Textos de Formación Política No. 12. El Imperialismo

El imperialismo (capital monopolista) última fase del capitalismo

A últimos del siglo XIX, la atención del mundo entero estaba puesta en América Central y en África del Sur, donde se desarrollaban las guerras hispanoamericana y anglo-boer. Fueron hitos sangrientos que marcaron el paso del capitalismo a su fase superior de desarrollo: el imperialismo.

El concepto de «imperialismo» no se puede ligar sólo a la ocupación de otros países por medio de la violencia. El desarrollo del capitalismo produjo serios cambios en la estructura económica y política de la sociedad burguesa, hecho que daría pie para decir que el capitalismo entraba en su fase superior de desarrollo.

Además, el imperialismo no es, ni mucho menos, una estructura es-pecial de sociedad distinta del régimen capitalista. La base económica de la sociedad burguesa, en la época del imperialismo, sigue siendo como hasta ahora la propiedad capitalista sobre los medios de producción independientemente de las formas concretas en que aparezca: privada, corporativista o capitalismo de Estado. La piedra angular de la economía sigue siendo la producción de plusvalía, la explotación de obreros asalariados por los capitalistas.

Bajo el imperialismo rigen las mismas leyes económicas que bajo el capitalismo: la ley de la plusvalía, la ley general de la acumulación capitalista, la ley de la competencia, etc.

V. I. Lenin dio una característica global del imperialismo. Demostró que el imperialismo es, 

en primer lugar, capitalismo monopolístico; 

segundo, capitalismo parásito o en trance de putrefacción; 

tercero, capitalismo agonizante. 

Si definiéramos con menos palabras al imperialismo, decía Lenin, lo podríamos llamar capitalismo monopolístico.

¿Qué es el monopolio y en qué se distingue el capitalismo monopolista del pre-monopolista? Monopolios son agrupaciones capitalistas de proporciones gigantescas que ocupan posiciones dominantes en uno o en varios sectores económicos.

Por ejemplo, un papel clave en la vida económica de México lo desempeñan 6 monopolios; en Brasil, 10; en Argentina, 6; en Uruguay, 4. Surgieron  al concentrarse la producción y el capital.

Con la libre competencia, en la época del capitalismo industrial, las grandes empresas desplazan a las pequeñas. Se concentra la producción en empresas más grandes. Según el censo industrial de los años 60, empresas con más de 200 obreros producen dos quintas partes de la producción industrial del Brasil, un tercio de la de Argentina. Hay que decir que estas empresas en el Brasil suponen sólo un 2,5% del total de fábricas, y en Argentina tan sólo el 1 %. En una palabra, con la concentración de la producción, varias potentes compañías lanzan la mayor parte de los productos en tal o cual país latinoamericano.

Se concentra también el capital, haciéndose cada vez mayor al sumársele parte de la plusvalía. En Uruguay el 3% de los accionistas manejan el 55% de los capitales invertidos en la economía del país. En Colombia el 53,5% de todo el capital pertenece al 0,1% de los accionistas; en Chile, en 1967, de 1.400 compañías de accionistas, 59 disponían de la mitad del capital accionario.

Además de la concentración se registra también la centralización, que es la agrupación voluntaria u obligada de muchos capitales: voluntaria, cuando se forman sociedades en comandita, sociedades anónimas; obligatorias, cuando las firmas grandes absorben en el curso de la lucha competitiva a las firmas pequeñas.

La competencia entre los grandes capitalistas es cada vez más aguda y destructora. Cada uno trata de adueñarse del mercado y de acabar con sus rivales. Si esto no es posible, tratan de ponerse de acuerdo sobre la magnitud de la producción, precios, etc. A las pocas empresas gi-gantescas les es más fácil llegar a un acuerdo que a centenares y miles de pequeñas. Así, pues, la concentración y centralización del capital y la producción conducen a la aparición de monopolios.

El hecho de que bajo el capitalismo la libre competencia se suplanta por el monopolio, no quiere decir que desaparezca por completo la competencia. En los países capitalistas hay infinidad de empresas medianas y pequeñas y masas de pequeños productores: campesinos y artesanos. Como es lógico, no pueden competir con las asociaciones monopolísticas y se ven obligados a pagar a los monopolios cierto tributo: 

venden al por mayor sus productos a las grandes compañías comerciales, las cuales, a su vez, los venden al por menor. 

El campesino está desarmado ante los monopolios; no tiene más remedio que aceptar el precio que le fijen. Valiéndose de esto, los monopolistas reducen los precios al por mayor y suben los precios al por menor. La diferencia entre los precios (lo que suele llamarse las «tijeras» de los precios) reporta a los monopolios ganancias fabulosas, mientras que todos los años se arruinan miles de haciendas campesinas.

Este ejemplo permite comprender el mecanismo de la formación de los precios de monopolio. En la época del imperialismo, la masa fundamental de mercancías no se vende a los precios que se establecen libremente en el mercado: los monopolios tienen la posibilidad de establecer precios mucho más altos, con los que obtienen superganancias, robando a los obreros y a otras capas trabajadoras de la población.

Los monopolios se esfuerzan por poner en circulación los inmensos capitales sobrantes que han acumulado. Los monopolistas, no satisfechos con los beneficios que les reportan las inversiones en la economía nacional, buscan febrilmente nuevos campos de actividad: exportan los capitales y los invierten en industrias y empresas comerciales en el extranjero.

Hasta la segunda guerra mundial el capital se exportaba, por lo general, a las colonias y países poco desarrollados en el aspecto económico. Las condiciones eran halagüeñas, con perspectivas de grandes ganancias, ya que el empresario pagaba a los obreros mucho menos que en Europa o EE.UU.

Los monopolistas invertían sus capitales y se embolsaban el oro y los diamantes de África, el petróleo del Cercano y Medio Oriente, el caucho de Malasia, el cobre y el plomo, el café y las frutas de América Latina. Como es lógico, los que salían gananciosos eran los monopolios de aquellas potencias que tenían colonias. Las que no tenían reclamaban con insistencia y desfachatez su «parte». De ahí las guerras imperialistas por el reparto del mundo.

La situación se agrava en vista de que el desarrollo de los países capitalistas es extremadamente desigual: nos hace recordar una carrera de fondo, en la que la posición de los corredores cambia constantemente. Aquellos países que ayer eran los más fuertes en los aspectos económico y militar, hoy dejan paso a sus rivales; mañana, la correlación volverá a cambiar. Cada potencia imperialista, al adelantarse, trata de utilizar la ventaja (aunque temporal) para repartir los mercados, las esferas de influencia y territorios, a su favor. Las más fuertes reclaman el dominio mundial. La acción de la ley de la desigualdad del desarrollo del capitalismo en la época del impe-rialismo, descubierta por V. I. Lenin, conduce a la formación de grupos de potencias imperialistas hostiles, desgarrados por acendradas contradicciones.

Los cambios que se operan en la política del capitalismo están ligados a cambios en su economía.

V. I. Lenin señaló reiteradas veces que es propio del imperialismo un cambio de la democracia a la reacción. Al intensificar la explotación de los trabajadores, la burguesía monopolista, recurre con frecuencia a gobernar con métodos terroristas para aplastar la resistencia de las masas populares. La forma más abierta de dictadura terrorista de los monopolios es el fascismo.

Pero, por fortuna, no todo depende de la voluntad de los monopolistas y no siempre logran implantar un régimen de terror. A ellos se enfrentan la clase obrera, todas las fuerzas progresistas de la sociedad, que pueden y deberán meter en cintura a la reacción.

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