguesía; y, en fin. otros factores). Tienen no poca importancia las particularidades del desarrollo histórico, el carácter nacional, las tradiciones del movimiento de liberación o revolucionario. En el desarrollo del proceso revolucionario en un país dado, influye mucho la correlación de fuerzas en el mundo o la situación internacional, es decir, el conjunto de factores externos.

Se comprende bien que si son distintas las condiciones de partida para construir el socialismo, no podrán ser o no deberán ser iguales las formas, métodos y ritmos de realización de las transformaciones socialistas. La clase obrera triunfante y su vanguardia revolucionaria tendrán que afrontar complicadas tareas: aplicar los principios generales de la teoría marxista-leninista en la coyuntura nacional, explorar formas y métodos que permitan —en la construcción de la nueva sociedad— alcanzar los objetivos fundamentados por la teoría del socialismo científico, del mejor modo y con menores gastos. A disposición de los revolucionarios hay una rica experiencia de la construcción del socialismo en los países ya numerosos. No quiere decir esto, sin embargo, que tengan que copiarla, porque lo que es válido para un país puede no serlo para otro. Así, pues, importa que la experiencia acumulada por los demás, se aplique con sentido práctico, tomando en cuenta las particularidades propias del país determinado.

Mucho antes de que el socialismo rebasase el marco de un sólo país Lenin había dicho que la historia generaría sin falta una abundancia de formas para llegar al socialismo. 

De ahí también la variedad de formas y plazos para la realización de unas mismas trasformaciones socialistas. A las clases derrocadas se privó de sólo una parte de los derechos políticos, y, en algunos países, ni siquiera de eso. La destrucción de la máquina estatal burguesa no se llevó a cabo súbitamente sino poco a poco.

Mostró formas particulares la revolución en los países que fueron colonias o países dependientes. En China, en Corea y en Vietnam, las revoluciones socialistas nacieron de la guerra nacional por la indepen-dencia. En Cuba, que fuera semi-colonia del imperialismo norteame-ricano, el heroico asalto al cuartel Moncada por un grupo de valientes revolucionarios encabezados por Fidel Castro, primero, y el desem-barco del «Granma» después, fueron el comienzo de la lucha armada. Golpeado por los patriotas apoyados por el movimiento obrero y extensas masas de campesinos se desmoronó un régimen carcomido. Entre las particularidades de la revolución cubana figuran la rápida evolución de la revolución democrático-burguesa a la revolución socialista, la formación de la unidad nacional revolucionaria en torno al Ejército Rebelde, el método radical de abolir la propiedad terrateniente y otras.

No obstante, del hecho de que las vías de desarrollo socialista de un país o un grupo de países se diferencien bastante no deberá deducirse que en cada país se crea un socialismo particular, un socialismo «nacional’’. No hay ni puede haber en la sociedad un socialismo ruso o chino, alemán o polaco, cubano o coreano. El socialismo es único. No hay socialismos «nacionales», hay caminos nacionales para llegar al único socia-lismo; hay distintas rutas de las naciones hacia el socialismo. Los rasgos principales del régimen socialista expresan las necesidades objetivas del desarrollo de la sociedad y son necesariamente semejantes y comunes para todos los países o todos los pueblos.

Por esta misma razón, las trasformaciones socialistas, con toda la variedad de formas y métodos que presentan, están subordinadas ineluctablemente a las leyes generales de la transición del capitalismo al socialismo.

El proletariado, los trabajadores, pueden rescatar los medios de producción, pero también apropiarse de ellos sin indemnización; pueden expropiar a la burguesía súbita e integralmente o hacerlo poco a poco. Pero en cualquier caso, los medios de producción habrán de transferirse a la propiedad colectiva, pues de lo contrario no hay por que hablar de socialismo. Eso ya no es objeto de elección sino una ley del desarrollo social.

El Poder Popular de  los trabajadores puede tomar la forma de un poder con un sólo partido o con pluralidad de partidos políticos, esto último cuando está en el poder una alianza de partidos dirigida por los marxistas-leninistas. Mas, en todos los casos es necesario que la dirección estatal de la sociedad la asuma la clase obrera y su vanguardia política, en todas las circunstancias el sistema político del socialismo tiene que incorporar a las tareas de gobierno del Estado a vastísimas masas populares, procurar un desarrollo de las iniciativas o las facultades creadoras de las masas, en otras palabras, establecer la democracia socialista. Tampoco esto es objeto de elección sino, igualmente, una ley del desarrollo social, y eludirla o intentar hacerlo, llevaría a deformar los ideales mismos del socialismo, a complicar la organización de la nueva sociedad y crear dificultades artificiales.

No es difícil comprender la importancia que tiene conocer las leyes generales del paso del capitalismo al socialismo, para no deambular en tinieblas, para ejecutar toda la política sobre una base consecuentemente científica. Esta posibilidad la da la teoría marxista-leninista, que ha sido probada y enriquecida por la experiencia.

Al socialismo no se puede llegar sin revolución proletaria ni dictadura del proletariado, cualquiera que sea su forma, sin estructurar una alianza de la clase obrera con la masa fundamental del campesinado y de otros grupos de trabajadores. En el ámbito de la economía, aparte de la implantación de la propiedad social sobre los principales medios de producción, hace falta trasformar paulatinamente la economía agraria, desarrollar de acuerdo con un plan la economía nacional con vistas a construir el socialismo y el comunismo y a elevar el nivel de vida de los trabajadores. Ha de llevarse a cabo también la revolución socialista en el campo de la ideología y de la cultura, crear una intelectualidad numerosa fiel a la clase obrera, al pueblo trabajador, a la causa del socialismo; suprimir la opresión de las nacionalidades y establecer relaciones de igualdad y de amistad fraternal entre los pueblos. Por último, defender las conquistas del socialismo de los atentados de los enemigos internos y externos, fortalecer la solidaridad de la clase obrera del país con la clase obrera de otros países de acuerdo con el principio del internacionalismo proletario.

Ajustándose a estas leyes y empleando las más diversas formas económicas y políticas de acuerdo con las condiciones concretas, los países que tomaron el camino del desarrollo socialista realizaron una transformación radical de toda la estructura social. 

Es plenamente comprensible que la edificación del socialismo dependa tanto de las condiciones objetivas como de las subjetivas; de lo consecuente que es la realización de las ideas del marxismo-leninismo y de la medida en que es científico el ejercicio de la dirección del proceso social. El incumplimiento de estas exigencias, el desviarse de las teorías estudiadas y de las vías y métodos puestos ya a prueba en la construcción del socialismo, perjudicaría mucho al proceso, frenaría seriamente la construcción de la sociedad nueva, y hasta la echaría hacia atrás.

Textos de Formación Política No. 14. La acumulación de capital y la situación de los trabajadores

La acumulación de capital y la situación de los trabajadores

La fuente de la acumulación de capital es la plusvalía. Una parte, los capitalistas la gastan para satisfacer necesidades personales y el resto, para ampliar la producción. La acumulación de capital permite al capitalista ampliar la producción, explotar mayor número de obreros y apropiarse de la creciente plusvalía. Mientras en un polo de la sociedad se concentran ingentes riquezas, crece el lujo y el parasitismo de las clases explotadoras, en otro se explota cada vez más al proletariado: crece el abismo que separa a los que con su trabajo crean todas las riquezas y los que se apropian de estas riquezas: ésta es la ley de la acumulación de capital. El capitalismo no sólo garantiza a un puñado de ricos vivir en la opulencia a cuenta de la explotación del trabajo; sino que condena a una parte de los proletarios al desempleo y a la miseria, les priva de medios de existencia.

El desempleo es elemento inseparable del sistema capitalista y aparece ya en los albores del capitalismo. El progreso técnico y el empleo de máquinas más perfectas redujeron la demanda de fuerza de trabajo. Si en un primer momento el paro revestía un carácter temporal, más adelante se convierte en crónico: en la sociedad se forma un ejército de hombres sin trabajo, el llamado ejército de reserva. 

La causa del desempleo radica en el sistema mismo de la economía capitalista. El progreso técnico, al posibilitar con menos gastos una mayor producción, permite reducir la jornada laboral y elevar el salario. Más, el capitalista no renueva los equipos para bien de los obreros, sino para obtener más beneficios. Por eso actúa en sentido contrario: despide a una parte de los obreros y al resto los obliga a trabajar más intensivamente. ¿Por qué? Porque cuanto más parados haya, tanto más se aferran a sus puestos los que trabajan: el miedo de quedarse sin medios para vivir les empuja a trabajar con mayor intensidad. Así, pues, los capitalistas utilizan el desempleo para presionar sobre la clase obrera.

La técnica moderna, maravillosa obra del ingenio humano, podría aliviar el trabajo de los hombres, proporcionarles una vida más cómoda. Sin embargo, tal como la aplican los capitalistas empeora la situación del proletariado. No sólo perjudica a los parados. La intensificación del trabajo no es otra cosa que el desgaste prematuro de la fuerza de trabajo. Muchos proletarios que han trabajado en las cadenas industriales, empleadas en la producción capitalista, a los 40 ó 45 años se convierten en inválidos.

El empeoramiento de la situación del proletariado no es un proceso rectilíneo y continuo: puede intensificarse o reducirse con arreglo a las circunstancias concretas, a las particularidades de uno u otro país. El ataque de los capitalistas contra los derechos vitales de los trabajadores encuentra la firme resistencia de la clase obrera. Con acciones resueltas (huelgas, etc.), el proletariado logra ciertas concesiones: aumento del salario, reducción de la jornada laboral, etc. Pero todo esto no cambia el hecho de que en el mundo capitalista la explotación crece.

Las mayores desgracias a los trabajadores las acarrean las crisis económicas: la producción decae catastróficamente. Los capitalistas se esfuerzan por aumentar la producción, a ello no sólo les mueve la avidez de lucro, sino también la lucha competitiva. Pero los ingresos de la población no crecen, o aumentan lentamente. En otras palabras, la demanda solvente de mercancías se rezaga de la producción de éstas. Este retraso alcanza periódicamente tales magnitudes, que se acumulan ingentes cantidades de productos y los capitalistas y granjeros de poca monta se arruinan, se cierran miles de empresas, crece bruscamente el desempleo y bajan los salarios.

A primera vista parece que la causa de la crisis es la superproducción. De hecho las mercancías no encuentran comprador, no porque no las necesite, sino porque no tiene medios con qué adquirirlas.

En 1934 murieron de hambre en los países capitalistas 2 millones 400 mil personas; al mismo tiempo, en EE.UU. se destruyeron más de un millón de vagones de cereales (esta cantidad hubiera bastado para alimentar a 100 millones de personas durante un año), 267 mil vagones de café, 258 mil toneladas de azúcar, 26 mil toneladas de arroz, 25 mil toneladas de carne y otros muchos productos. Brusco descenso de la producción, destrucción de productos, paro masivo, reducción de la exportación de mercancías tradicionales, ruina de centenares de miles de pequeños comerciantes y artesanos: tales fueron las consecuencias de la crisis económica mundial en América Latina, entre 1929 y 1933. Por ejemplo, en Brasil, en aquellos años fueron destruidos 32,7 millones de sacos de café; en Cuba la exportación se redujo el triple; en Ecuador bajó el doble la producción de cacao; en Bolivia, los salarios fueron reducidos en un 50%. En 1931-1932 el número de parados fue en: Argentina, de más de 330 mil; Colombia, 100 mil; México, cerca de un millón; Chile, 300 mil; Brasil, más de 2 millones; Cuba, unos 600 mil.

Las crisis evidencian la naturaleza voraz del capitalismo; testimonian que el capitalismo entorpece el desarrollo de las fuerzas productivas y arrojan en cierto modo a la humanidad hacia atrás. Esto lo vemos, sobre todo, ahora, cuando el capitalismo pasa por la última etapa de su existencia.

ETAPAS DE LA CRISIS GENERAL DEL CAPITALISMO

La primera etapa de la crisis general del capitalismo comienza con la primera guerra mundial y como consecuencia del triunfo de la Revolución Socialista de Octubre. Esta ejerció fuerte influencia en el movimiento obrero y de liberación nacional, dio un poderoso impulso al progreso social de la humanidad. En este período comienza en el subcontinente latinoamericano un gran movimiento revolucionario. Simultáneamente entra en acción la mayor parte de la población de los países del continente. La lucha se caracteriza por la magnitud que alcanza y por la variedad: barricadas, huelgas masivas, manifestaciones de solidaridad con la Rusia soviética, «marchas de hambre», acciones de campesinos y braceros, sublevaciones de unidades militares, movimientos por reformas universitarias, lucha armada contra la intervención norteamericana. 

Por primera vez en la historia de América Latina, la clase obrera sale al escenario político con reivindicaciones propias, tratando de mejorar las condiciones de vida y trabajo, y lograr la transformación revolucionaria de la sociedad. La victoria de los trabajadores en Rusia acelera el paso del proletariado revolucionario y de la intelec-tualidad democrática de América Latina a las posiciones del marxismo-leninismo. En el fragor de las luchas revolucionarias nacen partidos comunistas en Argentina, México, Uruguay, Chile, Brasil y Cuba. 

En los años de la crisis económica mundial (1929-1933) América Latina se convierte en escenario de batallas de masas por la libertad y la independencia. Se fundan partidos revolucionarios en Ecuador, Colombia. Paraguay, Panamá, El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Puerto Rico. 

La segunda guerra mundial acentúa y ahonda la crisis general del capitalismo: del sistema capitalista se desprenden varios países de Europa y Asia. Comienza la segunda etapa de la crisis. El socialismo sale del marco de un sólo país y se convierte en un sistema mundial. Al mismo tiempo, estallan revoluciones de liberación nacional en Asia y África, se forman Estados independientes, que antes eran colonias o semicolonias. Estos años se escriben gloriosas páginas en la historia de la lucha de los pueblos del continente latinoamericano por la liberación social y nacional: la revolución en Gua-temala y la lucha por transformaciones democráticas en este país, la insurrección de los mineros bolivianos y la revolución de Bolivia. En los años de la segunda guerra mundial surgen partidos comunistas en la República Dominicana y Nicaragua; después de la guerra, en Guatemala y Bolivia.

A partir de la segunda mitad de los  años 50 comienza la tercera etapa de la crisis general del capitalismo. Su particularidad radica en que no vino vinculada a la guerra mundial. Antes, el capitalismo era tan fuerte que en tiempos de paz aún lograba ahogar el movimiento socialista de los trabajadores y el movimiento de liberación nacional de los pueblos. Ahora, ya tiene menos fuerzas para ello: así lo prueba el desmoronamiento del sistema colonial.

A últimos de los años 50, en Venezuela fue derrocada la dictadura de Pérez Jiménez. En los años 60. el pueblo dominicano se enfrenta dos veces al imperialismo americano; se intensifica la lucha de los pueblos panameño, peruano y boliviano. Se incrementan las acciones clasistas en Argentina. Chile, Brasil, Uruguay y Colombia. En el curso de la lucha crece el entendimiento para llegar a la unión de todas las fuerzas revolucionarias y democráticas en la lucha contra la oligarquía local y el imperialismo extranjero.

Pero lo más destacable fue que, al lado mismo de la principal potencia imperialista, el valeroso pueblo de Cuba no sólo acabó con el predominio del imperialismo y la oligarquía, sino que inició la construcción del socialismo: en el continente americano nace el primer Estado socialista. Se da al traste con el mito del fatalismo geográfico. Queda demostrado el carácter seudocientífico de las afirmaciones acerca de las vías especiales de desarrollo de los pueblos de América Latina y de la «incompatibilidad» del socialismo con las estructuras socio-políticas del continente. La Isla de la Libertad emprendió el camino del socialismo, que libera para siempre a los trabajadores del yugo de los monopolios, de la explotación, la miseria y la ignorancia. La revolución cubana es un ejemplo extraordinario para todos los pueblos de América Latina.

En su pugna contra el socialismo, los círculos dominantes de los países del capital tratan de aplicar formas enmascaradas de opresión, utilizar los logros del progreso científico y técnico para afianzar sus posiciones; hacen reformas parciales para contener las acciones revolucionarias de las masas.

Aunque el capitalismo trate de adaptarse a las nuevas condiciones, de la crisis general no le salva nadie. De año en año se intensifica la lucha de la clase obrera y de otras capas de la población por sus derechos: si en 1958 el número de huelguistas en el mundo capitalista fue de 26 millones, en 1970. la cifra alcanzó 70 millones de personas.

En 1970, en Chile, por primera vez en la historia del continente, se crea consti-tucionalmente un gobierno popular que en tres años desarrolló consecuentemente una acción antimperialista y anti-oligárquica. Hoy las fuerzas revolucionarias y demo-cráticas de Chile han sufrido una derrota temporal. Pero el proceso revolucionario mundial, así como en América Latina, va en línea ascendente. Así ha sido y será siempre la vía de desarrollo de la sociedad. El imperialismo ya no es omnipotente. Un ejemplo nos lo da Cuba. Contra los deseos de los imperialistas se desarrollan los movimientos progresistas en Perú y Panamá. Nuevas perspectivas se abren en Argentina, Ecuador y Honduras. Son más frecuentes las acciones de las masas en Bolivia, donde no hace mucho los espadones usurparon el poder. Es característico que muchos Estados latinoamericanos, al ver acrecentarse las acciones clasistas, exijan una revisión de todo el sistema de relaciones interamericanas, se manifiesten por la nacionalización de compañías extranjeras, amplíen sus relaciones con los países socialistas.

No cabe confundir la crisis general con las crisis económicas periódicas. Se llama general porque no sólo se extiende a la economía sino también a la política e ideología de la sociedad capitalista.

La burguesía monopolista para mantener su poderío recurre a menudo a la fuerza de las bayonetas; así actúa en política. En lo que se refiere a la ideología, pierde irrecuperablemente la batalla por ganar las mentes de los hombres.

Sin ideales

Cuando la burguesía subía al poder, atraía a las masas con consignas de libertad, igualdad y fraternidad. Estas consignas siguen adornando las constituciones bur-guesas. Pero los trabajadores saben ya lo que valen. Libertad del capitalista para explotar al obrero, libertad de los reaccionarios para asesinar, libertad de los magnates de la prensa para atizar la histeria bélica, «libertad» de los obreros para doblar la espalda, «libertad» de los revolucionarios para estar tras las rejas, «libertad» de los luchadores por la paz para ser golpeados por los bastones de los policías.

Los pueblos se dan cada vez más cuenta de que sólo el régimen socialista, puede garantizar una auténtica libertad, la igualdad y la fraternidad. Cuanto más se extiende la lucha de la clase obrera y de los pueblos contra la omnipotencia de los monopolios, tanto más los gobiernos imperialistas recurren a medidas de demagogia social, hacen concesiones parciales para mantener y consolidar las bases del régimen capitalista. Se valen también de medidas represivas, dirigidas, en primer lugar, contra los revolucionarios. Los derechos de los partidos marxistas y de sus miembros se restringen, y en algunos países, los partidos progresistas son puestos fuera de la ley. El anticomunismo es una de las manifestaciones más claras de la crisis que atraviesa la ideología burguesa.

Esta crisis se revela también en un descenso cultural. En las librerías, teatros, cines y la televisión han irrumpido torrentes de obras de poca monta que ensalzan la crueldad y la violencia, la corrupción y los instintos más ruines. En pintura se propaga el abigarramiento de líneas y manchas con pretensiones de revelar los misterios de la siquis humana. En música, la armonía y la melodía son suplantadas por una salvaje cacofonía. La escultura, destacan las horripilantes estructuras.

Al hablar de la cultura burguesa hay que considerar que en los países capitalistas muchos artistas honrados contribuyen sinceramente con sus obras a que triunfe la justicia y el bien. Pero hay que decir que las obras de estos artistas no tienen nada que ver con la cultura burguesa: ponen al desnudo los vicios del sistema capitalista, buscan una salida del atolladero hacia el que arrastra a los pueblos el capitalismo agonizante. Es lógico que los grandes hombres de la cultura se adhieran a las ideas del socialismo. Entre ellos, figuras de la cultura mundial como Romain Rolland, Teodoro Dreiser, Tomás Mann y Enrique Mann, Federico Joliot-Curie, Pablo Langevin, Bernard Shaw; los latinoame-ricanos Pablo Neruda, Nicolás Guillén, David Alfaro Siqueiros, Jorge Amado, Enrique Gil Gilbert, Volodia Teitelboim. Alfredo Várela, Jacques Stéphen Alexis, José Luis Massera y decenas de nombres más. ¿No es acaso relevante que el pintor más grande del mundo, Pablo Picasso, militara en el Partido Comunista? La intelectualidad progresista rompe con el capitalismo y consagra todos sus esfuerzos a la lucha por el socialismo.

Claro que al hablar de la pobreza espiritual del imperialismo no podemos subes-timar sus esfuerzos en la lucha ideológica.

Bueno es señalar que América Latina es uno de los objetivos «tradicionales» de la expansión ideológica del imperialismo yanqui. Es algo así como un laboratorio expe-rimental en el que se prueban métodos y formas para manipular la opinión pública en un sentido que convenga a los monopolios norteamericanos y a las oligarquías domés-ticas. La «gran prensa» de América Latina (unos 200 diarios) depende de los mo-nopolios extranjeros, que pagan la publicidad, y de las agencias internacionales que difunden la información masiva.

La propaganda imperialista habla sin cesar del alto nivel de vida en EE.UU., Ingla-terra y otros países capitalistas desarrollados, de que los obreros calificados pueden adquirir automóvil o una casa standard.

Puede esmerarse todo cuanto quiera la propaganda burguesa, que no logrará ocultar los males orgánicos del capitalismo, que ha sido y sigue siendo un régimen de explotación del hombre por el hombre, de la opresión de una nación por otra, el régimen de la desigualdad social.

Textos de Formación Política. No. 13. El Capitalismo monopolista de Estado

El capitalismo monopolista de Estado

Ya en las primeras décadas del siglo XX aparecen síntomas que revelan una ligazón entre los monopolios capitalistas y el Estado burgués. En base a ello, V. I. Lenin sacó la conclusión de que el capitalismo monopolista se transforma paulatinamente en capita-lismo monopolista de Estado.

¿Cuál es la naturaleza de este fenómeno? Para responder a esta cuestión es nece-sario saber qué cambios se han operado, en primer término, entre los monopolios y el Estado burgués y, en segundo término, qué papel desempeña el Estado en los países imperialistas.

El Estado burgués, desde el momento de su aparición, ha sido siempre un instrumento de los capitalistas para dominar a las otras clases restantes y ha expresado siempre la voluntad y los intereses de la clase capitalista en su conjunto. Es natural que la gran burguesía ejerciese la mayor influencia en los asuntos estatales y en la política interna y externa. Sin embargo, en la época de la libre competencia, entre distintas capas de la clase dominante se libra una lucha por participar en la gestión del Estado, lucha que sólo cesa cuando los explotadores aúnan sus fuerzas para aplastar las acciones revolucionarias de los trabajadores. Otro ocurre al pasar el capitalismo a su etapa impe-rialista. La concentración de la producción y la centralización del capital dan tal poderío económico a la camarilla monopolista que las otras capas burguesas ya no pueden competir con ella en la lucha por el poder.

Cuanto más se afianza el dominio económico de los monopolios, tanto más claramente se manifiesta el afán de éstos de subordinar totalmente el aparato estatal para gobernar a sus anchas. Y si, en un principio, los magnates del capital actuaban generalmente a través de sus agentes (sustentaban a parlamentarios y ministros, sobornaban a líderes de partidos políticos), con el tiempo ya no andan con ceremonias, salen de los bastidores y empiezan a pretender a los principales puestos del Estado.

Los monopolios, al hacerse con las posiciones clave de la máquina estatal, tratan de perfeccionarla de tal manera que les sirva lo mejor posible para alcanzar sus objetivos, tanto dentro como fuera del país. En gran medida, bajo su influencia, cambia sustan-cialmente el papel del Estado burgués. ¿Por qué decimos «en gran medida»? Porque en el proceso inciden también otros factores. La clase obrera, todas las capas trabajadoras, que sufren el yugo de los monopolios, luchan resueltamente contra la preponderancia de éstos y, en ciertos sectores, logran éxitos sustanciales. Pero en lo principal, los cambios que tienen lugar en las actividades del Estado burgués se deben precisamente a los intereses de los monopolios.

Estos cambios se reflejan, antes que nada, en la creciente injerencia del Estado burgués en la economía. No está de más recordar cómo sucedía esto en el pasado. En la época de la libre competencia, el Estado burgués casi no se inmiscuía en la economía: daba plena libertad de acción a los empresarios privados, a los capitalistas. Los teóricos burgueses de entonces llamaban al Estado «guarda nocturno’’, subrayando con ello que el Estado mantenía el orden vigente y que el resto le importaba un comino. El Estado imperialista moderno se inmiscuye activamente en las relaciones entre el trabajo y el capital, intenta programar el desarrollo de la economía a escala nacional, financia las investigaciones científicas, redistribuye parte de la renta nacional, es dueño de sectores de producción a veces bastante considerables.

A primera vista todo esto responde a las urgentes necesidades del desarrollo social. Pues el carácter social de la producción moderna exige imperiosamente planificar la economía nacional, lo que es imposible si no se eleva el papel del Estado como regulador. Desde este punto de mira, los procesos que tienen lugar en la sociedad capitalista moderna significan que se crean las premisas materiales para pasar al socialismo. Pero esto no es más que una faceta del asunto. La otra consiste en que al juntarse el aparato estatal y los monopolios, la injerencia del Estado en la vida económica sirve en primer lugar y sobre todo, a los intereses de éstos.

El Estado burgués contemporáneo al inmiscuirse en las relaciones entre el trabajo y el capital, parece que desempeñara el papel de árbitro imparcial, mostrándose equitativo ante los intereses de las partes. De hecho toda su fuerza y autoridad están a favor de los capitalistas. En los países burgueses, como sabemos, se adoptan leyes antipopulares, que permiten al gobierno prohibir huelgas, «congelar» los salarios a pesar del alza de los precios, etc. Recordemos las leyes que rigen en Paraguay, Bolivia, Guatemala. Nicaragua. Brasil, República Dominicana, Haití y Uruguay, que prohíben o restringen las huelgas y la actividad de los sindicatos. 

En la actualidad, instituciones gubernamentales de muchos Estados capitalistas elaboran programas de desarrollo económico. Tales intentos se han hecho y se hacen en Brasil, Argentina, México, Colombia, Venezuela. El objetivo de dichos programas es estabilizar la producción capitalista, reducir el desempleo y, aunque sea parcialmente, superar las acciones destructivas de la anarquía y la competencia. Esta programación reporta determinados resultados, pero se hace de tal manera que no perjudique los intereses de los monopolistas. Más aún: éstos se valen de ella para disfrazarse. Ellos siguen enriqueciéndose, participando formalmente en el cumplimiento de tales o cuales recomendaciones, es decir, como si sirvieran a los intereses nacionales.

No debemos identificar la programación burguesa con la planificación socialista de la economía nacional. Los planes trazados por los Estados burgueses no son obli-gatorios para las compañías capitalistas privadas y tienen, por lo general, carácter de recomendaciones, previsorio. Las empresas privadas y las agrupaciones monopolistas no reciben del Estado tareas industriales concretas y en vista de que la competencia persiste, no pueden coordinar sus actividades ni desarrollar proporcionalmente la economía.

Un enorme papel en el enriquecimiento de los monopolios lo desempeña la redistribución de la renta nacional a través del presupuesto estatal. El Estado burgués, en concepto de impuestos, saca de los trabajadores ingentes medios, pero sólo una ínfima parte la asigna a la enseñanza, sanidad y otras necesidades públicas. Al capitalismo monopolista de Estado está ligado el crecimiento de la propiedad estatal. Empresas del sector estatal existen en México. Argentina, Venezuela, Brasil, Colombia. Se forma de tres modos: construyendo nuevas empresas con recursos del presupuesto estatal, adquiriendo parte de las acciones de las compañías capitalistas, o nacionalizando empresas y hasta sectores enteros. Hay que decir que el Estado toma en sus manos aquellos sectores que requieren importantes inversiones (industria nuclear) o los que son poco rentables.

Poniendo al desnudo la esencia capitalista de la propiedad monopolista estatal, la clase obrera, los partidos comunistas, luchan por desalojar al capital privado de las ramas económicas más importantes. En la hora presente, la mayor parte de los programas de los partidos comunistas y obreros exigen la nacionalización. Pero los comunistas no se limitan sólo a ella, sino que levantan su voz por un control democrático real sobre las empresas estatales.

Crisis general del capitalismo

La agudización de las contradicciones del capitalismo

El conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción es la palanca interna del proceso histórico, la base económica de las revoluciones sociales, mediante las cuales se pasa de un modo de producción a otro. Un ejemplo de dicho conflicto, que se agudiza de día en día, es la contradicción existente entre el carácter social de la producción y la forma privada, capitalista, de apropiación, que destaca como la contradicción esencial del capitalismo.

A medida que se desarrolla el capitalismo crece sin cesar el grado de socialización del trabajo, se intensifican los lazos económicos y la interdependencia, tanto de algunas empresas, como de sectores de la producción, de la economía nacional en su conjunto.

Al agrupar el trabajo en enormes proporciones, el eapitalismo da a la producción un carácter social. Pero aunque la producción sea social, la apropiación sigue siendo privada: los medios de producción pertenecen a los capitalistas y el producto pasa a manos de ellos. La propiedad privada entorpece el crecimiento de la producción, el desarrollo de las fuerzas productivas se hace más lento.

Así, pues, a pesar de que la economía en los países capitalistas desarrollados se encuentra a un alto nivel, la producción crece a ritmos bajos y, en algunos años, se estanca. Un fenómeno muy corriente para el capitalismo moderno, es el crónico subempleo de las capacidades de producción, el desempleo y la militarización de la economía nacional.

Las  relaciones  de  producción  capitalistas  hace tiempo que dejaron de estar en consonancia con el carácter de las fuerzas productivas: entraron en conflicto  con  éstas. La contradicción  antagónica, incom-patible, entre el carácter social de la producción y la forma privada de apropiación de lo producido, se ha agudizado enormemente. El capitalismo monopolista de Estado ha preparado todas las premisas materiales para pasar al socialismo. La gran industria maquinizada y el alto grado de socialización de la producción crea condiciones para poner fin a la anarquía y las crisis, asegurar un desarrollo planificado de las fuerzas productivas, en  interés  de  toda la  sociedad.  Mas, para ello, hay que acabar con la propiedad privada sobre los medios de producción, con el sistema capitalista.

La característica del imperialismo como capitalismo agonizante, no significa, claro está, que el capitalismo ha de desaparecer por sí solo, sin la lucha resuelta de las masas populares, encabezadas por la clase obrera. Al definir al imperialismo como capitalismo agonizante, V. I. Lenin lo caracterizó al mismo tiempo como antesala de la revolución socialista. Como es natural, la burguesía monopolista no se entregará sin lucha, no escatima esfuerzos por salvar el sistema capitalista. Sin embargo, es impotente para impedir lo inevitable: las contradicciones del capitalismo, al acentuarse hasta el límite, acabarán con él.

La burguesía monopolista, al intensificar la explotación de los trabajadores encuentra una creciente resistencia por parte de éstos. Se extiende y adquiere un carácter más vigoroso el movimiento revolucionario del proletariado por liberarse del yugo capitalista, por la transformación socialista de la sociedad.

La burguesía monopolista al sojuzgar a los pueblos de las colonias y de las naciones dependientes condena a muerte a millones de seres, a los que no queda otra alterna-tiva: o conquistar la independencia, o desaparecer. De ahí el auge del movimiento de liberación nacional de los pueblos contra la esclavitud imperialista.

La burguesía monopolista, al instalar a los fascistas en el poder y desencadenar guerras, sacrifica decenas de millones de vidas humanas, quema en el fuego de las batallas riquezas creadas por el trabajo secular de los hombres. Por eso se intensifica la lucha de los pueblos por la democracia y la paz.

Todas las poderosas fuerzas mencionadas, al confluir en un solo torrente, socavan el imperialismo. Comienza el ocaso del sistema capitalista, la época de la transición del capitalismo al socialismo.

Por cuanto el capitalismo se desarrolla desigualmente, la sociedad no puede pasar, a un mismo tiempo, al socialismo. La desaparición del capitalismo y el triunfo del socialismo es un proceso largo que abarca toda una época, la época de la crisis general del capitalismo.

Textos de Formación Política No. 12. El Imperialismo

El imperialismo (capital monopolista) última fase del capitalismo

A últimos del siglo XIX, la atención del mundo entero estaba puesta en América Central y en África del Sur, donde se desarrollaban las guerras hispanoamericana y anglo-boer. Fueron hitos sangrientos que marcaron el paso del capitalismo a su fase superior de desarrollo: el imperialismo.

El concepto de «imperialismo» no se puede ligar sólo a la ocupación de otros países por medio de la violencia. El desarrollo del capitalismo produjo serios cambios en la estructura económica y política de la sociedad burguesa, hecho que daría pie para decir que el capitalismo entraba en su fase superior de desarrollo.

Además, el imperialismo no es, ni mucho menos, una estructura es-pecial de sociedad distinta del régimen capitalista. La base económica de la sociedad burguesa, en la época del imperialismo, sigue siendo como hasta ahora la propiedad capitalista sobre los medios de producción independientemente de las formas concretas en que aparezca: privada, corporativista o capitalismo de Estado. La piedra angular de la economía sigue siendo la producción de plusvalía, la explotación de obreros asalariados por los capitalistas.

Bajo el imperialismo rigen las mismas leyes económicas que bajo el capitalismo: la ley de la plusvalía, la ley general de la acumulación capitalista, la ley de la competencia, etc.

V. I. Lenin dio una característica global del imperialismo. Demostró que el imperialismo es, 

en primer lugar, capitalismo monopolístico; 

segundo, capitalismo parásito o en trance de putrefacción; 

tercero, capitalismo agonizante. 

Si definiéramos con menos palabras al imperialismo, decía Lenin, lo podríamos llamar capitalismo monopolístico.

¿Qué es el monopolio y en qué se distingue el capitalismo monopolista del pre-monopolista? Monopolios son agrupaciones capitalistas de proporciones gigantescas que ocupan posiciones dominantes en uno o en varios sectores económicos.

Por ejemplo, un papel clave en la vida económica de México lo desempeñan 6 monopolios; en Brasil, 10; en Argentina, 6; en Uruguay, 4. Surgieron  al concentrarse la producción y el capital.

Con la libre competencia, en la época del capitalismo industrial, las grandes empresas desplazan a las pequeñas. Se concentra la producción en empresas más grandes. Según el censo industrial de los años 60, empresas con más de 200 obreros producen dos quintas partes de la producción industrial del Brasil, un tercio de la de Argentina. Hay que decir que estas empresas en el Brasil suponen sólo un 2,5% del total de fábricas, y en Argentina tan sólo el 1 %. En una palabra, con la concentración de la producción, varias potentes compañías lanzan la mayor parte de los productos en tal o cual país latinoamericano.

Se concentra también el capital, haciéndose cada vez mayor al sumársele parte de la plusvalía. En Uruguay el 3% de los accionistas manejan el 55% de los capitales invertidos en la economía del país. En Colombia el 53,5% de todo el capital pertenece al 0,1% de los accionistas; en Chile, en 1967, de 1.400 compañías de accionistas, 59 disponían de la mitad del capital accionario.

Además de la concentración se registra también la centralización, que es la agrupación voluntaria u obligada de muchos capitales: voluntaria, cuando se forman sociedades en comandita, sociedades anónimas; obligatorias, cuando las firmas grandes absorben en el curso de la lucha competitiva a las firmas pequeñas.

La competencia entre los grandes capitalistas es cada vez más aguda y destructora. Cada uno trata de adueñarse del mercado y de acabar con sus rivales. Si esto no es posible, tratan de ponerse de acuerdo sobre la magnitud de la producción, precios, etc. A las pocas empresas gi-gantescas les es más fácil llegar a un acuerdo que a centenares y miles de pequeñas. Así, pues, la concentración y centralización del capital y la producción conducen a la aparición de monopolios.

El hecho de que bajo el capitalismo la libre competencia se suplanta por el monopolio, no quiere decir que desaparezca por completo la competencia. En los países capitalistas hay infinidad de empresas medianas y pequeñas y masas de pequeños productores: campesinos y artesanos. Como es lógico, no pueden competir con las asociaciones monopolísticas y se ven obligados a pagar a los monopolios cierto tributo: 

venden al por mayor sus productos a las grandes compañías comerciales, las cuales, a su vez, los venden al por menor. 

El campesino está desarmado ante los monopolios; no tiene más remedio que aceptar el precio que le fijen. Valiéndose de esto, los monopolistas reducen los precios al por mayor y suben los precios al por menor. La diferencia entre los precios (lo que suele llamarse las «tijeras» de los precios) reporta a los monopolios ganancias fabulosas, mientras que todos los años se arruinan miles de haciendas campesinas.

Este ejemplo permite comprender el mecanismo de la formación de los precios de monopolio. En la época del imperialismo, la masa fundamental de mercancías no se vende a los precios que se establecen libremente en el mercado: los monopolios tienen la posibilidad de establecer precios mucho más altos, con los que obtienen superganancias, robando a los obreros y a otras capas trabajadoras de la población.

Los monopolios se esfuerzan por poner en circulación los inmensos capitales sobrantes que han acumulado. Los monopolistas, no satisfechos con los beneficios que les reportan las inversiones en la economía nacional, buscan febrilmente nuevos campos de actividad: exportan los capitales y los invierten en industrias y empresas comerciales en el extranjero.

Hasta la segunda guerra mundial el capital se exportaba, por lo general, a las colonias y países poco desarrollados en el aspecto económico. Las condiciones eran halagüeñas, con perspectivas de grandes ganancias, ya que el empresario pagaba a los obreros mucho menos que en Europa o EE.UU.

Los monopolistas invertían sus capitales y se embolsaban el oro y los diamantes de África, el petróleo del Cercano y Medio Oriente, el caucho de Malasia, el cobre y el plomo, el café y las frutas de América Latina. Como es lógico, los que salían gananciosos eran los monopolios de aquellas potencias que tenían colonias. Las que no tenían reclamaban con insistencia y desfachatez su «parte». De ahí las guerras imperialistas por el reparto del mundo.

La situación se agrava en vista de que el desarrollo de los países capitalistas es extremadamente desigual: nos hace recordar una carrera de fondo, en la que la posición de los corredores cambia constantemente. Aquellos países que ayer eran los más fuertes en los aspectos económico y militar, hoy dejan paso a sus rivales; mañana, la correlación volverá a cambiar. Cada potencia imperialista, al adelantarse, trata de utilizar la ventaja (aunque temporal) para repartir los mercados, las esferas de influencia y territorios, a su favor. Las más fuertes reclaman el dominio mundial. La acción de la ley de la desigualdad del desarrollo del capitalismo en la época del impe-rialismo, descubierta por V. I. Lenin, conduce a la formación de grupos de potencias imperialistas hostiles, desgarrados por acendradas contradicciones.

Los cambios que se operan en la política del capitalismo están ligados a cambios en su economía.

V. I. Lenin señaló reiteradas veces que es propio del imperialismo un cambio de la democracia a la reacción. Al intensificar la explotación de los trabajadores, la burguesía monopolista, recurre con frecuencia a gobernar con métodos terroristas para aplastar la resistencia de las masas populares. La forma más abierta de dictadura terrorista de los monopolios es el fascismo.

Pero, por fortuna, no todo depende de la voluntad de los monopolistas y no siempre logran implantar un régimen de terror. A ellos se enfrentan la clase obrera, todas las fuerzas progresistas de la sociedad, que pueden y deberán meter en cintura a la reacción.

Textos de Formación Política No. 11. Ley del Valor

Ley del Valor

Al ordenar la producción los capitalistas actúan, en su mayor parte, aislados unos de otros. Por eso nadie sabe de antemano cuántas em-presas van a producir tal o cual mercancía, qué volumen se producirá dentro de uno, dos años, qué cantidad de mercancías será lanzada al mercado y cuál la capacidad solvente de la población. (Poder de compra). Esto provoca un desarrollo espontáneo, engendra la anarquía de la producción. La economía capitalista en su conjunto no se rige por ningún plan. El capitalista, aunque dueño absoluto de su empresa, es esclavo al mismo tiempo del mercado, en el que actúan de manera espontánea las leyes económicas.

A la anarquía de la producción está ligada indisolublemente la competencia: lucha enconada entre los capitalistas por conseguir condiciones más favorables para la producción y venta de sus productos, por obtener mayores beneficios. Nadie en el mundo capitalista puede obligar al productor privado a utilizar los medios de tal manera que rindan más provecho a la sociedad.

¿Cómo puede existir semejante producción y cómo puede desarrollarse?

La ley que regula espontáneamente la producción                                       capitalista es la ley del valor.

Por la ley del valor, el cambio de mercancías se realiza de acuerdo con la cantidad de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías. El precio pagado por una mercancía debe corresponder al valor de ésta. Más, los precios del mercado se forman espontáneamente, con arreglo a la oferta y la demanda. Si la oferta es mayor que la demanda, el precio pasa a ser inferior al valor de la mercancía. Y a la inversa. Cuando la oferta y la demanda coinciden, el precio coincide con el valor. Bajo la acción de las fluctuaciones de los precios, los capitalistas trasvasan los capitales de unos sectores, donde los precios de las mercancías son inferiores a su valor, a otros, donde son más altos que el valor.

La fluctuación espontánea del precio respecto al valor es el único mecanismo posible para regular la producción mercantil capitalista. 

Haciendo más o menos provechosa la producción en tal o cual rama, la fluctuación de precios determina la ampliación o reducción del volumen de la producción. Tal es la esencia de la ley del valor bajo el capitalismo, que regula el cambio de mercancías, la distribución de medios de producción y del trabajo entre las diversas ramas de la producción.

La fluctuación del precio del mercado —la oferta y la demanda— provoca la desigualdad entre los productores: a unos los arruina y a otros los enriquece. Tal es el resultado inevitable de la acción de la ley del valor. Si el capitalista no quiere ser desplazado del campo de la competencia capitalista, si no quiere ser arruinado, debe abaratar sus mercancías, aumentar en su empresa la productividad del trabajo y perfeccionar la técnica. 

En cierta medida, la competencia estimula el empleo de nueva técnica, la modernización del proceso productivo. Al mismo tiempo la compe-tencia y la anarquía de la producción provocan la destrucción de las fuerzas productivas, causan daños incalculables a los trabajadores. 

De cómo sucede esto lo veremos cuando conozcamos el mecanismo que utiliza el capital para explotar el trabajo.

2. El trabajo y el capital. La plusvalía

La producción capitalista está sometida a una sola finalidad: enriquecer a los capitalistas. ¿Cómo y a cuenta de quién se logra?

Antes de vender mercancías en el mercado y obtener por ellas dinero, como expresión de su valor, hay que producirlas. Sólo el trabajo, nada más que el trabajo, puede crear el valor. El capitalista no es ni esclavista ni señor feudal, no tiene esclavos ni siervos de los que pueda disponer como si fueran propiedad suya. Sin embargo, tiene medios de producción en sus manos, y en la sociedad existe la clase de los proletarios, privados de dichos medios. El obrero es libre y no está sujeto al capitalista, pero para vivir se ve obligado a vender su fuerza de trabajo. El capitalista al adquirir dicha fuerza se hace con la única mercancía capaz de crear valor.

La fuerza de trabajo como mercancía se vende a un precio determinado. El hombre sólo puede trabajar cuando tiene satisfechas sus necesidades. El obrero consume al día cierta cantidad de pan, carne, mantequilla, azúcar; gasta tanto de ropa, calzado, leña o carbón para calentar la casa; además, tiene que sustentar a su familia, en la que crece nueva «mercancía» para el capitalista. 

…De aquí que el valor de la fuerza de trabajo equivale al valor de los medios de vida necesarios para el sustento del obrero y su familia.

El valor de la fuerza de trabajo difiere según los países y las épocas. Depende de las condiciones naturales, del nivel de vida creado históricamente. También influyen causas económicas: el desarrollo de la producción, el progreso técnico, etc. El obrero moderno, en los países capitalistas desarrollados, no puede pasarse sin periódicos, sin cine, radio, televisión, etc. Y si las necesidades del obrero y su familia crecen, el valor de su fuerza de trabajo aumenta.

Pero lo principal, lo que influye en la magnitud del valor de la fuerza de trabajo, es la lucha de clase del proletariado, contra la burguesía, por mejorar su situación.

Después de comprar fuerza de trabajo, el capitalista la une a los medios de pro-ducción. Dispone ya de locales, de materias primas; el obrero se pone a la máquina y empieza la producción de mercancías.

El nuevo valor, creado por el obrero en el proceso de la producción capitalista, por su magnitud supera al valor de su fuerza de trabajo.

Supongamos que en una hora de trabajo el obrero crea un nuevo valor equivalente a 2 dólares, y que el valor diario de la fuerza de trabajo es de 10 dólares.

En este caso para reponer esa fuerza de trabajo, el obrero tendría que trabajar durante 5 horas. Pero el obrero no vendió tal o cual cantidad de trabajo, sino su fuerza de trabajo y de ella dispone el que la compró. Por eso el proletario trabaja toda la jornada. Si su duración es de 8 horas, en ese tiempo el obrero crea un nuevo valor, equivalente a 16 dólares. De este modo el obrero crea con su trabajo más valor que el valor de su propia fuerza de trabajo.

La diferencia se la apropia el capitalista gratuitamente. Esta es la fuente de su enriquecimiento y se llama plusvalía.

Así, pues, la esencia de la explotación capitalista radica en la producción de plusvalía, de la que se apropian los capitalistas porque son los propietarios de los medios de producción.

Como, vemos, la jornada laboral se divide en dos partes: en la primera (tiempo de trabajo necesario), el obrero reproduce el valor de su fuerza de trabajo; en la segunda (tiempo de trabajo adicional), crea la plusvalía para el capitalista. Por eso, cuanto más tiempo trabaje el obrero para sí, menos trabajará para el capitalista y al revés. De ahí que el capitalista se esfuerce por aumentar, lo más posible, la plusvalía, intensificar la explotación de los obreros y extraer del trabajo de éstos más ganancias.

La producción de plusvalía es lo principal que estimula la actividad del capitalista. La mayor parte de las veces lo que menos le interesa es qué producir: o cosas útiles para el hombre como ropa, calzado, carne, pan, azúcar o armas de guerra. Pero sí debe pro-ducir valores de consumo ya que esto  es  la condición  indispensable  para  producir plusvalía.

La producción de plusvalía mediante la explotación de obreros asalariados es la ley económica fundamental del capitalismo.

La plusvalía se crea sólo en el campo de la producción material y a primera vista podrá parecer que de ella se apropian sólo los capitalistas industriales. Pero en realidad, la plusvalía se distribuye entre diversos grupos de capitalistas mediante una continua lucha y una desaforada competencia. En primer lugar, la plusvalía va a parar por completo a los industriales: de éstos reciben una parte los comerciantes, banqueros, etc., ya que a las mercancías no sólo hay que producirlas, sino venderlas. El industrial, como regla, vende su mercancía al por mayor al comerciante capitalista, el cual lleva la mercancía al consumidor. Si el industrial vendiera él mismo sus mer-cancías, tendría que gastar medios complementarios para edificios comerciales, para contratar dependientes de comercio, etc. Por eso el industrial pasa este trabajo al comerciante, cediéndole así parte de la plusvalía.

Por consiguiente, en la sociedad capitalista, todos los tipos de ingresos no provenientes del trabajo —beneficio comercial, porcentaje de préstamo, beneficio bancario, etc.— son de una forma u otra, plusvalía; y la única fuente de todos los ingresos no provenientes del trabajo propio, son producto del sobre-trabajo de los obreros ocupados en la producción material. O sea: no sólo les explota el capitalista para el que trabajan directamente los obreros, sino toda la clase de los capitalistas.

El capital

En la sociedad capitalista los medios de producción se compran y se venden por dinero, es decir, son mercancía, tienen valor. La producción empieza por la compra de medios de producción y fuerza de trabajo. El resultado de su unión es la producción de mercancías. Seguidamente, el capitalista vende los artículos por una suma superior a la que invirtió en su producción. El valor que proporciona plusvalía mediante la explotación del trabajo asalariado se llama capital.

Los ideólogos burgueses afirman que el capital surgió en un principio gracias a la laboriosidad y otras cosas por el estilo de los que lo poseen: los cuidadosos se hicieron capitalistas y los holgazanes y derrochadores, obreros asalariados. Marx desenmascaró estas historietas calculadas para tontos. El capital surgió como resultado del saqueo, la violencia, la expropiación de la tierra a los campesinos, del saqueo de colonias. Una gran fuente en el proceso, de acumulación de capitales fue América Latina. Engels señalaba que el oro fue la palabra mágica que obligó a los españoles a cruzar el Océano Atlántico.

Pero aun suponiendo que el primer capital fue producto del trabajo, esto no cambia su esencia, ya que con el paso de los años, todo el capital ha sido reemplazado por la plusvalía, o sea por el resultado de la explotación. Pues los capitalistas cubren sus gastos con la plusvalía. Si no existiera la explotación de los obreros asalariados, que producen la plusvalía, los capitalistas gastarían muy pronto el capital originario y se quedarían con las manos vacías.

 De aquí se desprenden dos conclusiones: 

1)   cualquier tipo de capital es resultado de la explotación; 

2)  ni una suma de dinero, por más grande que sea, ni la totalidad de los medios de producción —fábricas, empresas, materias primas, combustible, máquinas— constituyen por sí solos capital. Pueden transformarse en capital bajo determinadas condiciones: cuando hay una clase de propietarios privados de los medios de producción y una clase de obreros asalariados, que venden su fuerza de trabajo como mercancía. O sea, el capital encarna la relación social entre la clase capitalista y la clase obrera y su esencia es la explotación del trabajo.

Al destruirse el régimen capitalista, los medios de producción pasan a ser propiedad social, la fuerza de trabajo deja de ser mercancía y el capital, como categoría histórica, deja de existir.

Textos de Formación Política No. 10. El Dinero

El dinero

En una sociedad en la que exista cambio de mercancías, es inevitable que haya dinero. El dinero es la mercancía que sirve de equivalente universal de todas las mercancías (o sea, es la mercancía que expresa el valor de todas las demás). Con el dinero aparece una nueva fuerza económica, cuya posesión da riqueza y poder. En la sociedad burguesa, con su producción mercantil muy desarrollada, el dinero domina sobre los hombres, los esclaviza.

El dinero sólo tiene sentido como expresión de relaciones sociales, de producción. Cuando el protagonista de la novela de Daniel Defoe «Robinsón Crusoe» cayó en la isla desierta, todas las cosas que salvó del naufragio le servían, menos el dinero. Robinsón no tenía con quién entrar en relaciones de cambio; el dinero, este valor tan importante en la sociedad burguesa, había perdido toda su fuerza, se había convertido en un objeto sin sentido e inútil. «Inútil chatarra —dice Robinsón Crusoe. ¿Para qué te quiero ahora? No mereces ni que me agache a levantarte del suelo».

El oro es una mercancía-dinero reconocida por todos. Por sus propiedades naturales, el oro es el medio más cómodo para desempeñar la función social de dinero. Se conserva bien, no se oxida, se distingue por su poco volumen y peso y considerable valor.

El dinero desempeña varias funciones. La primera, como medida de valor, o sea, mide el valor de las demás mercancías.

Cada mercancía se vende por una determinada cantidad de dinero que expresa el valor de la mercancía. El valor de la mercancía expresado en dinero se llama su precio.

En vista de que el valor de toda mercancía se expresa en determinada cantidad de oro, surge la necesidad de poseer una unidad de medida. Esta unidad de medida puede ser expresada sólo en peso de oro o patrón. El patrón de precios es la cantidad de metal expresada en peso, adoptada en un país dado como unidad monetaria y que sirve para medir los precios de todas las mercancías.

Los precios de las mercancías, al ser la expresión en dinero del valor, cuando hay equilibrio entre la demanda y la oferta dependen de dos magnitudes: del valor de las propias mercancías y del valor del oro. Cuanto menor sea el valor de la mercancía, tanto más bajo será el precio, y viceversa: cuanto mayor sea el valor, tanto más alto será el precio. Por el contrario, cuanto más bajo sea el valor del oro, tanto más altos serán los precios de las mercancías. Así, pues, los precios de las mercancías varían directamente proporcional al valor de las mercancías e inversamente proporcional al valor del oro.

Un gran papel en la historia de los precios lo desempeñan las muta-ciones del valor de los metales preciosos. Sobre todo fue significativa la revolución que se provocó en los precios a raíz del “descubrimiento” de América. De la magnitud que adquiere el valor de los metales nobles que se exportaban, habla el hecho siguiente: sólo en 1790 se sacaron de México a España 22 millones de pesos, de los que 14 millones correspondían a la plata. En algunas regiones, en particular en los im-perios de los incas y los aztecas, los conquistadores europeos hallaron gran cantidad de objetos hechos de metales preciosos, atesorados por los gobernantes indígenas. Además, fueron descubiertos ricos yaci-mientos de metales preciosos. Como resultado, el oro y la plata em-pezó a fluir a Europa Occidental, en primer lugar, a España y Portugal y después a otros países europeos. Esto provocó la llamada «revolución de precios» del siglo XVI. En otras palabras, el oro se abarató y los precios de las mercancías sufrieron un alza.

La función de medida del valor, la cumple el dinero de modo ideal, perfecto. Esto significa que para medir el valor de las mercancías no es necesario disponer de dinero contante y sonante. Como la compraventa, el cambio de mercancías por dinero, se repite infinidad de veces, tanto el vendedor como el comprador comparan imaginariamente la mercancía a una determinada cantidad de dinero (oro) equivalente al valor de la mercancía.

Los conceptos de «medida del valor» y «patrón de precios» no hay que confundirlos entre sí: entre ambos existen diferencias sustanciales. En primer lugar, el oro, como medida del valor, se refiere a las demás mercancías, expresando y midiendo el valor de éstas: en cambio, como patrón de precios el oro se refiere a sí mismo, es decir, se toma como unidad de una determinada cantidad de oro que expresa el precio de la mercancía. En segundo lugar, como medida del valor, el dinero funciona de manera espontánea mientras que el patrón de precios lo establece el Estado mediante una ley.

Cuando se cambian mercancías con ayuda de dinero, éste funciona como medio de circulación. Para que se cumpla esta función, tiene que existir dinero real. En el proceso de circulación, el dinero pasa de mano en mano: hoy lo recibe el vendedor al realizar su mercancía, mañana lo gasta al comprar otras mercancías. La función del dinero como medio de circulación, consiste en servir de simple intermediario en el cambio de mercancías. El dinero fue convertido en signo de valor: papel moneda. Lo que importa aquí es que el que tome dichos signos de valor sepa que los podrá cambiar por mercancías. El papel moneda circula en el territorio de un Estado dado.

La cantidad de dinero necesaria para la circulación, depende de la suma de los precios de las mercancías circulantes dividida por la cantidad de ciclos de la unidad monetaria. Por ejemplo, si en un país cualquiera la suma de los precios de todas las mercancías vendidas en un año es de 100 mil millones de unidades monetarias y cada unidad, por término medio, realiza al año cinco veces el ciclo de la circulación, serán necesarios 20 mil millones para asegurar ia circulación. Si cada unidad monetaria recorre diez veces el ciclo completo de la circulación, se necesitarán sólo 10 mil millones. De este modo, cuanto más rápidamente circule el dinero, tanto menor cantidad se necesitará para la circulación.

En la prensa se pueden leer términos especiales muy diversos relacionados con la alteración de la circulación monetaria en el mundo capitalista. No estaría de más que conociéramos siquiera a grandes rasgos los fenómenos más característicos en este campo.

Si el papel moneda se emite en consonancia con la cantidad de oro necesaria para la circulación, el poder adquisitivo del papel moneda coincidirá con el poder adquisitivo del dinero-oro. Pero con frecuencia, el Estado burgués, para cubrir sus gastos, en particular durante las guerras, emite gran cantidad de papel moneda, haciendo caso omiso de la circulación mercantil. La emisión excesiva de papel moneda provoca su depreciación o inflación. La inflación es un pesado fardo que cae sobre los hombros de las masas trabajadoras, ante todo sobre los obreros y empleados, ya que los salarios y los sueldos crecen más lento que los precios. Los golpes también caen sobre los pequeños productores: granjeros y campesinos. Casi no toca a la burguesía y redunda en beneficio de los grandes capitalistas.

Cuando la inflación empieza amenazar la economía capitalista, el Estado burgués toma medidas para fortalecer el sistema monetario. Con este fin se llevan a cabo las más diversas reformas monetarias, en primer término, la devaluación: se reduce la cantidad de oro contenida en la unidad monetaria. Veamos lo que sucede hoy en Uruguay: el gobierno, de común acuerdo con el imperialismo extranjero, trata de cargar la crisis sobre los hombros de los trabajadores. Con este fin han devaluado infinidad de veces la moneda nacional: el peso. Sólo entre 1972 y 1973 realizaron esta «operación» más de 20 veces. Aunque al gobierno popular de Chile le era difícil enderezar su economía, tres años mantuvo el escudo inalterable. ¿Qué pasa ahora? Sólo en los tres primeros meses después del golpe militar el escudo fue devaluado 5 veces.

El   dinero   actúa  como   medio   de  acumulación o de atesoramiento.  El dinero puede convertirse, cuando se quiera, en la mercancía apetecida. En él se materializa la riqueza social, siendo un medio de acumulación. Cuando se retira de la circulación, el dinero se atesora. Se puede atesorar sólo el dinero de plena cotización: monedas, objetos de oro, plata y piedras preciosas.

El dinero no siempre interviene como dinero contante y sonante. La compraventa a veces se efectúa a crédito. Ello se debe a que son distintos los períodos de producción de mercancías, al carácter temporero de la producción y venta de determinadas mercancías. Por ejemplo, el capitalista industrial construyó en primavera un tractor y lo llevó al mercado. El granjero necesita el tractor, pero en este momento no dispone de dinero para adquirirlo; lo compra a crédito; después de que recoja la cosecha, en otoño, lo pagará. El dinero en este caso sirve de medio de pago. El dinero actúa también como medio de pago en casos que no tienen nada que ver con la circulación de mercancías, como, por ejemplo, al hacerse efectivos los impuestos.

En las relaciones económicas entre los países el dinero actúa como medio universal de cambio. Para ejercer esta función, el dinero pierde su carácter nacional y actúa bajo su aspecto originario, representando lingotes de oro. Los Estados regulan con el oro sus transacciones internacionales.

Textos de Formación Política No. 9. Las masas populares y el individuo

LAS MASAS POPULARES Y EL INDIVIDUO

Si abrimos un manual de historia encontraremos en sus páginas varios centenares de nombres de personas que dejaron profunda huella en la vida de la sociedad. Fueron sabios, capitanes, figuras sociales, artistas, pensadores, jefes revolucionarios. ¿Quién no conoce los nombres de Alejandro Magno y de Artigas, Julio César y Simón Bolívar, Pedro I y San Martín, Napoleón y O’Higgins? Podría parecer que fueron ellos los únicos forjadores de la historia.

Claro que las personalidades destacadas desempeñan un importante papel. ¿Acaso podríamos negar la importancia de Robespierre en la historia de Francia? Más, ¿en qué consistió la fuerza de este hombre? Fue el portavoz del pueblo francés contra el feudalismo. Por eso las masas lo eligieron jefe y le apoyaron. Por el contrario, ¿en qué consistió la debilidad de Robespierre que le llevó a la guillotina, en la que ejecutaban a los enemigos de la revolución? En que había perdido el apoyo de las masas.

La América Latina de los tiempos del dominio colonial de España y Portugal dio al mundo relevantes figuras sociales y políticas. José Artigas, destacado luchador por la independencia nacional, fundador del Estado de Uruguay. La fuerza de Artigas consis-tía en que su programa socio-económico, las consignas de república independiente y soberanía popular, expresaban más plenamente los intereses y anhelos de la abrumadora mayoría del pueblo. O, por ejemplo, Simón Bolívar, descollante figura en la historia de América Latina. Al abolir la esclavitud y dar tierra a los soldados del ejército libertador, Bolívar se ganó el apoyo de las masas. Su actividad orientada a liquidar el dominio colonial y sus inherentes atributos feudales, contribuyó de forma objetiva al desarrollo de una sociedad más avanzada, ya que expresaba el estado de ánimo de las capas más progresistas de la sociedad.

Otro ejemplo: Tiradentes, héroe nacional de Brasil. A finales del siglo XVIII encabezó una organización clandestina que se imponía como objetivo luchar por la inde-pendencia de Brasil y crear la república brasileña. Tiradentes y sus correligionarios, gentes valerosas y sagaces, hicieron su aporte para minar los pilares de la vieja sociedad, fueron ejemplo de lucha abnegada contra la esclavitud colonial. Pero eran héroes solitarios, aislados de las amplias masas de indios y negros que componían la mayoría de la población. Por eso su actividad, al no apoyarse en el movimiento de liberación, sufrió un rotundo fracaso.

Por consiguiente, la actividad de los grandes hombres se basa en el movimiento de las masas populares, que nace de una profunda necesidad de desarrollar la sociedad, la nación. Si el individuo excepcional está aislado de las masas, fracasa, así como si no expresa las acuciantes necesidades del desarrollo social.

Una pregunta: ¿qué sería de la historia si tal o cual gran hombre no hubiese salido al escenario? Si por una casualidad Bolívar hubiese muerto en la infancia, ¿alguno otro hubiera encabezado la lucha por la independencia? Pues claro que sí. La historia la determinan leyes objetivas del desarrollo de las formaciones socio-económicas. Y la lucha por la independencia de las colonias españolas en cualquier caso se hubiese desplegado, ya que era una necesidad histórica. Si no hubiera existido Bolívar, en el escenario de las luchas americanas habrían otros Bolívar. Seguramente las cosas no hubiesen sucedido tal como ocurrieron, y los plazos hubieran sido distintos, pero la dirección esencial del desarrollo habría sido la misma.

El papel de la personalidad relevante consiste en que ve más claro que otros, comprende y expresa con mayor precisión las necesidades sociales, organiza a las fuerzas progresistas y dirige la lucha por satisfacer dichas necesidades.

Al comparar las grandes personalidades de épocas distintas podemos establecer que la importancia histórica de sus actividades la ha determinado siempre la magnitud del movimiento social del que han sido portavoces. El movimiento revolucionario del proletariado, cuya misión no tiene parangón con ningún  otro movimiento  social  de  la historia, exige mucho de sus jefes y dirigentes.

Los fundadores del marxismo-leninismo, C. Marx, F. Engels y V. I. Lenin, eran hombres de destacadas cualidades: profunda previsión científica, capacidad de sinte-tizar magistralmente la experiencia del movimiento revolucionario y conjugar la teoría y la práctica, talento organizador, voluntad inflexible, valentía. La humanidad les rinde tributo de profundo respeto por el gran aporte que hicieron a la lucha por liberar a los trabajadores.

La lucha revolucionaria en América Latina ha dado al mundo importantes figuras del movimiento revolucionario y obrero internacional: Luis Emilio Recabarren, Victorio Codovilla y Astrogildo Pereira, pionero del marxismo en Brasil. América Latina jamás olvidará a los pioneros: José Alien y Manuel Díaz Ramírez (México), Francisco R. Pintos (Uruguay), Elias Lafferte (Chile), Carlos Baliño y Julio Antonio Mella (Cuba), Manuel Calix Herrera y Juan Pablo Vaingrait (Honduras), José Carlos Mariátegui (Perú), Farabundo Martí (El Salvador) y otros muchos.

La actividad de todo hombre destacado es la limitada por las necesidades sociales de la época dada. Otro tanto sucede en la ciencia, el arte y la cultura; en definitiva el progreso cultural lo determinan las necesidades sociales. Los grandes sabios hacen descubrimientos, preparados ya por la práctica social; los grandes artistas en sus obras expresan los criterios sociales de su época.

¿De dónde surgen las necesidades sociales que engendran a los grandes hombres? Son, en primer término, resultado del desarrollo de la producción. Si esto es así, estamos obligados a deducir que el papel determinante en la historia lo desempeñan aquellas gentes que están ocupadas en la producción y crean bienes materiales. Esta gran tarea histórica la cumplen siempre los trabajadores.

¿Y en política? Puede decirse con toda seguridad que jamás hubo en la historia acontecimiento de trascendencia en el que las masas populares no desempeñaran un papel decisivo: en las revoluciones y en las guerras de liberación, la última palabra la ha dicho el pueblo. Pero también en los períodos de paz, en que las clases dominantes tratan de no permitir el acceso del pueblo a la política, éste ejerce en ella una fuerte influencia. Cuántos presidentes y ministros testaferros de los explotadores, se han visto obligados a tener en cuenta las demandas populares. Con su lucha, las masas trabajadoras obligan a los gobiernos a hacer concesiones. En la historia moderna de América Latina podemos encontrar numerosas pruebas. En octubre de 1954, en Honduras, como resultado de grandes movimientos huelguísticos fue implantada una legislación obrera y permitida la actividad de los sindicatos; en Argentina, en abril de 1956, las masas obligaron al gobierno de Aramburu a poner en libertad a los dirigentes del Partido Comunista; en agosto de 1958, los trabajadores de Chile obligaron a los círculos dirigentes a legalizar el Partido Comunista; en enero de 1962 las acciones de las masas populares impidieron que se implantase en la República Dominicana una dictadura militar. 

Hoy, presionados por el creciente movimiento revolucionario en el continente y en el mundo, los círculos dirigentes de muchos Estados latinoamericanos, a pesar del dictado USA, se han visto obligados, por ejemplo, a establecer relaciones con los países socialistas, a cesar el bloqueo económico y político de Cuba.

En el campo de las artes y las ciencias, a primera vista, intervienen relevantes perso-nalidades: científicos, escritores, poetas, pintores, músicos. De dónde las grandes mentes sacan sus ideas, su inspiración. Es sabido que la ciencia se desarrolla sobre la base de la práctica, de la producción. O sea, las fuentes de las ideas científicas se hallan en la enorme experiencia que gota a gota van acumulando los productores directos de bienes materiales: las masas populares.

Como vemos, no hay dominio de la vida social en donde el pueblo no desempeñe un primordial papel. Y este papel es cada vez mayor, sobre todo en la época actual en que la humanidad pasa al socialismo, grandiosa tarea histórica, es imposible si las amplias masas trabajadoras no toman parte en ella.