Biografía de Carlos Marx. No. 9. Sobre la Libertad de prensa

Como algunos miembros de la gran burguesía renana coqueteaban o inclusive simpatizaban con los Jóvenes Hegelianos, se pidió a sus principales representantes que se unieran al lanzamiento de su periódico y se incorporasen a su dirección. Así fue que también Marx, desde el otoño de 1841 en adelante, ayudó a promover la fundación del periódico con sus consejos y colaboración, y en la primavera de 1842 sugirió a su viejo amigo Rutenberg, a los editores, como director en jefe. Junto con Rutenberg, muchos otros Jóvenes Hegelianos se convirtieron en colaboradores permanentes de la publicación, de modo que los intereses puramente económicos de la gran burguesía del Rin pasaron cada vez más a un plano secundario, y el centro del escenario lo ocuparon los problemas políticos. El periódico adoptó esa orientación gracias a Marx, y en poco tiempo se convirtió en el órgano dirigente de la Aposición burguesa en Alemania.

En abril de 1842 —más tarde que los demás Jóvenes Hegelianos, pero también con más intensidad—, Marx comenzó a escribir artículos para Rheinische Zeitung. La Gaceta renana). Como parte de un ambicioso plan, quería someter a un análisis crítico, en varios artículos, los debates desarrollados durante el verano de 1841 en el Landtag (Parlamento) de la provincia del Rin. Se trataba de una iniciativa audaz, ya que podía demostrar de manera convincente a los lectores, usando como ejemplo las sesiones del Parlamento de la más avanzada provincia prusiana, cuan aterradoramente remoto estaba el desarrollo de Alemania respecto de una sociedad burguesa moderna.

La primera serie de Marx se refería a los debates del Landtag sobre la libertad de prensa. Se publicó en mayo de 1842. En ella Marx examinaba en detalle los motivos que tenían los grupos representados en el Landtag —los aristócratas, los propietarios urbanos y rurales— para rechazar la introducción de una ley de prensa en lugar de la censura, y para negarse a abrir las sesiones al público. Llegaba a la importante conclusión de que las diferencias de opiniones entre los representantes del Landtag, en relación con las exigencias democrático-burguesas, nacían de sus distintos intereses sociales; pero por otro lado, por encima de esas diferencias tenían un interés común, como terratenientes, en lo referente a perpetuar el orden existente, con los menores cambios posibles. Marx dejaba establecido con claridad que los diputados parlamentarios que representaban los verdaderos intereses del pueblo en tan escasa medida como el gobierno, habían perdido su derecho a sus bancas.

Defendía con vehemencia la libertad de prensa como una de las exigencias centrales del movimiento liberal y democrático. Pero contra aquellos que con su mentalidad de tenderos querían degradar a la prensa a la condición de negocio, declaraba: “Es cierto que el escritor debe ganarse la vida para poder existir y escribir, pero no debería existir y escribir para ganarse la vida… La primera libertad de la prensa consiste… en estar libre del comercio. El escritor que degrada la prensa a la categoría de medio material merece, como castigo de esa esclavitud interna, la esclavitud exterior, la censura; o mejor aún, toda su existencia es ya un castigo”.

Esta primera serie de artículos causó en seguida agitación en los círculos burgueses progresistas. Con ellos se presentó Marx como representante del ala izquierda del movimiento de oposición. Amigos y rivales esperaron con vivo interés sus siguientes colaboraciones literarias. Pero muchos de los artículos posteriores cayeron víctimas del lápiz rojo del censor.

Desde la primavera de 1842 en adelante, Marx ejerció una influencia más fuerte aun sobre los directores del periódico, por medio de sus artículos, cartas y consejos verbales. Su objetivo consistía en unir en forma cada vez más estrecha la filosofía a la realidad política. Se burlaba de la crítica abstracta, seudoextremista. “La verdadera teoría debe desarrollarse y aclararse en las circunstancias concretas y sobre la base de la situación existente”, escribía en agosto al editor del periódico. Eran, éstas, importantes ideas en el camino de la unión de la teoría con la práctica.

A mediados de octubre los accionistas del periódico nombraron director a Marx. En el acto éste se trasladó a Colonia, que era una de las ciudades alemanas más grandes, con sus 70.000 habitantes, y un centro de la vida económica de Renania. Marx se lanzó con vigor a la obra… y a la batalla contra el censor. Desde el primer momento estableció el rumbo de su grupito de directores, con sus conocimientos, su perspectiva política y su energía, y en rigor se convirtió en el espíritu motriz del periódico. De tal modo, a los 24 años de edad apenas, se encontraba a la cabeza del principal órgano de la burguesía progresista alemana. Entonces comenzó una nueva etapa en su vida personal y en el desarrollo de la publicación.

Sus primeras actividades indican ya con cuánta seriedad encaraba su responsabilidad. Állgemeine Zeitung de Augsburgo, órgano de la gran burguesía liberal, había atacado a Rheinische Zeitung como publicación de los comunistas prusianos, a causa de ciertas declaraciones de ese último respecto de problemas sociales. Marx respondió a la maliciosa denuncia con un agudo artículo en el cual justificaba el derecho a la existencia de las ideas comunistas, y declaraba que, sin embargo, su aplicación práctica en esos momentos era utópica. Al mismo tiempo confesaba con honradez que su conocimiento del socialismo y el comunismo franceses —a pesar de su frecuentación de varias obras de algunos socialistas franceses— era todavía incompleto. Ello no obstante, un problema de tal importancia no debía criticarse con una fraseología hueca, “sino sólo después de un largo y profundo estudio”.

También extrajo las necesarias conclusiones. Reunió otras obras de conocidos teóricos socialistas y las estudió. Los más importantes de dichos socialistas eran los franceses Charles Fourier y Claude-Henri de Saint-Simon, acerca de quienes había oído hablar a von Westphalen cuando todavía era un escolar, y también el inglés Robert Owen.

En sus obras los pensadores socialistas criticaban en forma implacable los abusos y deformidades de la sociedad capitalista, y trazaban audaces planes para un futuro orden humano armonioso, libre de la explotación y la opresión. Pero por grandes que fuesen sus simpatías para con la pobreza y la desdicha de los obreros hasta entonces, por mucha fidelidad que pusieran en la descripción del ansia de los trabajadores por una sociedad liberada de la explotación, sus teorías carecían de una base científica objetiva. Apelaban a la piedad y comprensión de gobernantes y propietarios, y no reconocían la fuerza que poseía el proletariado mismo. Sus enseñanzas, entonces, se encontraban impregnadas de un profundo humanismo, pero seguían siendo fantasías, sueños acerca de una sociedad humana ideal.

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