Biografía de Carlos Marx. No. 10. Las alas palpitantes de un alma libre.

Marx no se conformó con la lectura de publicaciones socialistas. Buscó un intercambio de opiniones y participó en una discusión sobre el socialismo, patrocinada por un grupo de intelectuales de Colonia. En esa ronda de discusiones conoció al doctor Karl Ludwig d’Ester, quien unos años más tarde se convertiría en su compañero en la Liga Comunista.

Marx seguía siendo un demócrata revolucionario. Todavía lo dominaba la concepción, en el sentido hegeliano, de que la solución de los problemas sociales dependía de la trasformación del Estado, cuya meta debía ser la organización razonable de la sociedad. Pero esta concepción comenzó a quedar atrás a medida que, paso a paso, llegó a formarse la convicción de que el Estado no poseía el carácter razonable, ni el papel decisivo en el desarrollo histórico, que Hegel le había atribuido. Por otro lado, Marx se vio llevado a estos pensamientos y a nuevas concepciones debido a su preocupación por los problemas económicos y sociales, así como por sus experiencias cotidianas frente al Estado prusiano y a su burocracia.

Escribió sobre un problema social, por primera vez, en el otoño de 1842, cuando continuó su análisis de las sesiones del Landtag con una serie de artículos sobre “Los debates sobre la ley relativa al robo de leña”. El Landtag había discutido un proyecto de ley orientado contra el robo de leña, así como contra las violaciones relacionadas con la caza y el pastoreo. Estas violaciones iban en aumento a consecuencia de la creciente pobreza de los campesinos. El Landtag, asamblea de terratenientes, y por lo tanto, también de dueños de bosques, declaró que tales violaciones eran pasibles de la pena de cárcel.

En sus artículos, Marx desempeñó el papel de abogado de los pobres. Denunció con indignación las brutales medidas de los terratenientes contra “las masas de pobres que carecen de derechos políticos o sociales”. Se identificó de todo corazón con las clases empobrecidas, cuya existencia “hasta ahora ha sido no más que una costumbre de la sociedad, y que todavía no encontraron un lugar adecuado en la organización consciente del Estado”.

Sus críticas se basaban aún en motivos legales y morales, pero en ellas, cada vez con más frecuencia, aparecían ya nuevos tonos. Mostraban que en sus investigaciones, Marx percibía cada vez en mayor medida la presencia de intereses de clase en la sociedad burguesa, y también la importancia del proletariado en dicha sociedad. Su análisis de los debates sobre la “ley de robo de leña” le proporcionó un ejemplo de “lo que se puede esperar de una elevada asamblea de intereses especiales, si se le confía con seriedad la tarea de legislar”.

Él mismo confirmó más tarde que esas nuevas concepciones influyeron con energía en su desarrollo científico. En una mirada hacia atrás, escribía en 1859: “En 1842-1843, como director del Rheinische Zeitung, me encontré por primera vez en la inquietante obligación de tener que opinar sobre los denominados intereses materiales. Las sesiones del Landtag del Rin sobre el robo de leña… me ofrecieron la primera oportunidad de ocuparme de problemas económicos”.

A principios de 1843 los asuntos sociales comenzaron a preocuparle cuando, en una serie de artículos, investigó la situación de los campesinos del distrito del Mosela. Los campesinos de la región, dueños de pequeños viñedos, pasaban por terribles apremios. Cuando Rheinische Zeitung recogió sus quejas, el presidente prusiano replicó con arrogantes “correcciones” y acusó de calumnia al periódico. Marx reaccionó con vigor. Después de un mayor estudio de todos los materiales, que también llevó a cabo en el mismo lugar, en el valle del Mosela, demostró, hasta el

último detalle, que el gobierno nada había hecho de importancia para ayudar a los campesinos del distrito. Acusó a la burocracia prusiana de arruinar, sin pruritos de conciencia, a los campesinos. En lugar de buscar maneras de mejorar la situación, juntamente con la prensa libre, la burocracia había reprimido con brutal violencia las legítimas quejas de los campesinos empobrecidos y la crítica de la prensa… clara imagen “del espíritu político de los gobernantes, y de su sistema”.

Gracias a tales trabajos periodísticos, Marx se familiarizó con muchos nuevos problemas de la vida contemporánea. Su honda investigación de los asuntos económicos le ayudó en especial a adquirir una mejor comprensión de las relaciones económicas y sociales en la vida de la sociedad, y en especial del Estado.

En sus artículos sobre los campesinos del Mosela llegó a destacadas conclusiones: “En la investigación de la situación del Estado se siente muy fácilmente la tentación de prescindir de la naturaleza, objetiva de la situación, y de explicarlo todo sobre la base de la voluntad de las personas involucradas. Pero existen situaciones que determinan las acciones de las personas, así como de algunos funcionarios, y que son tan independientes de ellos como la respiración”. Esto, sin embargo, significaba —por mucho que se conservara la terminología hegeliana— que ya no podía verse la situación legal del Estado como basada en la “Idea Absoluta”, o en la razonabilidad, sino en circunstancias sociales concretas. Es característico de la naturaleza humanista de las ideas y acciones de Marx que su apasionada defensa de los intereses de las masas populares le permitiese avanzar, paso a paso, más allá de la concepción de Hegel, trabada por limitaciones idealistas acerca del Estado, y de la concepción de Feuerbach sobre el hombre, limitada por nociones metafísicas.

Su trabajo como director en jefe también fue para Marx de extraordinaria importancia en otro sentido. En las controversias diarias, y sobre la base de sus experiencias personales, desarrolló un amplio conocimiento y un profundo odio respecto del Estado Junker prusiano, su burocracia y la arrogancia y brutalidad de ésta. 

Chocó contra el alma del prusianismo en distintas formas, de las cuales la represión de toda opinión libre no era la última. Bajo la guía de Marx, Rheinische Zeitung avanzó con rapidez. En octubre de 1842 tenía 885 suscriptores, cuatro semanas después ya contaba con 1.800; ocho semanas más tarde, eran 3.400. Gracias a la firmeza de los principios democráticos del director en jefe, el periódico conquistó muy pronto a entusiastas lectores… y no sólo en Renania.

La vida obligaba a Marx a adoptar posiciones todos los días. Lo hacía poniéndose de parte del progreso social, de las legítimas demandas de libertad de prensa de la burguesía, de una Constitución, de la participación en la administración del Estado, y en especial de su economía. Pero en no menor medida se mostraba partidario de los trabajadores desamparados, de sus derechos democráticos y de sus reivindicaciones de mejoramiento de su situación social. De tal manera Marx se convirtió en un coherente demócrata revolucionario, se preparó para dar el primer paso de alejamiento de las posiciones democrático-burguesas, hacia el comunismo.

Su mano orientadora se percibía no sólo en los artículos e informes políticos. También utilizaba los folletines para llevar a cabo hábiles ataques contra todo lo que se interpusiera en el camino de las aspiraciones democráticas, o que sirviese a la opresión social. Promovió en especial la obra de Georg Herwegh, con quien había trabado amistad en el otoño de 1842. El poema de Herwegh “El partido” ya se había publicado en la primera de 1842, en Rheinische Zeitung. Entonces, con Marx como director en jefe, siguieron otros poemas. Rheinische Zeitung fue el primero en publicar, en setiembre de 1842, las palabras de Herwegh que se hicieron famosas en Alemania:

¡Dejen lugar, caballeros, para las alas palpitantes de un alma libre!

Biografía de Carlos Marx. No. 9. Sobre la Libertad de prensa

Como algunos miembros de la gran burguesía renana coqueteaban o inclusive simpatizaban con los Jóvenes Hegelianos, se pidió a sus principales representantes que se unieran al lanzamiento de su periódico y se incorporasen a su dirección. Así fue que también Marx, desde el otoño de 1841 en adelante, ayudó a promover la fundación del periódico con sus consejos y colaboración, y en la primavera de 1842 sugirió a su viejo amigo Rutenberg, a los editores, como director en jefe. Junto con Rutenberg, muchos otros Jóvenes Hegelianos se convirtieron en colaboradores permanentes de la publicación, de modo que los intereses puramente económicos de la gran burguesía del Rin pasaron cada vez más a un plano secundario, y el centro del escenario lo ocuparon los problemas políticos. El periódico adoptó esa orientación gracias a Marx, y en poco tiempo se convirtió en el órgano dirigente de la Aposición burguesa en Alemania.

En abril de 1842 —más tarde que los demás Jóvenes Hegelianos, pero también con más intensidad—, Marx comenzó a escribir artículos para Rheinische Zeitung. La Gaceta renana). Como parte de un ambicioso plan, quería someter a un análisis crítico, en varios artículos, los debates desarrollados durante el verano de 1841 en el Landtag (Parlamento) de la provincia del Rin. Se trataba de una iniciativa audaz, ya que podía demostrar de manera convincente a los lectores, usando como ejemplo las sesiones del Parlamento de la más avanzada provincia prusiana, cuan aterradoramente remoto estaba el desarrollo de Alemania respecto de una sociedad burguesa moderna.

La primera serie de Marx se refería a los debates del Landtag sobre la libertad de prensa. Se publicó en mayo de 1842. En ella Marx examinaba en detalle los motivos que tenían los grupos representados en el Landtag —los aristócratas, los propietarios urbanos y rurales— para rechazar la introducción de una ley de prensa en lugar de la censura, y para negarse a abrir las sesiones al público. Llegaba a la importante conclusión de que las diferencias de opiniones entre los representantes del Landtag, en relación con las exigencias democrático-burguesas, nacían de sus distintos intereses sociales; pero por otro lado, por encima de esas diferencias tenían un interés común, como terratenientes, en lo referente a perpetuar el orden existente, con los menores cambios posibles. Marx dejaba establecido con claridad que los diputados parlamentarios que representaban los verdaderos intereses del pueblo en tan escasa medida como el gobierno, habían perdido su derecho a sus bancas.

Defendía con vehemencia la libertad de prensa como una de las exigencias centrales del movimiento liberal y democrático. Pero contra aquellos que con su mentalidad de tenderos querían degradar a la prensa a la condición de negocio, declaraba: “Es cierto que el escritor debe ganarse la vida para poder existir y escribir, pero no debería existir y escribir para ganarse la vida… La primera libertad de la prensa consiste… en estar libre del comercio. El escritor que degrada la prensa a la categoría de medio material merece, como castigo de esa esclavitud interna, la esclavitud exterior, la censura; o mejor aún, toda su existencia es ya un castigo”.

Esta primera serie de artículos causó en seguida agitación en los círculos burgueses progresistas. Con ellos se presentó Marx como representante del ala izquierda del movimiento de oposición. Amigos y rivales esperaron con vivo interés sus siguientes colaboraciones literarias. Pero muchos de los artículos posteriores cayeron víctimas del lápiz rojo del censor.

Desde la primavera de 1842 en adelante, Marx ejerció una influencia más fuerte aun sobre los directores del periódico, por medio de sus artículos, cartas y consejos verbales. Su objetivo consistía en unir en forma cada vez más estrecha la filosofía a la realidad política. Se burlaba de la crítica abstracta, seudoextremista. “La verdadera teoría debe desarrollarse y aclararse en las circunstancias concretas y sobre la base de la situación existente”, escribía en agosto al editor del periódico. Eran, éstas, importantes ideas en el camino de la unión de la teoría con la práctica.

A mediados de octubre los accionistas del periódico nombraron director a Marx. En el acto éste se trasladó a Colonia, que era una de las ciudades alemanas más grandes, con sus 70.000 habitantes, y un centro de la vida económica de Renania. Marx se lanzó con vigor a la obra… y a la batalla contra el censor. Desde el primer momento estableció el rumbo de su grupito de directores, con sus conocimientos, su perspectiva política y su energía, y en rigor se convirtió en el espíritu motriz del periódico. De tal modo, a los 24 años de edad apenas, se encontraba a la cabeza del principal órgano de la burguesía progresista alemana. Entonces comenzó una nueva etapa en su vida personal y en el desarrollo de la publicación.

Sus primeras actividades indican ya con cuánta seriedad encaraba su responsabilidad. Állgemeine Zeitung de Augsburgo, órgano de la gran burguesía liberal, había atacado a Rheinische Zeitung como publicación de los comunistas prusianos, a causa de ciertas declaraciones de ese último respecto de problemas sociales. Marx respondió a la maliciosa denuncia con un agudo artículo en el cual justificaba el derecho a la existencia de las ideas comunistas, y declaraba que, sin embargo, su aplicación práctica en esos momentos era utópica. Al mismo tiempo confesaba con honradez que su conocimiento del socialismo y el comunismo franceses —a pesar de su frecuentación de varias obras de algunos socialistas franceses— era todavía incompleto. Ello no obstante, un problema de tal importancia no debía criticarse con una fraseología hueca, “sino sólo después de un largo y profundo estudio”.

También extrajo las necesarias conclusiones. Reunió otras obras de conocidos teóricos socialistas y las estudió. Los más importantes de dichos socialistas eran los franceses Charles Fourier y Claude-Henri de Saint-Simon, acerca de quienes había oído hablar a von Westphalen cuando todavía era un escolar, y también el inglés Robert Owen.

En sus obras los pensadores socialistas criticaban en forma implacable los abusos y deformidades de la sociedad capitalista, y trazaban audaces planes para un futuro orden humano armonioso, libre de la explotación y la opresión. Pero por grandes que fuesen sus simpatías para con la pobreza y la desdicha de los obreros hasta entonces, por mucha fidelidad que pusieran en la descripción del ansia de los trabajadores por una sociedad liberada de la explotación, sus teorías carecían de una base científica objetiva. Apelaban a la piedad y comprensión de gobernantes y propietarios, y no reconocían la fuerza que poseía el proletariado mismo. Sus enseñanzas, entonces, se encontraban impregnadas de un profundo humanismo, pero seguían siendo fantasías, sueños acerca de una sociedad humana ideal.

Biografía de Carlos Marx. No. 8. Salto a la vida política

En el umbral de esas décadas tormentosas las fuerzas feudales —y en particular el gobierno prusiano— confiaban en su poder y se dedicaban a hacer todo lo posible para aplastar a la creciente oposición liberal y democrática. Lo mismo que en política, la reacción feudal asestaba implacables golpes en el terreno de la ideología.

Los periódicos progresistas fueron prohibidos, y la censura se acentuó en general. El gobierno también comenzó a acosar a los Jóvenes Hegelianos, los más coherentes de los cuales se oponían en forma abierta al Estado prusiano, desde las universidades y las oficinas editoriales.

En tales circunstancias Marx vio que tambaleaban sus planes primitivos, en especial la idea de un puesto de catedrático en la Universidad de Bonn. Por lo tanto, Carlos y Jenny se vieron obligados a volver a esperarse el uno al otro.

En julio de 1841 Marx viajó a Bonn para visitar a Bruno Bauer, quien trabajaba allí como profesor de la universidad. Marx abrigaba aún la esperanza de que desde la plataforma de la cátedra pudiera lanzarse a la controversia contra los oscurantistas. 

Pero pronto tuvo que ver cómo su amigo, por instigación del gobierno de Berlín y de los profesores obedientes a él, era expulsado de la universidad. Marx abandonó todo pensamiento de entrar en ésta. En Prusia ya no quedaba ni la ficción de las libertades académicas.

De tal manera, a consecuencia de las luchas entre el creciente movimiento antifeudal y el Estado prusiano reaccionario, se vio empujado cada vez más hacia el que se había convertido en el más importante campo de batalla entre la reacción y el progreso: el de publicista político. Al comienzo trabajó con Bruno Bauer en varias críticas contra la religión, leyó y condensó para ello toda una serie de obras de arte y religión. Pero sus experiencias le enseñaban cada vez más que la crítica del Estado prusiano en el terreno de la filosofía ya no era suficiente. El deber de los filósofos era participar de manera directa e inmediata en la lucha política. Cuando se presentó la oportunidad de hacerlo, la aprovechó con energía y decisión.

A principios de 1842 el rey prusiano había emitido una reglamentación sobre la censura, que parecía atenuar el amordazamiento de la prensa. Mientras surgía un ardiente júbilo entre algunos supuestos liberales, y en particular entre los filisteos, por ese acto de “piedad” monárquica. Marx analizó el verdadero contenido del decreto del gobierno en el artículo “Observaciones sobre la nueva reglamentación prusiana de la censura”. Con implacable lógica y tajante sarcasmo, mostraba que la aparente moderación de la censura estaba destinada en realidad a agudizar lo que ya era muy arbitraria forma de represión, y revelaba la orden del rey como una repugnante deformidad nacida del temor, la estupidez, la arrogancia y la hipocresía. Llegaba a la conclusión de que la censura reaccionaria debía ser anulada por entero, no atenuada o cambiada. “La única cura auténtica para la censura sería su abolición”, escribía.

Con ese artículo Marx pasaba directamente a la lucha política. Por primera vez, adoptaba una posición pública contra la reacción. Ese primer artículo ya lo destacaba con claridad como a un demócrata revolucionario preocupado por cambiar de raíz el medio reaccionario, y no sólo por reformarlo. De ese modo se alejaba cada vez más de la mayoría de los otros Jóvenes Hegelianos, quienes tendían a elevar la crítica filosófica al rango de objetivo en sí misma, en lugar de combinarla con la lucha política.

En su deseo de atacar políticamente al Estado prusiano como principal enemigo del progreso en Alemania, Marx encontró experimentados compañeros de armas. Bruno Bauer, cuyo individualismo le impedía efectuar el paso del liberalismo a la democracia, e ir hacia el pueblo, no fue uno de ellos; más bien lo fue Arnold Ruge, uno de los Jóvenes Hegelianos. Ruge, otrora, Burschenschafter, había pasado seis años en una cárcel prusiana, luego de lo cual publicó los Hallische Jahrbücher, los Anales de Halle, como órgano de los Jóvenes Hegelianos. Como se negó a doblegarse ante el censor prusiano, se vio obligado a trasladarse a Dresden en 1841. Allí volvió a publicar su periódico con un nuevo título, Deutsche Jahrbücher (Anales alemanes), y atacó al Estado prusiano con más energía crítica que antes. El ejemplo de Ruge ayudó a Marx a pasar a la acción política directa, y entonces le envió su primer esfuerzo literario.

El artículo de Marx contra la censura sería víctima de la censura misma. Pero si bien Ruge no pudo publicarlo en Alemania, lo incluyó en una colección de ensayos editados en Suiza, en 1843. El libro fue prohibido en Prusia en cuanto se publicó. Nada podía mostrar con mayor claridad cuan perfectamente había dado en el blanco el análisis de Marx sobre la censura prusiana.

El artículo estaba firmado, no con el nombre de Marx, sino con el seudónimo “De un renano”. Su objetivo consistía en subrayar el antagonismo que entonces existía acerca de problemas fundamentales, entre los liberales burgueses y el movimiento democrático de Renania, por un lado, y los viejos Junkers prusianos por el otro. La firma “De un renano” era un desafío en nombre de los demócratas, contra la reacción del este del río Elba.

En 1842 Marx escribió otros trabajos para los Deutsche Jahrbücher de Ruge. Pero la mayoría quedaron inconclusos. Por lo general vivía en Tréveris, pero también pasaba algún tiempo en Colonia y Bonn. Su energía para el trabajo y su necesidad de acción no conocían límites, y se expresaban, no sólo en numerosos planes literarios, que ocupaban gran parte de su tiempo, sino también en su necesidad de compañía congenial y de diversiones.

“Marx) ha vuelto aquí —informaba Bruno Bauer a su hermano Edgar en abril de 1842—. El otro día viajé con él al campo, para gozar otra vez del magnífico paisaje». El viaje fue delicioso. Como siempre, estábamos de buen humor. En Godesberg alquilamos un par de borricos y galopamos como locos por las montañas y a través de la ciudad. La gente de la sociedad de Bonn nos miraba con más asombro que nunca. Nosotros estábamos alborozados, los asnos rebuznaban”.

Más importantes, para su futuro desarrollo, que sus estudios de filosofía y de historia del arte durante esos meses, fueron los dos factores siguientes: llegó a conocer las concepciones filosóficas de Ludwig Feuerbach, y al mismo tiempo se internó aun más en el movimiento político de los renanos.

Entre los libros que Marx estudió durante sus visitas a Bonn se contaba uno que leyó con ardiente interés: una obra recién publicada de Ludwig Feuerbach, filósofo alemán del sur. La esencia ¿Leí cristianismo? ¿Qué fascinó tanto a Marx en esa obra? Aparecía en ella un filósofo que no sólo apuntaba una filosa crítica contra la ideología religiosa de la clase feudal, y no sólo desarrollaba en forma crítica ciertos aspectos de la filosofía hegeliana; todas las religiones, lo mismo que la totalidad del idealismo hegeliano, era arrojado por la borda como incompatible con la verdadera esencia del mundo y con la dignidad del hombre.

Para remplazarlos se postulaba el materialismo filosófico. Ni el mundo, ni el hombre, declaraba Feuerbach, necesitan un dios o la “Idea Absoluta”. Son “necesarios en y por sí mismos”, y son “sensoriales y materiales”. El hombre sólo existe gracias a la naturaleza, y es un producto del desarrollo de ésta. La naturaleza, el ser: eso es lo primario, y existe con independencia del hombre y de su conciencia. 

Nada hay fuera de la naturaleza y del hombre, ni siquiera un dios. La religión es un producto de los seres humanos. No fue dios quien creó al hombre, sino que el hombre creó a dios a su imagen y semejanza. Estas concepciones de Feuerbach quebraron el hechizo del idealismo hegeliano. Las ideas materialistas, ateas y humanistas de Feuerbach ejercieron un efecto literalmente enorme sobre los intelectuales progresistas de Alemania. “Era preciso experimentar en persona la influencia liberadora de este libro para poder imaginarla —escribió Federico Engels más tarde, mirando hacia atrás—. El entusiasmo fue general. De pronto todos nos volvimos Feuerbachianos”. Pero la penetración crítica de Marx comenzó a percibir también las debilidades de las enseñanzas de Feuerbach, en especial su debilidad consistente en ver al hombre sólo como un ser biológico, pero no como un ente social. 

Ello le impedía aplicar el materialismo a la sociedad humana y a su historia. Pero esta omprensión fue madurando poco a poco en el propio Marx. Por el momento, la batalla política cotidiana le imponía tales exigencias, que su ajuste de cuentas con la filosofía de Feuerbach ocupaba un segundo plano.

La creciente burguesía de la provincia prusiana del Rin había fundado el Rheinische Zeitung für Politik, Handel und Gewerbe (Periódico renano de política, industria y comercio), en Colonia, a principios de 1842. Con la ayuda del periódico, la burguesía apuntaba a defender los intereses económicos y políticos de la industria y el comercio renanos. El gobierno de Prusia no confiaba en ese órgano liberal, pero lo había tolerado por consideraciones tácticas, con la idea de que se convirtiese en contrapeso de Koelnische Zeitung, católico extremo, que se orientaba hacia Roma en lugar de dejarse guiar por Berlín.

Biografía de Carlos Marx. Cap. 7. Los intereses del pueblo

A comienzos de 1839 —había sido exceptuado del servicio militar por “debilidad del pecho” y, en apariencia, por una dolencia de los ojos—, Marx inició su labor para su disertación doctoral. En ese momento vivía en el N° 45 de Luisenstrasse (ahora Luisenstrasse 60). Es la única de las siete casas de Berlín en que se alojó en sus tiempos de estudiante y que aún se conserva en la actualidad. La casa ostenta ahora una placa recordatoria.

Como tema de su disertación, Marx eligió “Las diferencias entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro”. En ella examinaba con gran minuciosidad las enseñanzas de los filósofos griegos Demócrito y Epicuro, que representaban una concepción materialista del mundo. Defendía en especial el ateísmo de Epicuro, el gran iluminista de la antigüedad y franco oponente de la creencia en un dios. La identificación de Marx con el ateísmo era, de modo indirecto, una declaración de guerra contra el “católico” Estado prusiano y el sistema feudal.

Al mismo tiempo, Marx inició en su trabajo una evaluación crítica de la filosofía hegeliana contemporánea, proyecto que más tarde desarrolló en su ensayo “Crítica de la filosofía hegeliana del derecho”. Si bien en su disertación todavía expresaba el punto de vista hegeliano, y por lo tanto idealista, no era, sin embargo, un partidario ciego de Hegel. A pesar de su elevada opinión respecto del método dialéctico idealista de Hegel, la filosofía hegeliana no era para él la etapa final del desarrollo filosófico, sino un punto de partida, una base para su evolución posterior. Le atraían las ideas de Hegel que impulsaban la ciencia hacia adelante. Desechaba las que no servían para ese objetivo.

En la introducción a su disertación se identificaba, con orgullo, con Prometeo, que para él era un símbolo: el mártir de la libertad, el enemigo de los dioses y el amigo de la humanidad. En el espíritu de Prometeo, quería ir hacia el pueblo, para demoler con él los bastiones del atraso, de la opresión y la estupidez. Pero a los defensores de lo antiguo, a los anticuados y reaccionarios, los comparaba con Hermes, el mensajero de los dioses, el lacayo del Olimpo, el cielo de los griegos. En tanto que la mayoría de los demás jóvenes Hegelianos defendían ideas liberales y se identificaban con la burguesía y con la propiedad burguesa, Marx ya había llegado a una concepción democrática, gracias a sus estudios filosóficos y a sus primeras experiencias políticas. Aspiraba a combatir, no por los intereses de clase de la burguesía, sino por los del pueblo todo.

Terminó su disertación en la primavera de 1841. Consideró por debajo de su dignidad defenderla en la Universidad de Berlín, porque entretanto los ideólogos profesionales de la reacción se habían enseñoreado en ella. Por consiguiente presentó su tesis en la Universidad de Jena. El examinador expresó grandes elogios del trabajo, que mostraba, dijo, “tanto intelecto y penetración como conocimientos”. El 15 de abril de 1841 Marx recibió su doctorado, sin nuevos exámenes.

Cuando regresó a Tréveris desde Berlín, a mediados de abril, lo acompañaron los mejores deseos de sus camaradas de armas del Doktorklub. Esperaban de él grandes cosas, y lo respaldaron en su intención de conseguir un puesto de catedrático en Bonn. Uno de los Jóvenes Hegelianos, el publicista Moses Hess, escribía con entusiasmo a un amigo, en el verano de 1841: “Puedes prepararte para conocer al más grande, quizás al único verdadero filósofo viviente, quien pronto, dondequiera que aparezca (en letra impresa o en el estrado de la cátedra), atraerá hacia sí las miradas de Alemania. El doctor Marx —tal es el apellido de mi ídolo— es todavía muy joven (cuando mucho tendrá unos 24 años), pero asestará el golpe definitivo a la religión y la política de la Edad Media. En él se reúnen el ingenio más agudo con la más profunda seriedad filosófica. Piensa en Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel unidos en una sola persona (digo unidos, no embrollados), y tendrás al doctor Marx”.

La historia ha dado su total aprobación al autor de estas líneas. Sólo en un punto se equivocaba: nada surgió en relación con una cátedra en Bonn.

DIRECTOR DE UN PERIÓDICO A LOS 24 AÑOS

Apenas había vuelto a Tréveris el joven doctor en filosofía, cuando corrió, con todo el orgullo de un enamorado, a la Roemerstrasse, a casa de los Westphalen, que “cobijaba a su más preciado tesoro”, como 20 años más tarde, en su madurez, escribiría Marx a su esposa. No llegó con las manos vacías a la casa de su novia. Había dedicado su disertación al padre de ésta; ahora la llevaba en persona a su “querido y paterno amigo”.

Después de los largos años de separación, Jenny von Westphalen y Marx querían unirse por fin. Pero una tesis doctoral por sí sola no era un medio de vida, y las posibilidades de una carrera segura habían empeorado de manera drástica en el período reciente.

En 1840 Federico Guillermo IV ascendió al trono de Prusia. En ese momento la burguesía prusiana recapituló sus exigencias. Para garantizar sus intereses capitalistas, deseaba obtener una participación decisiva en el poder político, en particular en la administración del Estado y en la redacción de las leyes. Cuando el rey rechazó tales demandas, el sector económico dirigente de los industriales —los banqueros y los comerciantes, con los renanos a la cabeza— se pasó a la oposición liberal y se puso al frente del movimiento popular. A consecuencia de ello se produjo un cambio decisivo en las luchas entre la burguesía y la clase feudal. Se desarrolló una nueva oleada de oposición anti-feudal. Cuanto más se veía impulsada a la acción la masa del pueblo, y más fortalecía las aspiraciones de la burguesía, en los años que siguieron, más se ahondaba la crisis en que se hundía el sistema del feudalismo en Alemania. La culminación fue la revolución de 1848-1849.

Biografía de Carlos Marx. Capítulo No. 6: El DoktorKlub

La bibliografía que recorrió era extraordinariamente rica y multilateral. Incluía la 
historia de la jurisprudencia romana y del derecho penal, obras latinas originales y derecho canónico, la historia de la filosofía y la filosofía del derecho, y, por supuesto, Cuando Marx se adueñó de la filosofía hegeliana, y en particular de su dialéctica, el mismo proceso ya se había llevado a cabo en un grupo de personas de mentalidad parecida, muchos de los cuales desempeñaron muy pronto un importante papel en el movimiento de los Jóvenes Hegelianos. “Gracias a frecuentes reuniones con amigos en Stralow, me puse en contacto con un Doktorklub, en el que se contaban algunos catedráticos de la universidad y mi más íntimo amigo en Berlín, el doctor Rutenberg —informaba a su padre en noviembre de 1837—. Allí se revelaron, en nuestros debates, varios puntos de vista en pugna.”

Ese Doktorklub no era una reunión, para tomar el té, de académicos de la iglesia y el gobierno, sino un lugar de cita de jóvenes de mentalidad aguda y polémica, que habían inscrito en sus banderas la Crítica de la Religión, ¡pecado fatal y sin precedentes! Allí se concibieron, discutieron y criticaron importantes obras militantes del período. El círculo proporcionaba armas intelectuales a los periódicos y revistas progresistas. Muchos encontraron en él estímulos para su trabajo: el doctor Bruno Bauer, catedrático de teología, para sus disertaciones catedráticas; Karl Friedrich Koeppen, maestro, para sus investigaciones históricas; el doctor Adolf Rutenberg, maestro, para su labor periodística… y los demás para sus batallas cotidianas y sus estudios científicos. Allí, en apasionados debates, desarrollaban sus puntos de vista teóricos, filosóficos, políticos e ideológicos.

Carlos Marx, el estudiante, fue absorbido por ese club de los Jóvenes Hegelianos de Berlín. Pronto se contó entre los miembros que ejercían la más fuerte influencia intelectual, a despecho de su juventud (la mayoría de los integrantes del club eran más de diez años mayores, y se habían graduado hacía tiempo). Una estrecha amistad lo unió a Bruno Bauer y Adolf Rutenberg. El primero, quien desde el comienzo ejerció una fuerte influencia sobre el estudiante, nueve años menor que él, vio muy pronto en él a un colega de igual rango, a quien podía consultar sobre cualquier problema de la época, aun en lo referente a asuntos personales. Friedrich Kóppen también experimentó una profunda simpatía por su brillante compañero intelectual.

Los miembros del Doktorklub se reunían en el café Stehely, en la Gendarmenmarkt (hoy Platz der Akademie), o en alojamientos privados. Marx perteneció al club hasta el final de su carrera universitaria, en 1841. Allí, gracias a la dialéctica hegeliana, se le reveló la comprensión de la historia como un proceso de constantes cambios, de desarrollo de lo inferior a lo superior.

Por más que el joven estudiante pudiese aprender y aprendiera de sus amigos mayores, su pensamiento se internó muy pronto por otros caminos. En tanto que sus amigos usaban la dialéctica hegeliana, ante todo en el terreno de la especulación intelectual, y en primer término, en la crítica de la religión, sin referencias concretas a la realidad, en Marx creció el ansia de aplicar la filosofía al mundo real. En modo alguno subestimaba la importancia de la crítica de la religión. Varios años más tarde escribía, en elogio del Doktorklub: “La crítica de la religión es el requisito previo de todas las críticas…” “La crítica de la religión es, pues, el germen de la crítica de este Valle de Lágrimas, del cual la religión es la aureola”.

La profunda impresión que produjo Marx en ese círculo se indica con ingenio en 

unos versos satíricos, que se publicaron después de su partida de Berlín. Sus autores eran el joven Federico Engels, guardia de artillería en 1841-1842, a quien Marx aún no conocía personalmente, y Edgar Bauer, hermano de Bruno Bauer. En memoria del camarada vehemente e intrépido, el poema decía:

¿Quién es el que raudo llega, cual sobre ruedas? 
Un sujeto de Tréveris, un monstruo pelinegro. 
No camina, avanza a saltos, se precipita, 
Brama de ira, como un poseso grita, 
Levanta los brazos, encolerizado, 
Cual para poner el cielo aquí en la tierra. 
Los puños cierra, y después los blande, 
Perseguido, parece, por el diablo mismo.

La amistad con Bruno Bauer y Rutenberg hizo que Marx participase de manera más activa en la vida cultural de Berlín. Iba al teatro a menudo. La interpretación de Mefistófeles en el Fausto de Goethe, por el conocido actor Karl Seydelmann, le provocó una impresión especial. Visitaba con regularidad a la escritora democrática Bettina von Arnim, cuya casa de Unter den Linden era entonces un centro de la vida intelectual de En esa época —se había mudado a una habitación del 17 de la Mohrenstrasse— maduró en él la decisión de prepararse, no para una carrera legal, sino para una académica, de preferencia como profesor de filosofía. A la larga su padre cedió, con el corazón agobiado, a sus ardientes deseos; lo hizo por cariño hacia su hijo, aunque no le resultaba posible quitarse de encima el temor de que a Carlos le preocupase muy poco proteger sus medios de vida. Esta aprensión le inquietaba tanto más, cuanto que sentía debilitarse sus propias fuerzas.

Heinrich Marx murió el 10 de mayo de 1838, a los 61 años de edad apenas, luego de una prolongada enfermedad. Carlos Marx había abrigado cálidos sentimientos hacia su padre, a quien siempre pudo confiar sus problemas e inquietudes. Hasta el final de su vida. La muerte de éste empeoró la situación financiera de Carlos. Su madre, en quien recayó entonces el cuidado de los siete hijos —el menor, Eduard, había muerto de tuberculosis en 1837—, no podía entender por qué el mayor se dedicaba a la tan poco provechosa filosofía. Por lo tanto Carlos hizo un esfuerzo para terminar sus estudios lo antes posible. Pero su implacable autocrítica, que seguiría siendo característica de toda su actividad científica posterior, le impidió terminarlos en forma prematura.