Biografía de Carlos Marx. Cap. No. 5. El idealismo

Debido a su educación y crianza, en ese momento era un idealista, influido en especial por Kant y Fichte, y por las ideas de la ilustración francesa, de Voltaire y Rousseau. Por consiguiente, sobre la base de sus concepciones, recorrió con el pensamiento todos los campos del derecho y los reunió, con gran esfuerzo, en un sistema de filosofía del derecho, sólo para volver a derribar la estructura porque no soportaba la prueba de su mentalidad crítica. Ello sucedió una y otra vez, de manera que en repetidas ocasiones volvió a luchar con todos los problemas importantes de la filosofía. En cada oportunidad empezaba otra vez desde el comienzo. En cada uno de los casos verificaba el camino que había recorrido, y los resultados, con implacable autocrítica. Reconocía con creciente claridad la estrechez y la naturaleza anticientífica del idealismo subjetivo, para el cual el mundo no existía en términos objetivos sino como una proyección de la conciencia del individuo. Pronto empezó a darse cuenta, como escribía a su padre, que: “Por el contrario, en la expresión concreta del mundo vivo de las ideas, como lo son el derecho, el Estado, la naturaleza, el conjunto de la filosofía, es preciso sorprender el objeto estudiado en su evolución; no hay que introducir divisiones arbitrarias; la lógica deja cosa misma tiene que desarrollarse con sus contradicciones internas que la impulsan hacia adelante, y encontrar en sí su unidad”.

Estos ya eran procesos de pensamiento hegelianos. “Del idealismo, que, dicho sea de paso, comparé y nutrí con el pensamiento de Kant y Fichte, pasé a buscar la Idea en la realidad misma. En tanto que los dioses habían vivido antes sobre la tierra, ahora se convertían en su centro.” Tal fue la posición que adoptó en la única carta a su padre que sobrevive de ese año, fechada en noviembre de 1837.
Aunque al principio se oponía a la filosofía hegeliana, se convirtió en discípulo de Hegel. A los 19 años, el joven estudiante ya había descubierto la esencia de la filosofía del maestro: “Me apegué cada vez más estrechamente a la filosofía mundial contemporánea”, informaba a su padre, y describía su conversión al hegelianismo como un punto de viraje en su vida. ¡Sorprendente decisión!, pues en verdad esa conversión sería el punto de partida para el desarrollo del socialismo científico.

La preocupación de Marx por la filosofía hegeliana ya había sido alentada por sus 
profesores de la Universidad de Berlín. Pero su apasionado estudio de los problemas de la política y de una concepción del mundo fue lo primero que lo condujo a Hegel.

El hegelianismo se encontró con Marx a mitad de camino en su esfuerzo por hacer coincidir sus propios puntos de vista filosóficos con la realidad, la historia y la vida contemporánea de la humanidad. En la historia del pensamiento humano, ningún otro había intentado, como Hegel, en forma tan minuciosa y profunda, demostrar una relación interna y un desarrollo inevitable en la historia. Es cierto que Hegel actuaba como un idealista y veía la base de todos los acontecimientos en el desarrollo de las ideas, o, como él la llamaba, de la “Idea Absoluta”. En contraste, consideraba que el mundo material no era otra cosa que una forma del reflejo de esa Idea. Pero era un idealista objetivo; su premisa era la existencia de un origen espiritual “objetivo” del mundo, independiente de la conciencia del hombre. Según su noción, el espíritu, la Idea, movía y empujaba la historia hacia adelante, en un proceso interminable, de lo inferior a lo superior, de a poco y en saltos repentinos, de etapa en etapa. Las etapas intermedias de la Idea, históricamente anticuada, y su funcionamiento en la historia humana, perdían su derecho a la existencia y desaparecían; entonces las remplazaba una realidad nueva, viable, confirmada como razonable por la Idea, y por lo tanto necesaria. Ese proceso de constante desarrollo y transformación, llamado dialéctica, encontraba al cabo su expresión y final, según Hegel, en la etapa en que la Idea se fusiona con la conciencia, y por lo tanto, también con el sistema en el cual la Idea se vuelve consciente de sí, lo cual significaba, por supuesto, con Hegel y con el período en que éste vivía.

Esta tarea filosófica que lo abarcaba todo, para buscar y demostrar, con la ayuda 
de la dialéctica, las líneas de desarrollo en todas las zonas de la historia humana, y en especial del pensamiento humano, poseía una fascinadora atracción, y no cabe duda de que fue un gran logro histórico. Pero la filosofía hegeliana también era rica en contradicciones. Ante todo adolecía de la contradicción entre el método dialéctico, empleado por Hegel de modo consciente, que no reconocía pausa ni verdad absoluta, y el final arbitrariamente anunciado en el desarrollo de la Idea, que Hegel preveía en su sistema y con el cual justificaba, además, al Estado prusiano. En su concepción, la filosofía de Hegel no sólo era idealista, sino también conservadora; y ello a pesar de que su método dialéctico era revolucionario.

Sobre la base de sus contradicciones, las enseñanzas de Hegel daban a los partidarios de distintos puntos de vista políticos y filosóficos la oportunidad de tomarlas como sus puntos de apoyo. Quien ponía el acento principal en la legitimación del Estado prusiano, por Hegel, como “la realización de la Idea Absoluta”, podía mantenerse como conservador, y ser reaccionario en sus objetivos políticos. Por otro lado, quien veía en la dialéctica hegeliana lo principal, podía —más, debía— ocupar un lugar en oposición a la ideología feudal, la religión y la realidad política contemporánea.

Y así fue en la práctica. A finales de la década del 30 surgieron a la luz los antago-
nismos entre quienes se consideraban discípulos de Hegel. Estallaron vehementes controversias entre los así llamados Viejos hegelianos, el ala dogmática, reaccionaria, y los Jóvenes Hegelianos, los pensadores revolucionarios de entre los discípulos de Hegel, y los herederos de su dialéctica.
En ese momento Marx se dedicó a ahondar en el mundo del pensamiento de Hegel.

Es indudable que el joven estudiante que primero en privado, y luego en público, se alineó con los Jóvenes Hegelianos, pudo liberarse del idealismo subjetivo, precisamente con la ayuda del método dialéctico de Hegel. No fue un camino fácil para Marx.

Sus esforzados estudios —a menudo seguía sentado ante sus libros, a la luz de una vela, hasta el alba— minaron su salud. Un médico le aconsejó que pasara el verano en el campo, si era posible. En la primavera de 1837 Marx se trasladó a Stralow, en las afueras de Berlín, y pasó allí todo el verano, según parece en el 4 de Alt-Stralau (ahora número 18), y no en sus habitaciones de estudiante del 50 de Alte Jacobstrasse, a las que se mudó desde Mittelstrasse.

Los meses del verano de 1837, con caminatas diarias a Berlín y vuelta, y paseos 
por las orillas del Spree, hicieron que Marx se recuperase. “No preveía que dejaría de ser un debilucho pálido y encontraría solidez y robustez física”, escribía a su padre.

Pero aun en Stralow continuó estudiando con intensidad, desarrollando el método de trabajo que seguiría durante todo su vida. Escribía prolongados extractos de cada uno de los libros que leía, los anotaba con sus pensamientos y observaciones críticas con el fin de aclararse el contenido. De ese modo se adueñó de los conocimientos de sus tiempos, a fondo pero de manera crítica.

Biografía de Carlos Marx. Cap No. 4. El enfrentamiento con la filosofía contemporánea

EL ENFRENTAMIENTO CON LA «FILOSOFÍA CONTEMPORANEA» 

Carlos Marx partió hacia Berlín en octubre de 1836. Viajó durante cinco días en un coche-correo. Todavía no existían comunicaciones ferroviarias, pero el viaje ya era más sencillo que unos pocos años antes. Ya casi no había puestos de control aduanero que otrora robaban tiempo y descanso a los viajeros, y les aligeraban el bolsillo. La unión aduanera alemana, establecida en 1834 bajo la dirección prusiana, había eliminado las barreras aduaneras entre muchos Estados alemanes. Aún existían muchas aduanas como recuerdos de una fragmentación todavía no superada por Alemania. Sin un sistema unificado de carreteras, sin un territorio económico unificado, la industria no podía desarrollarse y difundirse libremente en Alemania. Pero la burguesía quería construir nuevas fábricas, obtener materias primas y obreros, vender sus mercancías para elevar sus ganancias, sin tropezar con los obstáculos de fronteras dentro de Alemania. Por lo tanto combatió contra la situación de división de Alemania y contra las prerrogativas feudales. Necesitaba un mercado nacional unificado; buscó la unidad de Alemania en beneficio de sus intereses de clase.

Marx llegó a Berlín con la firme decisión de estudiar con dedicación. Allí reinaba un ambiente en todo sentido distinto. En tanto que Bonn era una ciudad pequeña, Berlín era una metrópolis con más de 300.000 habitantes. En Bonn había 700 estudiantes, pero en Berlín la cantidad era tres veces mayor. En Bonn la universidad determinaba el aspecto y la vida de la ciudad; en Berlín los decidían la Corte real y los militares prusianos. En Bonn, casi, ningún estudiante se excluía de las francachelas cotidianas; en Berlín era posible mantenerse discretamente distante de las actividades y estudiar en forma intensiva. “En verdad, otras universidades son tabernas en comparación con la casa de trabajo que es esto”, tal era la opinión del filósofo Ludwig Feuerbach respecto de la Universidad de Berlín. Además, en Berlín no había Landsmannschaften,* ni vinculaciones estudiantiles por el estilo; el rey no las permitía.

La capital prusiana, por lo demás, también era distinta de la ciudad del Rin en 
términos de economía. Aunque en Berlín el trabajo manual y la producción en 
pequeña escala seguían siendo la regla, comenzaba a aparecer la industria capitalista, en su mayor parte fuera de las puertas de la ciudad. En pocas décadas trasformó el carácter de la ciudad, de residencia real y metrópolis de los junkers, y lo modificó de raíz. Junto con la nueva riqueza capitalista apareció muy pronto una nueva y aterradora pobreza; al lado de la nueva burguesía industrial, la nueva clase de los proletarios, que en Francia e Inglaterra ya había pasado al primer plano en forma independiente, y que también se organizaría en Alemania antes que pasara mucho Pero en ese momento todavía gobernaba la reacción feudal. Por lo tanto se hacía necesario, como primer paso, liberar a Alemania de sus cadenas feudales.

Las imprescindibles trasformaciones burguesas se produjeron en Alemania en circunstancias muy complicadas. En contraste con Inglaterra y Francia, que hacía tiempo eran Estados unificados y centralizados, y que por consiguiente también poseían un mercado nacional, la producción capitalista en Alemania sólo podía avanzar a un ritmo extraordinariamente lento. Ello se debía ante todo a la división territorial, a consecuencia de lo cual la burguesía alemana, en su concepción política, el denominado liberalismo, aparecía desunida e incoherente en su actividad política. Pero aunque la burguesía alemana no fue lo bastante madura y fuerte, hasta la década del 30, para derrotar y destruir al feudalismo en el plano político, en el plano ideológico preparó el terreno para la revolución burguesa. Ello se logró por medio de la literatura clásica alemana, y ante todo gracias a la filosofía clásica de finales del siglo xviii y comienzos del xix. Los representantes de esa literatura y filosofía apuntaban el arma de la crítica, en particular en el terreno de la religión, hacia los mismos enemigos contra quienes luchaba la burguesía en el campo político: la fanática clase feudal.

Como es natural, esa “revolución filosófica” chocó contra la más enérgica resistencia de los voceros del feudalismo. También era natural que las ideas y obras de los más destacados representantes de la filosofía clásica alemana —Emmanuel Kant, Johan Gottlieb Fichte, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Ludwig Feuerbach—, no sólo reflejasen las contradicciones entre la sociedad capitalista en ascenso y el anticuado orden feudal, sino también las incoherencias políticas de la joven burguesía alemana.

Al mismo tiempo, abrían el camino de la trasformación burguesa de Alemania.
Cuando el joven Marx llegó a Berlín, Kant y Fichte habían muerto hacía tiempo, y 
Hegel tampoco vivía ya. Pero sus ideas, y sobre todo el hegelianismo, predominaban entre los intelectuales alemanes. El centro de los conflictos intelectuales era la Universidad de Berlín, donde Hegel enseñó entre 1818 y 1831, y donde entonces, a mediados de la década de 1830-1840, muchos de sus alumnos ocupaban cátedras profesorales.

Carlos Marx ingresó en la Facultad de Derecho el 22 de octubre de 1836. Se informó sobre las materias y se alojó en una habitación cercana a la universidad, en el 61 de Mittelstrasse. Como era de rigor, pero sintiéndose incómodo, visitó a varios de los amigos de su padre. Luego se lanzó a sus estudios con toda su energía. Se inscribió en tres cátedras: legislación criminal, historia del derecho romano y antropología. Desde el comienzo mismo se concentró en recorrer y evaluar de manera independiente la bibliografía técnica y sus fuentes primeras. Este método de trabajo le resultó tan útil, que al año siguiente pudo prescindir de casi todas las cátedras.

Muy pronto sus estudios técnicos de derecho dejaron paso, cada vez más, a una 
preocupación por la filosofía. “Tenía que estudiar jurisprudencia, pero ante todo 
sentía ansias por dedicarme a la filosofía”, escribió más tarde en punto de ese período. 

En rigor, el estudiante empezó a buscar entonces, con apasionamiento, una Welt-
anschauung, una visión del mundo que pudiese darle una base para su labor científica y para sus concepciones políticas.

Pero al principio, como escribió a su padre, tropezó con el gran obstáculo de la tormenta que en su alma habían desatado el suspenso y la ansiedad de “la embriagadora ansia del amor”, que le impedía dedicarse a sus estudios por entero.

Lejos del valle del Mosela y de su “maravillosa Jenny”, confesaba a su padre, “lo 
abrumaba una verdadera inquietud”. No lo turbaban los celos; no abrigaba dudas 
acerca del amor de Jenny. Pero el pensamiento de que debería permanecer separado de ella muchos años era como un peso sobre su corazón.

Y así fue que Marx, a los 18 años, hizo lo que hacen muchos jóvenes enamoradas: escribió poemas en los cuales trataba de expresar sus sentimientos y estados de ánimo. Muestran que entonces estaba henchido de las canciones populares alemanas y que conocía la poesía de Enrique Heine y de Adalbert von Chamisso. La mayoría de sus poemas se referían a Jenny y a su nostalgia por ella; pero no pocos estaban destinados a informarle acerca de sus aspiraciones intelectuales y a su necesidad de acción, como en los siguientes versos:

Seamos, pues, siempre osados, 
Sin una tregua, sin un descanso,

Marx llegó muy pronto a la conclusión de que el mérito literario de sus experimentos poéticos era limitado, que ante todo eran para él un proceso de conocimiento de sí mismo. En poesía, escribía a su padre, “uno tiene el deseo de levantar un monumento a la vida ya vivida, para que vuelva a conquistar en el sentimiento el lugar que perdió en la acción”. Pero no acostumbraba a perderse en “sentimientos y sueños. Estaba henchido del ansia de actuar; lo atraían los hechos.

“Sentía, ante todo, el ansia de encarar la filosofía.” Fiel a su promesa a su padre, Marx estudió jurisprudencia, y a finales del primer semestre ya había dejado atrás una montaña de bibliografía técnica; más, en verdad, de lo que exigía el programa. Pero su dominio de los hechos y los textos separados no lo satisfacía. Sin filosofía, confesaba a su padre, no era posible llegar a ninguna parte. ¿Pero qué filosofía?

* Landsmannschaften: Equipos regionales

Biografía de Carlos Marx. Cap. No. 3 Estudiante en Bonn

ESTUDIANTE EN BONN

Carlos Marx salió de Tréveris a mediados de octubre de 1835 y viajó por barco Mosela abajo, y por el Rin hasta Bonn. Allí, de acuerdo con los deseos de su padre, La vida en Bonn —la ciudad era apenas un poco mayor que Tréveris— estaba dominada por completo por la universidad y sus 700 estudiantes, más o menos. La universidad convertía a Bonn en el centro intelectual de la provincia del Rin prusiano, pero sobre la vida intelectual de Bonn se cernían las mismas sombras oscuras que A comienzos de la década de 1830-1840, la revolución parisiense de Julio permitió que el pueblo alemán respirase con libertad, y le hizo abrigar esperanzas acerca del final de la dominación feudal. Pero muy pronto hubo que enterrar esos sueños. Por cierto que en el reino de Sajonia, en el Gran Ducado de Hesse, en el Ducado de Brunswyck y en otros lugares se produjeron levantamientos armados, con participación de los aprendices de artesanos y de elementos pequeñoburgueses, así como de campesinos y estudiantes. En muchos mítines de masas, y en especial en el del 27 de mayo en Schloss Hambach, en el Palatinado, la ciudadanía progresista también exigió «una patria alemana libre». Pero el movimiento se encontraba fragmentado y carecía de una vigorosa dirección central. La respuesta de los príncipes feudales y el gobierno de Alemania, en cambio, fue unida y enérgica. La reacción volvió a perseguir a todos los que aspiraban al progreso y la libertad. Millares de probos ciudadanos fueron encarcelados o expulsados de la provincia. La censura se acentuó en forma drástica, se prohibieron todas las asambleas populares, y el uso de la insignia negra, roja y dorada se convirtió en un delito punible. Se hizo responsables a los Estados alemanes por la entrega de todos los refugiados políticos. Se redujo la cantidad de periódicos, y se prohibieron todas las asociaciones políticas. Los estudiantes progresistas —los Burschenschafter—* que se lanzaban a la refriega en favor de la reforma y la unidad nacionales de Alemania, fueron perseguidos, Cuando Marx llegó a Bonn, las persecuciones y el espionaje policiales continuaban sin tregua. Las Burschenschaften estudiantiles fueron remplazadas por asociaciones políticamente inofensivas, las denominadas Landsmannschaften organizadas según el lugar de origen de los estudiantes. Marx se incorporó a su Landsleute. En el semestre siguiente lo eligieron para integrar el ejecutivo del Landsmannschaft de Tréveris, el Se dedicó a sus estudios con energía. Quería seguir nueve cursos, casi todos vinculados con problemas legales, pero también con la historia de la literatura, el arte y la cultura. Ello hizo que su padre le escribiese: “Nueve cursos catedráticos me parecen demasiados, y no me gustaría que emprendieses más de lo que el espíritu y la carne pueden soportar. Pero si no encuentras dificultades, tanto mejor. El campo del conocimiento es infinito, y el tiempo es breve”.

Marx no tropezó con dificultades. Pero pronto advirtió que la mayor parte de las cátedras no lo satisfacían. Redujo el número de aquellas a las cuales concurría, y comenzó a estudiar por su cuenta, en consonancia con un plan personal que más tarde, en Berlín, se convirtió en su método básico de estudio.

Por las cartas de su padre resulta claro que el joven estudiante no era un simple 
hombre de carrera. La vida en Bonn resultaba lo bastante colorida y romántica para atraerlo. En ocasiones las actividades de los estudiantes eran ‘líquidas”, y siempre alegres. Los hijos del Mosela no eran abstemios, y entre ellos se contaba Marx. Así, en junio de 1836 las autoridades universitarias lo castigaron con un día de detención por perturbación nocturna de la tranquilidad, y por embriaguez. Pero el castigo no fue severo, ya que se le permitió recibir visitas de sus condiscípulos. A su vez, eso creó motivos para una detención posterior.

Pero la vida de los estudiantes no se limitaba sólo a la bebida y a la pasión por el 
canto. Y no todos los estudiantes burgueses retrocedían ante las tramoyas de la policía y la arrogancia de sus compañeros aristocráticos. En ocasiones estallaba su orgullo cívico, y respondían con los puños, o con espadas, a las vulgaridades y burlas de los El joven Marx se contaba entre quienes reaccionaban de esa manera. No sólo se unió a una asociación de jóvenes poetas, detrás de cuyos intereses literarios, no cabe duda, también se ocultaban objetivos políticos; además, en agosto de 1836 libró un duelo, en apariencia con un vástago de la casta nobiliaria.

El padre recibió esta noticia con gran preocupación, y antes del final del primer año informó a la Universidad de Bonn que Carlos continuaría sus estudios en Berlín.

LA CONQUISTA DE UNA JOVEN POCO COMÚN

Aunque en 1835 el estudiante en cierne esperaba con ávida curiosidad la vida nueva e independiente en Bonn, no lejos de su ciudad natal, el período anterior a su partida a Berlín fue distinto. En esa ocasión le resultó difícil despedirse de Tréveris, pues ahora debía dejar atrás, durante un lapso más prolongado, a algunos cuyo cariño total había De la amistad y comprensión entre Carlos Marx y Jenny von Westphalen había nacido un profundo amor recíproco. Jenny no sólo poseía una extraordinaria belleza, sino también un espíritu y carácter poco comunes. En las últimas semanas del verano de 1836, que el joven Carlos, de 18 años, pasó en casa de sus padres, la cortejó y ella se convirtió en su novia, en secreto.

Eso carecía de precedentes en las convenciones entonces dominantes. La joven 
y aristocrática Jenny, la “reina de los bailes”, reconocida como la muchacha más 
hermosa de Tréveris, celebrada y muy requerida, segura de un brillante matrimonio, entregaba su mano al hijo de un abogado, en desafío de todas las costumbres de la sociedad feudal y burguesa, sin el conocimiento de sus padres y sin la menor noción de lo que traería el futuro al lado de él. A pesar de su dicha, Carlos y Jenny tenían conciencia de la naturaleza insólita de su compromiso. Pero por el momento Carlos no podía pensar siquiera en pedir al consejero del gobierno la mano de Jenny von Westphalen. Sólo el padre de Carlos conocía el secreto. Confiaron en él para que preparase el terreno, ante los padres de Jenny, para una exitosa solución posterior del Heinrich Marx se dedicó a la tarea cuando quedó convencido de la profundidad y sinceridad del amor de los jóvenes, y de la fuerza de carácter de Jenny. Pero cuando la aceptación de los padres de ésta eliminó los últimos temores de ambos, los amantes tuvieron que soportar todavía siete largos años de separación, de fiel espera. Ello resultaba bastante difícil; pero además, el hermanastro de Jenny, Ferdinand von Westphalen, un engreído individuo de carrera quien a larga logró trepar hasta el ministerio del Interior de Prusia, a menudo convertía en un infierno la vida de la joven.

*Burchenschaft: Hermandad juvenil