Biografía de Carlos Marx, Cap. 2. Servir a la humanidad y humanizar el mundo

Los condiscípulos del joven Carlos eran hijos de familias burguesas y de funcionarios; pero no pocos eran también hijos de artesanos y campesinos que querían llegar a ser sacerdotes o funcionarios gubernamentales. Carlos  Marx era en parte querido por sus compañeros de escuela, y en parte temido: «querido —como narraba más tarde su hija Eleanor, sobre la base de relatos hechos por sus padres y parientes—, porque siempre estaba pronto a dedicarse a bromas juveniles, y temido porque escribía punzantes versos satíricos y ridiculizaba a sus enemigos”. Según parece, sólo tenía relaciones más estrechas con Edgar von Westphalen, un tanto más joven, quien concurría también al Gimnasio y que fue su amigo hasta la muerte.

Esta amistad juvenil con Edgar von Westphalen no fue accidental, ya que la familia del consejero del gobierno, Ludwig von Westphalen, y la de Heinrich Marx, se conocían desde hacía tiempo”. Ludwig von Westphalen —en total contradicción con la mayoría de sus colegas de su misma posición social y profesión— era un hombre muy educado, imbuido de ideas liberales. Sus antecesores paternos provenían de la clase media alemana, pero su padre se había elevado hasta la aristocracia gracias a sus destacados servicios militares. A pesar de su orgullo de hombre del común, aceptó el ascenso para poder casarse con la mujer de su elección, la hija de una aristocrática familia escocesa.

El hogar de la familia von Westphalen se encontraba en Roemerstrasse (ahora Paulinstrasse), a pocos minutos de distancia de la casa de los Marx. Los hijos de ambas familias se habían hecho amigos a edad temprana. Sophie, la hermana de Carlos, conquistó la confianza y la amistad de Jenny von Westphalen, dos años mayor, y entre Carlos y Jenny también se desarrolló un profundo apego. Los muchachos y las chicas se reunían a menudo para divertirse y jugar.

Pero el escolar Carlos Marx no se sentía atraído sólo hacia Edgar y Jenny; experimentaba una atracción no menor hacia el padre de éstos. Ludwig von Westphalen había llegado a querer al precoz hijo de su vecino, y a su vez Carlos lo respetaba como a un segundo padre. El consejero del gobierno adoraba La ilíada y La odisea de Homero. Conocía de memoria pasajes enteros de Shakespeare, tanto en inglés como en alemán, y tenía un apego especial por el romanticismo. Por sobre todo, sabía cómo infundir en otros su entusiasmo por la literatura humanista (incluidos los jóvenes entre esos otros). Nada podía ser más natural para Carlos, con su sed de conocimientos, que recibir el estímulo de su amigo de más edad, que su escuela, y aun, en ciertos sentidos, su hogar paterno, no podían ofrecerle. Pero no sólo en literatura abrió el padre de Jenny nuevos mundos ante el joven Carlos. El consejero del gobierno también se interesaba por los problemas sociales, y Carlos, como niño cuyo trayecto a la escuela pasaba por la zona del mercado, habitada por campesinos pobres, y quien en sus vagabundeos veía el hambre en el barrio pobre de la ciudad, escuchaba con atención cuando su mentor deploraba la situación en que debían vivir muchos conciudadanos de Tréveris. Décadas después Marx recordaría que en la casa de los Westphalen fue donde primero conoció las ideas de Saint-Simon, el socialista utópico francés.

Pero por interesantes que fuesen sus conversaciones con su padre sobre el mundo humanista de las ideas de un Voltaire, un Lessing o un Goethe, y por emocionantes que resultaran las incursiones con von Westphalen por el mundo del romanticismo, la escuela era ahora la principal preocupación del joven Carlos. Allí era necesario dar pruebas de uno mismo. De estudiante, Marx poseía el talento de entender las cosas con facilidad, y llegó al último grado sin dificultades y con buenas calificaciones. Se graduó  en septiembre de 1837, cuando apenas contaba 17 años. En sus observaciones sobre sus exámenes finales, la Real Comisión Examinadora decía: «Tiene dotes, y muestra una muy elogiable contracción al trabajo en idiomas antiguos, en alemán e historia, una elogiable capacidad para las matemáticas, y una muy escasa aplicación para el francés». La comisión le otorgaba el título de graduación «en la esperanza de que satisfaga las favorables expectativas que sus dotes justifican».

Entre sus trabajos escritos, el ensayo de alemán era el más destacado. El tema era: «Pensamiento de un joven en la elección de una profesión». El joven Marx condenaba la elección de una profesión basada sólo en el egoísmo o en consideraciones materiales. «La historia —escribía— designa como sus más grandes hombres a quienes, al trabajar por el interés general, al mismo tiempo se elevaron; la experiencia muestra que los más afortunados son quienes dan la felicidad a mayor número de personas.» 

Servir a la humanidad y humanizar el mundo: así entendía el deber y la dicha en la vida el joven de 17 años.

Esos eran los pensamientos que su maestro Wyttenbach discutía a menudo con sus estudiantes. Pero el Marx en maduración reconoció asimismo que la elección de una profesión no dependía sólo de los esfuerzos del individuo: “No siempre podemos llegar a la ubicación a que nos creemos llamados; nuestras relaciones con la sociedad ya han comenzado, hasta cierto punto, antes que nos encontremos en condiciones de determinarlas”. Este pensamiento revela que el graduado del Gimnasio ya empezaba a adquirir conciencia de la importancia de las relaciones sociales para los seres humanos. Así, pues, terminaba el ensayo con las siguientes palabras: “Si elegimos una obra en la cual podemos realizar el máximo para la humanidad, carga alguna podrá doblegarnos, porque sólo es un sacrificio en bien de todos; y entonces no gozaremos de alegrías pobres, limitadas, egoístas, porque nuestra dicha pertenece a millones, nuestras obras perduran, actúan eternamente, y nuestras cenizas son regadas por las quemantes lágrimas de nobles seres humanos”.

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