Biografía de Carlos Marx. Cap. 7. Los intereses del pueblo

A comienzos de 1839 —había sido exceptuado del servicio militar por “debilidad del pecho” y, en apariencia, por una dolencia de los ojos—, Marx inició su labor para su disertación doctoral. En ese momento vivía en el N° 45 de Luisenstrasse (ahora Luisenstrasse 60). Es la única de las siete casas de Berlín en que se alojó en sus tiempos de estudiante y que aún se conserva en la actualidad. La casa ostenta ahora una placa recordatoria.

Como tema de su disertación, Marx eligió “Las diferencias entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro”. En ella examinaba con gran minuciosidad las enseñanzas de los filósofos griegos Demócrito y Epicuro, que representaban una concepción materialista del mundo. Defendía en especial el ateísmo de Epicuro, el gran iluminista de la antigüedad y franco oponente de la creencia en un dios. La identificación de Marx con el ateísmo era, de modo indirecto, una declaración de guerra contra el “católico” Estado prusiano y el sistema feudal.

Al mismo tiempo, Marx inició en su trabajo una evaluación crítica de la filosofía hegeliana contemporánea, proyecto que más tarde desarrolló en su ensayo “Crítica de la filosofía hegeliana del derecho”. Si bien en su disertación todavía expresaba el punto de vista hegeliano, y por lo tanto idealista, no era, sin embargo, un partidario ciego de Hegel. A pesar de su elevada opinión respecto del método dialéctico idealista de Hegel, la filosofía hegeliana no era para él la etapa final del desarrollo filosófico, sino un punto de partida, una base para su evolución posterior. Le atraían las ideas de Hegel que impulsaban la ciencia hacia adelante. Desechaba las que no servían para ese objetivo.

En la introducción a su disertación se identificaba, con orgullo, con Prometeo, que para él era un símbolo: el mártir de la libertad, el enemigo de los dioses y el amigo de la humanidad. En el espíritu de Prometeo, quería ir hacia el pueblo, para demoler con él los bastiones del atraso, de la opresión y la estupidez. Pero a los defensores de lo antiguo, a los anticuados y reaccionarios, los comparaba con Hermes, el mensajero de los dioses, el lacayo del Olimpo, el cielo de los griegos. En tanto que la mayoría de los demás jóvenes Hegelianos defendían ideas liberales y se identificaban con la burguesía y con la propiedad burguesa, Marx ya había llegado a una concepción democrática, gracias a sus estudios filosóficos y a sus primeras experiencias políticas. Aspiraba a combatir, no por los intereses de clase de la burguesía, sino por los del pueblo todo.

Terminó su disertación en la primavera de 1841. Consideró por debajo de su dignidad defenderla en la Universidad de Berlín, porque entretanto los ideólogos profesionales de la reacción se habían enseñoreado en ella. Por consiguiente presentó su tesis en la Universidad de Jena. El examinador expresó grandes elogios del trabajo, que mostraba, dijo, “tanto intelecto y penetración como conocimientos”. El 15 de abril de 1841 Marx recibió su doctorado, sin nuevos exámenes.

Cuando regresó a Tréveris desde Berlín, a mediados de abril, lo acompañaron los mejores deseos de sus camaradas de armas del Doktorklub. Esperaban de él grandes cosas, y lo respaldaron en su intención de conseguir un puesto de catedrático en Bonn. Uno de los Jóvenes Hegelianos, el publicista Moses Hess, escribía con entusiasmo a un amigo, en el verano de 1841: “Puedes prepararte para conocer al más grande, quizás al único verdadero filósofo viviente, quien pronto, dondequiera que aparezca (en letra impresa o en el estrado de la cátedra), atraerá hacia sí las miradas de Alemania. El doctor Marx —tal es el apellido de mi ídolo— es todavía muy joven (cuando mucho tendrá unos 24 años), pero asestará el golpe definitivo a la religión y la política de la Edad Media. En él se reúnen el ingenio más agudo con la más profunda seriedad filosófica. Piensa en Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel unidos en una sola persona (digo unidos, no embrollados), y tendrás al doctor Marx”.

La historia ha dado su total aprobación al autor de estas líneas. Sólo en un punto se equivocaba: nada surgió en relación con una cátedra en Bonn.

DIRECTOR DE UN PERIÓDICO A LOS 24 AÑOS

Apenas había vuelto a Tréveris el joven doctor en filosofía, cuando corrió, con todo el orgullo de un enamorado, a la Roemerstrasse, a casa de los Westphalen, que “cobijaba a su más preciado tesoro”, como 20 años más tarde, en su madurez, escribiría Marx a su esposa. No llegó con las manos vacías a la casa de su novia. Había dedicado su disertación al padre de ésta; ahora la llevaba en persona a su “querido y paterno amigo”.

Después de los largos años de separación, Jenny von Westphalen y Marx querían unirse por fin. Pero una tesis doctoral por sí sola no era un medio de vida, y las posibilidades de una carrera segura habían empeorado de manera drástica en el período reciente.

En 1840 Federico Guillermo IV ascendió al trono de Prusia. En ese momento la burguesía prusiana recapituló sus exigencias. Para garantizar sus intereses capitalistas, deseaba obtener una participación decisiva en el poder político, en particular en la administración del Estado y en la redacción de las leyes. Cuando el rey rechazó tales demandas, el sector económico dirigente de los industriales —los banqueros y los comerciantes, con los renanos a la cabeza— se pasó a la oposición liberal y se puso al frente del movimiento popular. A consecuencia de ello se produjo un cambio decisivo en las luchas entre la burguesía y la clase feudal. Se desarrolló una nueva oleada de oposición anti-feudal. Cuanto más se veía impulsada a la acción la masa del pueblo, y más fortalecía las aspiraciones de la burguesía, en los años que siguieron, más se ahondaba la crisis en que se hundía el sistema del feudalismo en Alemania. La culminación fue la revolución de 1848-1849.

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