Biografía de Carlos Marx. Cap No. 4. El enfrentamiento con la filosofía contemporánea

EL ENFRENTAMIENTO CON LA «FILOSOFÍA CONTEMPORANEA» 

Carlos Marx partió hacia Berlín en octubre de 1836. Viajó durante cinco días en un coche-correo. Todavía no existían comunicaciones ferroviarias, pero el viaje ya era más sencillo que unos pocos años antes. Ya casi no había puestos de control aduanero que otrora robaban tiempo y descanso a los viajeros, y les aligeraban el bolsillo. La unión aduanera alemana, establecida en 1834 bajo la dirección prusiana, había eliminado las barreras aduaneras entre muchos Estados alemanes. Aún existían muchas aduanas como recuerdos de una fragmentación todavía no superada por Alemania. Sin un sistema unificado de carreteras, sin un territorio económico unificado, la industria no podía desarrollarse y difundirse libremente en Alemania. Pero la burguesía quería construir nuevas fábricas, obtener materias primas y obreros, vender sus mercancías para elevar sus ganancias, sin tropezar con los obstáculos de fronteras dentro de Alemania. Por lo tanto combatió contra la situación de división de Alemania y contra las prerrogativas feudales. Necesitaba un mercado nacional unificado; buscó la unidad de Alemania en beneficio de sus intereses de clase.

Marx llegó a Berlín con la firme decisión de estudiar con dedicación. Allí reinaba un ambiente en todo sentido distinto. En tanto que Bonn era una ciudad pequeña, Berlín era una metrópolis con más de 300.000 habitantes. En Bonn había 700 estudiantes, pero en Berlín la cantidad era tres veces mayor. En Bonn la universidad determinaba el aspecto y la vida de la ciudad; en Berlín los decidían la Corte real y los militares prusianos. En Bonn, casi, ningún estudiante se excluía de las francachelas cotidianas; en Berlín era posible mantenerse discretamente distante de las actividades y estudiar en forma intensiva. “En verdad, otras universidades son tabernas en comparación con la casa de trabajo que es esto”, tal era la opinión del filósofo Ludwig Feuerbach respecto de la Universidad de Berlín. Además, en Berlín no había Landsmannschaften,* ni vinculaciones estudiantiles por el estilo; el rey no las permitía.

La capital prusiana, por lo demás, también era distinta de la ciudad del Rin en 
términos de economía. Aunque en Berlín el trabajo manual y la producción en 
pequeña escala seguían siendo la regla, comenzaba a aparecer la industria capitalista, en su mayor parte fuera de las puertas de la ciudad. En pocas décadas trasformó el carácter de la ciudad, de residencia real y metrópolis de los junkers, y lo modificó de raíz. Junto con la nueva riqueza capitalista apareció muy pronto una nueva y aterradora pobreza; al lado de la nueva burguesía industrial, la nueva clase de los proletarios, que en Francia e Inglaterra ya había pasado al primer plano en forma independiente, y que también se organizaría en Alemania antes que pasara mucho Pero en ese momento todavía gobernaba la reacción feudal. Por lo tanto se hacía necesario, como primer paso, liberar a Alemania de sus cadenas feudales.

Las imprescindibles trasformaciones burguesas se produjeron en Alemania en circunstancias muy complicadas. En contraste con Inglaterra y Francia, que hacía tiempo eran Estados unificados y centralizados, y que por consiguiente también poseían un mercado nacional, la producción capitalista en Alemania sólo podía avanzar a un ritmo extraordinariamente lento. Ello se debía ante todo a la división territorial, a consecuencia de lo cual la burguesía alemana, en su concepción política, el denominado liberalismo, aparecía desunida e incoherente en su actividad política. Pero aunque la burguesía alemana no fue lo bastante madura y fuerte, hasta la década del 30, para derrotar y destruir al feudalismo en el plano político, en el plano ideológico preparó el terreno para la revolución burguesa. Ello se logró por medio de la literatura clásica alemana, y ante todo gracias a la filosofía clásica de finales del siglo xviii y comienzos del xix. Los representantes de esa literatura y filosofía apuntaban el arma de la crítica, en particular en el terreno de la religión, hacia los mismos enemigos contra quienes luchaba la burguesía en el campo político: la fanática clase feudal.

Como es natural, esa “revolución filosófica” chocó contra la más enérgica resistencia de los voceros del feudalismo. También era natural que las ideas y obras de los más destacados representantes de la filosofía clásica alemana —Emmanuel Kant, Johan Gottlieb Fichte, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Ludwig Feuerbach—, no sólo reflejasen las contradicciones entre la sociedad capitalista en ascenso y el anticuado orden feudal, sino también las incoherencias políticas de la joven burguesía alemana.

Al mismo tiempo, abrían el camino de la trasformación burguesa de Alemania.
Cuando el joven Marx llegó a Berlín, Kant y Fichte habían muerto hacía tiempo, y 
Hegel tampoco vivía ya. Pero sus ideas, y sobre todo el hegelianismo, predominaban entre los intelectuales alemanes. El centro de los conflictos intelectuales era la Universidad de Berlín, donde Hegel enseñó entre 1818 y 1831, y donde entonces, a mediados de la década de 1830-1840, muchos de sus alumnos ocupaban cátedras profesorales.

Carlos Marx ingresó en la Facultad de Derecho el 22 de octubre de 1836. Se informó sobre las materias y se alojó en una habitación cercana a la universidad, en el 61 de Mittelstrasse. Como era de rigor, pero sintiéndose incómodo, visitó a varios de los amigos de su padre. Luego se lanzó a sus estudios con toda su energía. Se inscribió en tres cátedras: legislación criminal, historia del derecho romano y antropología. Desde el comienzo mismo se concentró en recorrer y evaluar de manera independiente la bibliografía técnica y sus fuentes primeras. Este método de trabajo le resultó tan útil, que al año siguiente pudo prescindir de casi todas las cátedras.

Muy pronto sus estudios técnicos de derecho dejaron paso, cada vez más, a una 
preocupación por la filosofía. “Tenía que estudiar jurisprudencia, pero ante todo 
sentía ansias por dedicarme a la filosofía”, escribió más tarde en punto de ese período. 

En rigor, el estudiante empezó a buscar entonces, con apasionamiento, una Welt-
anschauung, una visión del mundo que pudiese darle una base para su labor científica y para sus concepciones políticas.

Pero al principio, como escribió a su padre, tropezó con el gran obstáculo de la tormenta que en su alma habían desatado el suspenso y la ansiedad de “la embriagadora ansia del amor”, que le impedía dedicarse a sus estudios por entero.

Lejos del valle del Mosela y de su “maravillosa Jenny”, confesaba a su padre, “lo 
abrumaba una verdadera inquietud”. No lo turbaban los celos; no abrigaba dudas 
acerca del amor de Jenny. Pero el pensamiento de que debería permanecer separado de ella muchos años era como un peso sobre su corazón.

Y así fue que Marx, a los 18 años, hizo lo que hacen muchos jóvenes enamoradas: escribió poemas en los cuales trataba de expresar sus sentimientos y estados de ánimo. Muestran que entonces estaba henchido de las canciones populares alemanas y que conocía la poesía de Enrique Heine y de Adalbert von Chamisso. La mayoría de sus poemas se referían a Jenny y a su nostalgia por ella; pero no pocos estaban destinados a informarle acerca de sus aspiraciones intelectuales y a su necesidad de acción, como en los siguientes versos:

Seamos, pues, siempre osados, 
Sin una tregua, sin un descanso,

Marx llegó muy pronto a la conclusión de que el mérito literario de sus experimentos poéticos era limitado, que ante todo eran para él un proceso de conocimiento de sí mismo. En poesía, escribía a su padre, “uno tiene el deseo de levantar un monumento a la vida ya vivida, para que vuelva a conquistar en el sentimiento el lugar que perdió en la acción”. Pero no acostumbraba a perderse en “sentimientos y sueños. Estaba henchido del ansia de actuar; lo atraían los hechos.

“Sentía, ante todo, el ansia de encarar la filosofía.” Fiel a su promesa a su padre, Marx estudió jurisprudencia, y a finales del primer semestre ya había dejado atrás una montaña de bibliografía técnica; más, en verdad, de lo que exigía el programa. Pero su dominio de los hechos y los textos separados no lo satisfacía. Sin filosofía, confesaba a su padre, no era posible llegar a ninguna parte. ¿Pero qué filosofía?

* Landsmannschaften: Equipos regionales

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