Selua Daboin: soy víctima de una burguesía canalla que he enfrentado

Tomada de: El Regional
Por: Édgar Alexander Morales

“Dejo claro ante los medios de comunicación los siguiente, yo Selua Daboin, hago del conocimiento público al Pueblo de Venezuela, y especialmente a mi pueblo portugueseño, al cual amo y defiendo con todas las fuerzas de mujer revolucionaria y que nunca decepcionaré, que hemos venido sufriendo vejámenes, violaciones a el Estado de Derecho Constitucional, mis hijos y yo, víctimas de un Ministerio Público, y del SEBIN, que se han confabulado para defender a los ricos, que yo he enfrentado”.

En las contundentes declaraciones manifiesta, han sido capaces de practicar una persecución en su contra, sin  que existan elementos de convicción que justifiquen estos actos extrajudiciales, “vemos a diario que se practican allanamientos, persecuciones, acosos, vejámenes que violan el debido proceso, la legítima defensa, la presunción de inocencia, establecido en nuestra Carta Magna y leyes de la República Bolivariana de Venezuela, sometiéndonos además al escarnio público poniendo en peligro el derecho universal y humano como es el Derecho a la Vida, sin revisar que la Superintendencia de Precios Justos, actúa como Órgano de Administración de Justicia Popular y sus actos son de carácter vinculante que solo pueden ser objetados ante el TSJ, por lo que todos estos actos que se llevan en mi contra son írritos y constituyen un adefesio jurídico”.

Considera que esto es productos de mafias organizadas con el sector comercio, todo esto nos deja vulnerables ante los órganos de administración de justicia y las miradas amables complacientes y tarifadas de quienes atienden al poder económico del capitalismo, cercenándome todos mis Derechos Ciudadanos, como revolucionaria parte de este proceso por el cual he luchado toda mi vida y que no permitiré, que ese poder económico nos los arrebate ofrendando mi propia vida si es necesario para defender al pueblo.

En este sentido solicitó e invocó a la solidaridad de “mis camaradas y compatriotas y sobre todo a ese conjunto de hombres y mujeres que como ejército popular y moral bajo la sombra de nuestro comandante supremo y del presidente obrero, defendamos lo que desde esta trinchera de lucha nos pertenece, con los pobres del mundo hecho mi suerte a andar, Solo el Pueblo Salva a el Pueblo”.

COMUNICADO PÚBLICO

La Escuela de Formación Política “Argimiro Gabaldón” del estado Portuguesa, hace pública su preocupación solidaria, consciente y revolucionaria con la camarada Selua Daboín, Coordinadora de la Superintendencia Nacional para la Defensa de los Derechos Socioeconómicos SUNDDE en el estado Portuguesa, quien es actualmente víctima de una conspiración para imputarle hechos dolosos con base en supuestas pruebas y testimonios de muy dudosa legitimidad. Adicionalmente a todas luces se niega el legítimo derecho a la defensa, manipulando los lapsos legales y los procedimientos.

Conocemos a la camarada Selua Daboín como mujer valiente y luchadora contra las injusticias que derivan de una sociedad dividida en clases sociales. Desde hace años, ella forma parte de las mujeres y hombres que luchan por la construcción de una sociedad plena de justicia e igualdad: el socialismo. Su firme militancia revolucionaria la ha desplegado en todos los lugares donde le ha tocado ejercer responsabilidades.

Solicitamos a los organismos de nuestro gobierno revolucionario abocarse a dar transparencia a la situación de una funcionaria que, debido a las responsabilidades de su cargo, es evidente que ha afectado diversos intereses en el cabal cumplimiento de su deber. Su lucha la ha puesto en riesgo en oportunidades anteriores, pero nunca se había llegado a la situación actual.

Repudiamos el linchamiento moral al cual está siendo sometida la camarada Selua Daboín, realizado, principalmente, a través de la utilización perversa e irresponsable de las redes sociales, donde se dice de todo pero no se demuestra nada. Estos acontecimientos nos recuerdan lo manifestado por el maestro Aristóbulo Istúriz cuando siendo Alcalde en la cuarta república, refiriéndose a la corrupción y a la lucha contra la corrupción nos advertía que está caracterizada por la difusión de mentiras y verdades envueltas en el mismo manto de la desinformación interesada.

Es nuestra experiencia con la derecha fascista que estos linchamientos morales han precedido a la eliminación física de camaradas honestos, luchadores, valientes. Es la vieja táctica que ha servido para “justificar” grandes crímenes, masacres y genocidios.

Ejerciendo nuestro derecho a la defensa pública y revolucionaria de la camarada Selua Daboín, los integrantes de esta institución revolucionaria de formación política e ideoógica, manifestamos nuestro permanente e inevitable compromiso con nuestra revolución bolivariana, socialista y chavista, ¡Viviremos y Venceremos!

Acarigua, estado Portuguesa, 17 de noviembre de 2015

La desesperación del Imperio amenaza a Venezuela. Guerra Económica y ataques a los líderes chavistas

Por: Yonni Niño.

La guerra económica que la burguesía apátrida que siempre ha sido pronorteamericana y servido a los intereses de ese país, ha desatado en nuestro Estado, un monstruo que tiene como objetivo lograr la desestabilización, el caos y la anarquía en nuestro pueblo, como una forma más de impedir  “los malos ejemplos” que conlleven a lo inevitable y que tarde o temprano ocurrirá, el desmoronamiento de ese imperio del mal, que se esconde sobre una fachada de una tierna inocencia, que se basa en la mentira y las medias verdades.

El gobierno norteamericano, (la burguesía en el poder), se ha venido preparando desde hace mucho tiempo, (1.898) con una serie de bases militares, esparcidas por todo el mundo, que tienen como objetivo controlar y manipular a los países del mundo para que en estos se haga lo que a ellos les conviene. En estas bases tienen: Soldados(as), aviones, barcos, armados con los últimos adelantos científicos que de paso cuando quieren probar las eficiencias de estas, inventan cualquier guerra  y las ponen en práctica (ejemplo la guerra de Irak).

Pero dentro de esas bases militares (+ o – 1000) tienen unas que vale la pena mencionarlas, las de inteligencia, muy ligada a La NSA un aparato de inteligencia que tiene la bicoca  de 35.000 empleados, y que ha puesto en práctica (entre otros) la escucha o el espionaje por vía telefónica de casi todas las personas del mundo,  entre las cuales la más destacada y totalmente plegada  a ellos, es la alemana Ángela Merquel  primera ministra de ese país, una “investigación” que tiene como objetivo el apropiarse de toda  la información comercial y los adelantos científicos y tecnológicos de ese país ya que la burguesía, que se apropió de todos los aparatos o agencias (pero no para pagarles los sueldos y  salarios pues prefiere que los paguen los contribuyentes) de ese súper Estado,  necesita de esas cosas para seguir en la vanguardia del comercio y tratar de evitar  su creciente deterioro.

A este aparato, no se le hace difícil controlar algunos medios de comunicación en el mundo, que le sirven a sus intereses y los utilizan según les convenga, entre los cuales tendremos al ABC de España, un diario de la derecha recalcitrante y que de repente sus dueños verdaderos sean esos aparatos de espionaje.  En el mundo las cosas han llegado a tal nivel que en esta materia uno no sabe quién es quién. 

Recientemente, este diario publicó un artículo dirigido contra Venezuela y que entre las veinte imputaciones que hizo, por supuesto a personas, organismos y países que apoyan la política de La Republica Bolivariana,  entre los cuales se encuentra  el Presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello, a quien tratan de implicar con un camión descubierto en la aduana de Puerto Cabello, cargado hasta los bordes de las barandas de dólares recién fabricados. Se sabe porque todavía estaban calientes (recién impresos) y que el mismo Diosdado fue quien denunció  ese hallazgo, pues estos enfermos perniciosos dicen que ese camión lleno de dólares era el pago de una droga que se había enviado a los Estados Unidos. ¡Carajo! Ahora me cuentan una de la caperucita roja. Pero hay una cosa que me preocupa mucho, y es  que el grupo de ellos que maneja el narcotráfico tengan ahora el control de la fábrica de los dólares, ya que si no la activaron para producir los dólares que se necesitaban en el caso de los irán contras y prefirieron activar la búsqueda de recursos a través del narcotráfico, ¿cómo explicar esto que ellos dicen?, ¿Cómo explicar esta concesión?. Porque debemos recordar que desde 1914 la burguesía se apropió de la fábrica de dólares en el país, que en 1933 le quita una traba a esa moneda que le molestaba, el respaldo en oro y que en 1963 matan al presidente John Fitgerald Kennedy porque le puso respaldo aunque en esta oportunidad en su equivalente en el metal plata, así pues que la única explicación que nos queda es que ese dinero fue puesto ahí, en el puerto de Puerto Cabello, no por la mafia del narcotráfico (que en algunas ocasiones también la usan) sino por ellos como una manera de socavar nuestra economía ya que una cantidad de dinero en esa magnitud, les permitiría apropiarse de una serie de propiedades y con ello meter dentro de la circulación una cantidad de dólares que no tienen valor alguno, mas del que les da una serie de armas que tienen esparcidas en sus bases militares, porque son unos verdaderos piratas, siguen el ejemplo que les dio su madre patria, Inglaterra y sus piratas en el Caribe.

Biografía de Carlos Marx. No. 10. Las alas palpitantes de un alma libre.

Marx no se conformó con la lectura de publicaciones socialistas. Buscó un intercambio de opiniones y participó en una discusión sobre el socialismo, patrocinada por un grupo de intelectuales de Colonia. En esa ronda de discusiones conoció al doctor Karl Ludwig d’Ester, quien unos años más tarde se convertiría en su compañero en la Liga Comunista.

Marx seguía siendo un demócrata revolucionario. Todavía lo dominaba la concepción, en el sentido hegeliano, de que la solución de los problemas sociales dependía de la trasformación del Estado, cuya meta debía ser la organización razonable de la sociedad. Pero esta concepción comenzó a quedar atrás a medida que, paso a paso, llegó a formarse la convicción de que el Estado no poseía el carácter razonable, ni el papel decisivo en el desarrollo histórico, que Hegel le había atribuido. Por otro lado, Marx se vio llevado a estos pensamientos y a nuevas concepciones debido a su preocupación por los problemas económicos y sociales, así como por sus experiencias cotidianas frente al Estado prusiano y a su burocracia.

Escribió sobre un problema social, por primera vez, en el otoño de 1842, cuando continuó su análisis de las sesiones del Landtag con una serie de artículos sobre “Los debates sobre la ley relativa al robo de leña”. El Landtag había discutido un proyecto de ley orientado contra el robo de leña, así como contra las violaciones relacionadas con la caza y el pastoreo. Estas violaciones iban en aumento a consecuencia de la creciente pobreza de los campesinos. El Landtag, asamblea de terratenientes, y por lo tanto, también de dueños de bosques, declaró que tales violaciones eran pasibles de la pena de cárcel.

En sus artículos, Marx desempeñó el papel de abogado de los pobres. Denunció con indignación las brutales medidas de los terratenientes contra “las masas de pobres que carecen de derechos políticos o sociales”. Se identificó de todo corazón con las clases empobrecidas, cuya existencia “hasta ahora ha sido no más que una costumbre de la sociedad, y que todavía no encontraron un lugar adecuado en la organización consciente del Estado”.

Sus críticas se basaban aún en motivos legales y morales, pero en ellas, cada vez con más frecuencia, aparecían ya nuevos tonos. Mostraban que en sus investigaciones, Marx percibía cada vez en mayor medida la presencia de intereses de clase en la sociedad burguesa, y también la importancia del proletariado en dicha sociedad. Su análisis de los debates sobre la “ley de robo de leña” le proporcionó un ejemplo de “lo que se puede esperar de una elevada asamblea de intereses especiales, si se le confía con seriedad la tarea de legislar”.

Él mismo confirmó más tarde que esas nuevas concepciones influyeron con energía en su desarrollo científico. En una mirada hacia atrás, escribía en 1859: “En 1842-1843, como director del Rheinische Zeitung, me encontré por primera vez en la inquietante obligación de tener que opinar sobre los denominados intereses materiales. Las sesiones del Landtag del Rin sobre el robo de leña… me ofrecieron la primera oportunidad de ocuparme de problemas económicos”.

A principios de 1843 los asuntos sociales comenzaron a preocuparle cuando, en una serie de artículos, investigó la situación de los campesinos del distrito del Mosela. Los campesinos de la región, dueños de pequeños viñedos, pasaban por terribles apremios. Cuando Rheinische Zeitung recogió sus quejas, el presidente prusiano replicó con arrogantes “correcciones” y acusó de calumnia al periódico. Marx reaccionó con vigor. Después de un mayor estudio de todos los materiales, que también llevó a cabo en el mismo lugar, en el valle del Mosela, demostró, hasta el

último detalle, que el gobierno nada había hecho de importancia para ayudar a los campesinos del distrito. Acusó a la burocracia prusiana de arruinar, sin pruritos de conciencia, a los campesinos. En lugar de buscar maneras de mejorar la situación, juntamente con la prensa libre, la burocracia había reprimido con brutal violencia las legítimas quejas de los campesinos empobrecidos y la crítica de la prensa… clara imagen “del espíritu político de los gobernantes, y de su sistema”.

Gracias a tales trabajos periodísticos, Marx se familiarizó con muchos nuevos problemas de la vida contemporánea. Su honda investigación de los asuntos económicos le ayudó en especial a adquirir una mejor comprensión de las relaciones económicas y sociales en la vida de la sociedad, y en especial del Estado.

En sus artículos sobre los campesinos del Mosela llegó a destacadas conclusiones: “En la investigación de la situación del Estado se siente muy fácilmente la tentación de prescindir de la naturaleza, objetiva de la situación, y de explicarlo todo sobre la base de la voluntad de las personas involucradas. Pero existen situaciones que determinan las acciones de las personas, así como de algunos funcionarios, y que son tan independientes de ellos como la respiración”. Esto, sin embargo, significaba —por mucho que se conservara la terminología hegeliana— que ya no podía verse la situación legal del Estado como basada en la “Idea Absoluta”, o en la razonabilidad, sino en circunstancias sociales concretas. Es característico de la naturaleza humanista de las ideas y acciones de Marx que su apasionada defensa de los intereses de las masas populares le permitiese avanzar, paso a paso, más allá de la concepción de Hegel, trabada por limitaciones idealistas acerca del Estado, y de la concepción de Feuerbach sobre el hombre, limitada por nociones metafísicas.

Su trabajo como director en jefe también fue para Marx de extraordinaria importancia en otro sentido. En las controversias diarias, y sobre la base de sus experiencias personales, desarrolló un amplio conocimiento y un profundo odio respecto del Estado Junker prusiano, su burocracia y la arrogancia y brutalidad de ésta. 

Chocó contra el alma del prusianismo en distintas formas, de las cuales la represión de toda opinión libre no era la última. Bajo la guía de Marx, Rheinische Zeitung avanzó con rapidez. En octubre de 1842 tenía 885 suscriptores, cuatro semanas después ya contaba con 1.800; ocho semanas más tarde, eran 3.400. Gracias a la firmeza de los principios democráticos del director en jefe, el periódico conquistó muy pronto a entusiastas lectores… y no sólo en Renania.

La vida obligaba a Marx a adoptar posiciones todos los días. Lo hacía poniéndose de parte del progreso social, de las legítimas demandas de libertad de prensa de la burguesía, de una Constitución, de la participación en la administración del Estado, y en especial de su economía. Pero en no menor medida se mostraba partidario de los trabajadores desamparados, de sus derechos democráticos y de sus reivindicaciones de mejoramiento de su situación social. De tal manera Marx se convirtió en un coherente demócrata revolucionario, se preparó para dar el primer paso de alejamiento de las posiciones democrático-burguesas, hacia el comunismo.

Su mano orientadora se percibía no sólo en los artículos e informes políticos. También utilizaba los folletines para llevar a cabo hábiles ataques contra todo lo que se interpusiera en el camino de las aspiraciones democráticas, o que sirviese a la opresión social. Promovió en especial la obra de Georg Herwegh, con quien había trabado amistad en el otoño de 1842. El poema de Herwegh “El partido” ya se había publicado en la primera de 1842, en Rheinische Zeitung. Entonces, con Marx como director en jefe, siguieron otros poemas. Rheinische Zeitung fue el primero en publicar, en setiembre de 1842, las palabras de Herwegh que se hicieron famosas en Alemania:

¡Dejen lugar, caballeros, para las alas palpitantes de un alma libre!

Biografía de Carlos Marx. No. 9. Sobre la Libertad de prensa

Como algunos miembros de la gran burguesía renana coqueteaban o inclusive simpatizaban con los Jóvenes Hegelianos, se pidió a sus principales representantes que se unieran al lanzamiento de su periódico y se incorporasen a su dirección. Así fue que también Marx, desde el otoño de 1841 en adelante, ayudó a promover la fundación del periódico con sus consejos y colaboración, y en la primavera de 1842 sugirió a su viejo amigo Rutenberg, a los editores, como director en jefe. Junto con Rutenberg, muchos otros Jóvenes Hegelianos se convirtieron en colaboradores permanentes de la publicación, de modo que los intereses puramente económicos de la gran burguesía del Rin pasaron cada vez más a un plano secundario, y el centro del escenario lo ocuparon los problemas políticos. El periódico adoptó esa orientación gracias a Marx, y en poco tiempo se convirtió en el órgano dirigente de la Aposición burguesa en Alemania.

En abril de 1842 —más tarde que los demás Jóvenes Hegelianos, pero también con más intensidad—, Marx comenzó a escribir artículos para Rheinische Zeitung. La Gaceta renana). Como parte de un ambicioso plan, quería someter a un análisis crítico, en varios artículos, los debates desarrollados durante el verano de 1841 en el Landtag (Parlamento) de la provincia del Rin. Se trataba de una iniciativa audaz, ya que podía demostrar de manera convincente a los lectores, usando como ejemplo las sesiones del Parlamento de la más avanzada provincia prusiana, cuan aterradoramente remoto estaba el desarrollo de Alemania respecto de una sociedad burguesa moderna.

La primera serie de Marx se refería a los debates del Landtag sobre la libertad de prensa. Se publicó en mayo de 1842. En ella Marx examinaba en detalle los motivos que tenían los grupos representados en el Landtag —los aristócratas, los propietarios urbanos y rurales— para rechazar la introducción de una ley de prensa en lugar de la censura, y para negarse a abrir las sesiones al público. Llegaba a la importante conclusión de que las diferencias de opiniones entre los representantes del Landtag, en relación con las exigencias democrático-burguesas, nacían de sus distintos intereses sociales; pero por otro lado, por encima de esas diferencias tenían un interés común, como terratenientes, en lo referente a perpetuar el orden existente, con los menores cambios posibles. Marx dejaba establecido con claridad que los diputados parlamentarios que representaban los verdaderos intereses del pueblo en tan escasa medida como el gobierno, habían perdido su derecho a sus bancas.

Defendía con vehemencia la libertad de prensa como una de las exigencias centrales del movimiento liberal y democrático. Pero contra aquellos que con su mentalidad de tenderos querían degradar a la prensa a la condición de negocio, declaraba: “Es cierto que el escritor debe ganarse la vida para poder existir y escribir, pero no debería existir y escribir para ganarse la vida… La primera libertad de la prensa consiste… en estar libre del comercio. El escritor que degrada la prensa a la categoría de medio material merece, como castigo de esa esclavitud interna, la esclavitud exterior, la censura; o mejor aún, toda su existencia es ya un castigo”.

Esta primera serie de artículos causó en seguida agitación en los círculos burgueses progresistas. Con ellos se presentó Marx como representante del ala izquierda del movimiento de oposición. Amigos y rivales esperaron con vivo interés sus siguientes colaboraciones literarias. Pero muchos de los artículos posteriores cayeron víctimas del lápiz rojo del censor.

Desde la primavera de 1842 en adelante, Marx ejerció una influencia más fuerte aun sobre los directores del periódico, por medio de sus artículos, cartas y consejos verbales. Su objetivo consistía en unir en forma cada vez más estrecha la filosofía a la realidad política. Se burlaba de la crítica abstracta, seudoextremista. “La verdadera teoría debe desarrollarse y aclararse en las circunstancias concretas y sobre la base de la situación existente”, escribía en agosto al editor del periódico. Eran, éstas, importantes ideas en el camino de la unión de la teoría con la práctica.

A mediados de octubre los accionistas del periódico nombraron director a Marx. En el acto éste se trasladó a Colonia, que era una de las ciudades alemanas más grandes, con sus 70.000 habitantes, y un centro de la vida económica de Renania. Marx se lanzó con vigor a la obra… y a la batalla contra el censor. Desde el primer momento estableció el rumbo de su grupito de directores, con sus conocimientos, su perspectiva política y su energía, y en rigor se convirtió en el espíritu motriz del periódico. De tal modo, a los 24 años de edad apenas, se encontraba a la cabeza del principal órgano de la burguesía progresista alemana. Entonces comenzó una nueva etapa en su vida personal y en el desarrollo de la publicación.

Sus primeras actividades indican ya con cuánta seriedad encaraba su responsabilidad. Állgemeine Zeitung de Augsburgo, órgano de la gran burguesía liberal, había atacado a Rheinische Zeitung como publicación de los comunistas prusianos, a causa de ciertas declaraciones de ese último respecto de problemas sociales. Marx respondió a la maliciosa denuncia con un agudo artículo en el cual justificaba el derecho a la existencia de las ideas comunistas, y declaraba que, sin embargo, su aplicación práctica en esos momentos era utópica. Al mismo tiempo confesaba con honradez que su conocimiento del socialismo y el comunismo franceses —a pesar de su frecuentación de varias obras de algunos socialistas franceses— era todavía incompleto. Ello no obstante, un problema de tal importancia no debía criticarse con una fraseología hueca, “sino sólo después de un largo y profundo estudio”.

También extrajo las necesarias conclusiones. Reunió otras obras de conocidos teóricos socialistas y las estudió. Los más importantes de dichos socialistas eran los franceses Charles Fourier y Claude-Henri de Saint-Simon, acerca de quienes había oído hablar a von Westphalen cuando todavía era un escolar, y también el inglés Robert Owen.

En sus obras los pensadores socialistas criticaban en forma implacable los abusos y deformidades de la sociedad capitalista, y trazaban audaces planes para un futuro orden humano armonioso, libre de la explotación y la opresión. Pero por grandes que fuesen sus simpatías para con la pobreza y la desdicha de los obreros hasta entonces, por mucha fidelidad que pusieran en la descripción del ansia de los trabajadores por una sociedad liberada de la explotación, sus teorías carecían de una base científica objetiva. Apelaban a la piedad y comprensión de gobernantes y propietarios, y no reconocían la fuerza que poseía el proletariado mismo. Sus enseñanzas, entonces, se encontraban impregnadas de un profundo humanismo, pero seguían siendo fantasías, sueños acerca de una sociedad humana ideal.

Biografía de Carlos Marx. No. 8. Salto a la vida política

En el umbral de esas décadas tormentosas las fuerzas feudales —y en particular el gobierno prusiano— confiaban en su poder y se dedicaban a hacer todo lo posible para aplastar a la creciente oposición liberal y democrática. Lo mismo que en política, la reacción feudal asestaba implacables golpes en el terreno de la ideología.

Los periódicos progresistas fueron prohibidos, y la censura se acentuó en general. El gobierno también comenzó a acosar a los Jóvenes Hegelianos, los más coherentes de los cuales se oponían en forma abierta al Estado prusiano, desde las universidades y las oficinas editoriales.

En tales circunstancias Marx vio que tambaleaban sus planes primitivos, en especial la idea de un puesto de catedrático en la Universidad de Bonn. Por lo tanto, Carlos y Jenny se vieron obligados a volver a esperarse el uno al otro.

En julio de 1841 Marx viajó a Bonn para visitar a Bruno Bauer, quien trabajaba allí como profesor de la universidad. Marx abrigaba aún la esperanza de que desde la plataforma de la cátedra pudiera lanzarse a la controversia contra los oscurantistas. 

Pero pronto tuvo que ver cómo su amigo, por instigación del gobierno de Berlín y de los profesores obedientes a él, era expulsado de la universidad. Marx abandonó todo pensamiento de entrar en ésta. En Prusia ya no quedaba ni la ficción de las libertades académicas.

De tal manera, a consecuencia de las luchas entre el creciente movimiento antifeudal y el Estado prusiano reaccionario, se vio empujado cada vez más hacia el que se había convertido en el más importante campo de batalla entre la reacción y el progreso: el de publicista político. Al comienzo trabajó con Bruno Bauer en varias críticas contra la religión, leyó y condensó para ello toda una serie de obras de arte y religión. Pero sus experiencias le enseñaban cada vez más que la crítica del Estado prusiano en el terreno de la filosofía ya no era suficiente. El deber de los filósofos era participar de manera directa e inmediata en la lucha política. Cuando se presentó la oportunidad de hacerlo, la aprovechó con energía y decisión.

A principios de 1842 el rey prusiano había emitido una reglamentación sobre la censura, que parecía atenuar el amordazamiento de la prensa. Mientras surgía un ardiente júbilo entre algunos supuestos liberales, y en particular entre los filisteos, por ese acto de “piedad” monárquica. Marx analizó el verdadero contenido del decreto del gobierno en el artículo “Observaciones sobre la nueva reglamentación prusiana de la censura”. Con implacable lógica y tajante sarcasmo, mostraba que la aparente moderación de la censura estaba destinada en realidad a agudizar lo que ya era muy arbitraria forma de represión, y revelaba la orden del rey como una repugnante deformidad nacida del temor, la estupidez, la arrogancia y la hipocresía. Llegaba a la conclusión de que la censura reaccionaria debía ser anulada por entero, no atenuada o cambiada. “La única cura auténtica para la censura sería su abolición”, escribía.

Con ese artículo Marx pasaba directamente a la lucha política. Por primera vez, adoptaba una posición pública contra la reacción. Ese primer artículo ya lo destacaba con claridad como a un demócrata revolucionario preocupado por cambiar de raíz el medio reaccionario, y no sólo por reformarlo. De ese modo se alejaba cada vez más de la mayoría de los otros Jóvenes Hegelianos, quienes tendían a elevar la crítica filosófica al rango de objetivo en sí misma, en lugar de combinarla con la lucha política.

En su deseo de atacar políticamente al Estado prusiano como principal enemigo del progreso en Alemania, Marx encontró experimentados compañeros de armas. Bruno Bauer, cuyo individualismo le impedía efectuar el paso del liberalismo a la democracia, e ir hacia el pueblo, no fue uno de ellos; más bien lo fue Arnold Ruge, uno de los Jóvenes Hegelianos. Ruge, otrora, Burschenschafter, había pasado seis años en una cárcel prusiana, luego de lo cual publicó los Hallische Jahrbücher, los Anales de Halle, como órgano de los Jóvenes Hegelianos. Como se negó a doblegarse ante el censor prusiano, se vio obligado a trasladarse a Dresden en 1841. Allí volvió a publicar su periódico con un nuevo título, Deutsche Jahrbücher (Anales alemanes), y atacó al Estado prusiano con más energía crítica que antes. El ejemplo de Ruge ayudó a Marx a pasar a la acción política directa, y entonces le envió su primer esfuerzo literario.

El artículo de Marx contra la censura sería víctima de la censura misma. Pero si bien Ruge no pudo publicarlo en Alemania, lo incluyó en una colección de ensayos editados en Suiza, en 1843. El libro fue prohibido en Prusia en cuanto se publicó. Nada podía mostrar con mayor claridad cuan perfectamente había dado en el blanco el análisis de Marx sobre la censura prusiana.

El artículo estaba firmado, no con el nombre de Marx, sino con el seudónimo “De un renano”. Su objetivo consistía en subrayar el antagonismo que entonces existía acerca de problemas fundamentales, entre los liberales burgueses y el movimiento democrático de Renania, por un lado, y los viejos Junkers prusianos por el otro. La firma “De un renano” era un desafío en nombre de los demócratas, contra la reacción del este del río Elba.

En 1842 Marx escribió otros trabajos para los Deutsche Jahrbücher de Ruge. Pero la mayoría quedaron inconclusos. Por lo general vivía en Tréveris, pero también pasaba algún tiempo en Colonia y Bonn. Su energía para el trabajo y su necesidad de acción no conocían límites, y se expresaban, no sólo en numerosos planes literarios, que ocupaban gran parte de su tiempo, sino también en su necesidad de compañía congenial y de diversiones.

“Marx) ha vuelto aquí —informaba Bruno Bauer a su hermano Edgar en abril de 1842—. El otro día viajé con él al campo, para gozar otra vez del magnífico paisaje». El viaje fue delicioso. Como siempre, estábamos de buen humor. En Godesberg alquilamos un par de borricos y galopamos como locos por las montañas y a través de la ciudad. La gente de la sociedad de Bonn nos miraba con más asombro que nunca. Nosotros estábamos alborozados, los asnos rebuznaban”.

Más importantes, para su futuro desarrollo, que sus estudios de filosofía y de historia del arte durante esos meses, fueron los dos factores siguientes: llegó a conocer las concepciones filosóficas de Ludwig Feuerbach, y al mismo tiempo se internó aun más en el movimiento político de los renanos.

Entre los libros que Marx estudió durante sus visitas a Bonn se contaba uno que leyó con ardiente interés: una obra recién publicada de Ludwig Feuerbach, filósofo alemán del sur. La esencia ¿Leí cristianismo? ¿Qué fascinó tanto a Marx en esa obra? Aparecía en ella un filósofo que no sólo apuntaba una filosa crítica contra la ideología religiosa de la clase feudal, y no sólo desarrollaba en forma crítica ciertos aspectos de la filosofía hegeliana; todas las religiones, lo mismo que la totalidad del idealismo hegeliano, era arrojado por la borda como incompatible con la verdadera esencia del mundo y con la dignidad del hombre.

Para remplazarlos se postulaba el materialismo filosófico. Ni el mundo, ni el hombre, declaraba Feuerbach, necesitan un dios o la “Idea Absoluta”. Son “necesarios en y por sí mismos”, y son “sensoriales y materiales”. El hombre sólo existe gracias a la naturaleza, y es un producto del desarrollo de ésta. La naturaleza, el ser: eso es lo primario, y existe con independencia del hombre y de su conciencia. 

Nada hay fuera de la naturaleza y del hombre, ni siquiera un dios. La religión es un producto de los seres humanos. No fue dios quien creó al hombre, sino que el hombre creó a dios a su imagen y semejanza. Estas concepciones de Feuerbach quebraron el hechizo del idealismo hegeliano. Las ideas materialistas, ateas y humanistas de Feuerbach ejercieron un efecto literalmente enorme sobre los intelectuales progresistas de Alemania. “Era preciso experimentar en persona la influencia liberadora de este libro para poder imaginarla —escribió Federico Engels más tarde, mirando hacia atrás—. El entusiasmo fue general. De pronto todos nos volvimos Feuerbachianos”. Pero la penetración crítica de Marx comenzó a percibir también las debilidades de las enseñanzas de Feuerbach, en especial su debilidad consistente en ver al hombre sólo como un ser biológico, pero no como un ente social. 

Ello le impedía aplicar el materialismo a la sociedad humana y a su historia. Pero esta omprensión fue madurando poco a poco en el propio Marx. Por el momento, la batalla política cotidiana le imponía tales exigencias, que su ajuste de cuentas con la filosofía de Feuerbach ocupaba un segundo plano.

La creciente burguesía de la provincia prusiana del Rin había fundado el Rheinische Zeitung für Politik, Handel und Gewerbe (Periódico renano de política, industria y comercio), en Colonia, a principios de 1842. Con la ayuda del periódico, la burguesía apuntaba a defender los intereses económicos y políticos de la industria y el comercio renanos. El gobierno de Prusia no confiaba en ese órgano liberal, pero lo había tolerado por consideraciones tácticas, con la idea de que se convirtiese en contrapeso de Koelnische Zeitung, católico extremo, que se orientaba hacia Roma en lugar de dejarse guiar por Berlín.

Biografía de Carlos Marx. Cap. 7. Los intereses del pueblo

A comienzos de 1839 —había sido exceptuado del servicio militar por “debilidad del pecho” y, en apariencia, por una dolencia de los ojos—, Marx inició su labor para su disertación doctoral. En ese momento vivía en el N° 45 de Luisenstrasse (ahora Luisenstrasse 60). Es la única de las siete casas de Berlín en que se alojó en sus tiempos de estudiante y que aún se conserva en la actualidad. La casa ostenta ahora una placa recordatoria.

Como tema de su disertación, Marx eligió “Las diferencias entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro”. En ella examinaba con gran minuciosidad las enseñanzas de los filósofos griegos Demócrito y Epicuro, que representaban una concepción materialista del mundo. Defendía en especial el ateísmo de Epicuro, el gran iluminista de la antigüedad y franco oponente de la creencia en un dios. La identificación de Marx con el ateísmo era, de modo indirecto, una declaración de guerra contra el “católico” Estado prusiano y el sistema feudal.

Al mismo tiempo, Marx inició en su trabajo una evaluación crítica de la filosofía hegeliana contemporánea, proyecto que más tarde desarrolló en su ensayo “Crítica de la filosofía hegeliana del derecho”. Si bien en su disertación todavía expresaba el punto de vista hegeliano, y por lo tanto idealista, no era, sin embargo, un partidario ciego de Hegel. A pesar de su elevada opinión respecto del método dialéctico idealista de Hegel, la filosofía hegeliana no era para él la etapa final del desarrollo filosófico, sino un punto de partida, una base para su evolución posterior. Le atraían las ideas de Hegel que impulsaban la ciencia hacia adelante. Desechaba las que no servían para ese objetivo.

En la introducción a su disertación se identificaba, con orgullo, con Prometeo, que para él era un símbolo: el mártir de la libertad, el enemigo de los dioses y el amigo de la humanidad. En el espíritu de Prometeo, quería ir hacia el pueblo, para demoler con él los bastiones del atraso, de la opresión y la estupidez. Pero a los defensores de lo antiguo, a los anticuados y reaccionarios, los comparaba con Hermes, el mensajero de los dioses, el lacayo del Olimpo, el cielo de los griegos. En tanto que la mayoría de los demás jóvenes Hegelianos defendían ideas liberales y se identificaban con la burguesía y con la propiedad burguesa, Marx ya había llegado a una concepción democrática, gracias a sus estudios filosóficos y a sus primeras experiencias políticas. Aspiraba a combatir, no por los intereses de clase de la burguesía, sino por los del pueblo todo.

Terminó su disertación en la primavera de 1841. Consideró por debajo de su dignidad defenderla en la Universidad de Berlín, porque entretanto los ideólogos profesionales de la reacción se habían enseñoreado en ella. Por consiguiente presentó su tesis en la Universidad de Jena. El examinador expresó grandes elogios del trabajo, que mostraba, dijo, “tanto intelecto y penetración como conocimientos”. El 15 de abril de 1841 Marx recibió su doctorado, sin nuevos exámenes.

Cuando regresó a Tréveris desde Berlín, a mediados de abril, lo acompañaron los mejores deseos de sus camaradas de armas del Doktorklub. Esperaban de él grandes cosas, y lo respaldaron en su intención de conseguir un puesto de catedrático en Bonn. Uno de los Jóvenes Hegelianos, el publicista Moses Hess, escribía con entusiasmo a un amigo, en el verano de 1841: “Puedes prepararte para conocer al más grande, quizás al único verdadero filósofo viviente, quien pronto, dondequiera que aparezca (en letra impresa o en el estrado de la cátedra), atraerá hacia sí las miradas de Alemania. El doctor Marx —tal es el apellido de mi ídolo— es todavía muy joven (cuando mucho tendrá unos 24 años), pero asestará el golpe definitivo a la religión y la política de la Edad Media. En él se reúnen el ingenio más agudo con la más profunda seriedad filosófica. Piensa en Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel unidos en una sola persona (digo unidos, no embrollados), y tendrás al doctor Marx”.

La historia ha dado su total aprobación al autor de estas líneas. Sólo en un punto se equivocaba: nada surgió en relación con una cátedra en Bonn.

DIRECTOR DE UN PERIÓDICO A LOS 24 AÑOS

Apenas había vuelto a Tréveris el joven doctor en filosofía, cuando corrió, con todo el orgullo de un enamorado, a la Roemerstrasse, a casa de los Westphalen, que “cobijaba a su más preciado tesoro”, como 20 años más tarde, en su madurez, escribiría Marx a su esposa. No llegó con las manos vacías a la casa de su novia. Había dedicado su disertación al padre de ésta; ahora la llevaba en persona a su “querido y paterno amigo”.

Después de los largos años de separación, Jenny von Westphalen y Marx querían unirse por fin. Pero una tesis doctoral por sí sola no era un medio de vida, y las posibilidades de una carrera segura habían empeorado de manera drástica en el período reciente.

En 1840 Federico Guillermo IV ascendió al trono de Prusia. En ese momento la burguesía prusiana recapituló sus exigencias. Para garantizar sus intereses capitalistas, deseaba obtener una participación decisiva en el poder político, en particular en la administración del Estado y en la redacción de las leyes. Cuando el rey rechazó tales demandas, el sector económico dirigente de los industriales —los banqueros y los comerciantes, con los renanos a la cabeza— se pasó a la oposición liberal y se puso al frente del movimiento popular. A consecuencia de ello se produjo un cambio decisivo en las luchas entre la burguesía y la clase feudal. Se desarrolló una nueva oleada de oposición anti-feudal. Cuanto más se veía impulsada a la acción la masa del pueblo, y más fortalecía las aspiraciones de la burguesía, en los años que siguieron, más se ahondaba la crisis en que se hundía el sistema del feudalismo en Alemania. La culminación fue la revolución de 1848-1849.

Biografía de Carlos Marx. Capítulo No. 6: El DoktorKlub

La bibliografía que recorrió era extraordinariamente rica y multilateral. Incluía la 
historia de la jurisprudencia romana y del derecho penal, obras latinas originales y derecho canónico, la historia de la filosofía y la filosofía del derecho, y, por supuesto, Cuando Marx se adueñó de la filosofía hegeliana, y en particular de su dialéctica, el mismo proceso ya se había llevado a cabo en un grupo de personas de mentalidad parecida, muchos de los cuales desempeñaron muy pronto un importante papel en el movimiento de los Jóvenes Hegelianos. “Gracias a frecuentes reuniones con amigos en Stralow, me puse en contacto con un Doktorklub, en el que se contaban algunos catedráticos de la universidad y mi más íntimo amigo en Berlín, el doctor Rutenberg —informaba a su padre en noviembre de 1837—. Allí se revelaron, en nuestros debates, varios puntos de vista en pugna.”

Ese Doktorklub no era una reunión, para tomar el té, de académicos de la iglesia y el gobierno, sino un lugar de cita de jóvenes de mentalidad aguda y polémica, que habían inscrito en sus banderas la Crítica de la Religión, ¡pecado fatal y sin precedentes! Allí se concibieron, discutieron y criticaron importantes obras militantes del período. El círculo proporcionaba armas intelectuales a los periódicos y revistas progresistas. Muchos encontraron en él estímulos para su trabajo: el doctor Bruno Bauer, catedrático de teología, para sus disertaciones catedráticas; Karl Friedrich Koeppen, maestro, para sus investigaciones históricas; el doctor Adolf Rutenberg, maestro, para su labor periodística… y los demás para sus batallas cotidianas y sus estudios científicos. Allí, en apasionados debates, desarrollaban sus puntos de vista teóricos, filosóficos, políticos e ideológicos.

Carlos Marx, el estudiante, fue absorbido por ese club de los Jóvenes Hegelianos de Berlín. Pronto se contó entre los miembros que ejercían la más fuerte influencia intelectual, a despecho de su juventud (la mayoría de los integrantes del club eran más de diez años mayores, y se habían graduado hacía tiempo). Una estrecha amistad lo unió a Bruno Bauer y Adolf Rutenberg. El primero, quien desde el comienzo ejerció una fuerte influencia sobre el estudiante, nueve años menor que él, vio muy pronto en él a un colega de igual rango, a quien podía consultar sobre cualquier problema de la época, aun en lo referente a asuntos personales. Friedrich Kóppen también experimentó una profunda simpatía por su brillante compañero intelectual.

Los miembros del Doktorklub se reunían en el café Stehely, en la Gendarmenmarkt (hoy Platz der Akademie), o en alojamientos privados. Marx perteneció al club hasta el final de su carrera universitaria, en 1841. Allí, gracias a la dialéctica hegeliana, se le reveló la comprensión de la historia como un proceso de constantes cambios, de desarrollo de lo inferior a lo superior.

Por más que el joven estudiante pudiese aprender y aprendiera de sus amigos mayores, su pensamiento se internó muy pronto por otros caminos. En tanto que sus amigos usaban la dialéctica hegeliana, ante todo en el terreno de la especulación intelectual, y en primer término, en la crítica de la religión, sin referencias concretas a la realidad, en Marx creció el ansia de aplicar la filosofía al mundo real. En modo alguno subestimaba la importancia de la crítica de la religión. Varios años más tarde escribía, en elogio del Doktorklub: “La crítica de la religión es el requisito previo de todas las críticas…” “La crítica de la religión es, pues, el germen de la crítica de este Valle de Lágrimas, del cual la religión es la aureola”.

La profunda impresión que produjo Marx en ese círculo se indica con ingenio en 

unos versos satíricos, que se publicaron después de su partida de Berlín. Sus autores eran el joven Federico Engels, guardia de artillería en 1841-1842, a quien Marx aún no conocía personalmente, y Edgar Bauer, hermano de Bruno Bauer. En memoria del camarada vehemente e intrépido, el poema decía:

¿Quién es el que raudo llega, cual sobre ruedas? 
Un sujeto de Tréveris, un monstruo pelinegro. 
No camina, avanza a saltos, se precipita, 
Brama de ira, como un poseso grita, 
Levanta los brazos, encolerizado, 
Cual para poner el cielo aquí en la tierra. 
Los puños cierra, y después los blande, 
Perseguido, parece, por el diablo mismo.

La amistad con Bruno Bauer y Rutenberg hizo que Marx participase de manera más activa en la vida cultural de Berlín. Iba al teatro a menudo. La interpretación de Mefistófeles en el Fausto de Goethe, por el conocido actor Karl Seydelmann, le provocó una impresión especial. Visitaba con regularidad a la escritora democrática Bettina von Arnim, cuya casa de Unter den Linden era entonces un centro de la vida intelectual de En esa época —se había mudado a una habitación del 17 de la Mohrenstrasse— maduró en él la decisión de prepararse, no para una carrera legal, sino para una académica, de preferencia como profesor de filosofía. A la larga su padre cedió, con el corazón agobiado, a sus ardientes deseos; lo hizo por cariño hacia su hijo, aunque no le resultaba posible quitarse de encima el temor de que a Carlos le preocupase muy poco proteger sus medios de vida. Esta aprensión le inquietaba tanto más, cuanto que sentía debilitarse sus propias fuerzas.

Heinrich Marx murió el 10 de mayo de 1838, a los 61 años de edad apenas, luego de una prolongada enfermedad. Carlos Marx había abrigado cálidos sentimientos hacia su padre, a quien siempre pudo confiar sus problemas e inquietudes. Hasta el final de su vida. La muerte de éste empeoró la situación financiera de Carlos. Su madre, en quien recayó entonces el cuidado de los siete hijos —el menor, Eduard, había muerto de tuberculosis en 1837—, no podía entender por qué el mayor se dedicaba a la tan poco provechosa filosofía. Por lo tanto Carlos hizo un esfuerzo para terminar sus estudios lo antes posible. Pero su implacable autocrítica, que seguiría siendo característica de toda su actividad científica posterior, le impidió terminarlos en forma prematura.

Biografía de Carlos Marx. Cap. No. 5. El idealismo

Debido a su educación y crianza, en ese momento era un idealista, influido en especial por Kant y Fichte, y por las ideas de la ilustración francesa, de Voltaire y Rousseau. Por consiguiente, sobre la base de sus concepciones, recorrió con el pensamiento todos los campos del derecho y los reunió, con gran esfuerzo, en un sistema de filosofía del derecho, sólo para volver a derribar la estructura porque no soportaba la prueba de su mentalidad crítica. Ello sucedió una y otra vez, de manera que en repetidas ocasiones volvió a luchar con todos los problemas importantes de la filosofía. En cada oportunidad empezaba otra vez desde el comienzo. En cada uno de los casos verificaba el camino que había recorrido, y los resultados, con implacable autocrítica. Reconocía con creciente claridad la estrechez y la naturaleza anticientífica del idealismo subjetivo, para el cual el mundo no existía en términos objetivos sino como una proyección de la conciencia del individuo. Pronto empezó a darse cuenta, como escribía a su padre, que: “Por el contrario, en la expresión concreta del mundo vivo de las ideas, como lo son el derecho, el Estado, la naturaleza, el conjunto de la filosofía, es preciso sorprender el objeto estudiado en su evolución; no hay que introducir divisiones arbitrarias; la lógica deja cosa misma tiene que desarrollarse con sus contradicciones internas que la impulsan hacia adelante, y encontrar en sí su unidad”.

Estos ya eran procesos de pensamiento hegelianos. “Del idealismo, que, dicho sea de paso, comparé y nutrí con el pensamiento de Kant y Fichte, pasé a buscar la Idea en la realidad misma. En tanto que los dioses habían vivido antes sobre la tierra, ahora se convertían en su centro.” Tal fue la posición que adoptó en la única carta a su padre que sobrevive de ese año, fechada en noviembre de 1837.
Aunque al principio se oponía a la filosofía hegeliana, se convirtió en discípulo de Hegel. A los 19 años, el joven estudiante ya había descubierto la esencia de la filosofía del maestro: “Me apegué cada vez más estrechamente a la filosofía mundial contemporánea”, informaba a su padre, y describía su conversión al hegelianismo como un punto de viraje en su vida. ¡Sorprendente decisión!, pues en verdad esa conversión sería el punto de partida para el desarrollo del socialismo científico.

La preocupación de Marx por la filosofía hegeliana ya había sido alentada por sus 
profesores de la Universidad de Berlín. Pero su apasionado estudio de los problemas de la política y de una concepción del mundo fue lo primero que lo condujo a Hegel.

El hegelianismo se encontró con Marx a mitad de camino en su esfuerzo por hacer coincidir sus propios puntos de vista filosóficos con la realidad, la historia y la vida contemporánea de la humanidad. En la historia del pensamiento humano, ningún otro había intentado, como Hegel, en forma tan minuciosa y profunda, demostrar una relación interna y un desarrollo inevitable en la historia. Es cierto que Hegel actuaba como un idealista y veía la base de todos los acontecimientos en el desarrollo de las ideas, o, como él la llamaba, de la “Idea Absoluta”. En contraste, consideraba que el mundo material no era otra cosa que una forma del reflejo de esa Idea. Pero era un idealista objetivo; su premisa era la existencia de un origen espiritual “objetivo” del mundo, independiente de la conciencia del hombre. Según su noción, el espíritu, la Idea, movía y empujaba la historia hacia adelante, en un proceso interminable, de lo inferior a lo superior, de a poco y en saltos repentinos, de etapa en etapa. Las etapas intermedias de la Idea, históricamente anticuada, y su funcionamiento en la historia humana, perdían su derecho a la existencia y desaparecían; entonces las remplazaba una realidad nueva, viable, confirmada como razonable por la Idea, y por lo tanto necesaria. Ese proceso de constante desarrollo y transformación, llamado dialéctica, encontraba al cabo su expresión y final, según Hegel, en la etapa en que la Idea se fusiona con la conciencia, y por lo tanto, también con el sistema en el cual la Idea se vuelve consciente de sí, lo cual significaba, por supuesto, con Hegel y con el período en que éste vivía.

Esta tarea filosófica que lo abarcaba todo, para buscar y demostrar, con la ayuda 
de la dialéctica, las líneas de desarrollo en todas las zonas de la historia humana, y en especial del pensamiento humano, poseía una fascinadora atracción, y no cabe duda de que fue un gran logro histórico. Pero la filosofía hegeliana también era rica en contradicciones. Ante todo adolecía de la contradicción entre el método dialéctico, empleado por Hegel de modo consciente, que no reconocía pausa ni verdad absoluta, y el final arbitrariamente anunciado en el desarrollo de la Idea, que Hegel preveía en su sistema y con el cual justificaba, además, al Estado prusiano. En su concepción, la filosofía de Hegel no sólo era idealista, sino también conservadora; y ello a pesar de que su método dialéctico era revolucionario.

Sobre la base de sus contradicciones, las enseñanzas de Hegel daban a los partidarios de distintos puntos de vista políticos y filosóficos la oportunidad de tomarlas como sus puntos de apoyo. Quien ponía el acento principal en la legitimación del Estado prusiano, por Hegel, como “la realización de la Idea Absoluta”, podía mantenerse como conservador, y ser reaccionario en sus objetivos políticos. Por otro lado, quien veía en la dialéctica hegeliana lo principal, podía —más, debía— ocupar un lugar en oposición a la ideología feudal, la religión y la realidad política contemporánea.

Y así fue en la práctica. A finales de la década del 30 surgieron a la luz los antago-
nismos entre quienes se consideraban discípulos de Hegel. Estallaron vehementes controversias entre los así llamados Viejos hegelianos, el ala dogmática, reaccionaria, y los Jóvenes Hegelianos, los pensadores revolucionarios de entre los discípulos de Hegel, y los herederos de su dialéctica.
En ese momento Marx se dedicó a ahondar en el mundo del pensamiento de Hegel.

Es indudable que el joven estudiante que primero en privado, y luego en público, se alineó con los Jóvenes Hegelianos, pudo liberarse del idealismo subjetivo, precisamente con la ayuda del método dialéctico de Hegel. No fue un camino fácil para Marx.

Sus esforzados estudios —a menudo seguía sentado ante sus libros, a la luz de una vela, hasta el alba— minaron su salud. Un médico le aconsejó que pasara el verano en el campo, si era posible. En la primavera de 1837 Marx se trasladó a Stralow, en las afueras de Berlín, y pasó allí todo el verano, según parece en el 4 de Alt-Stralau (ahora número 18), y no en sus habitaciones de estudiante del 50 de Alte Jacobstrasse, a las que se mudó desde Mittelstrasse.

Los meses del verano de 1837, con caminatas diarias a Berlín y vuelta, y paseos 
por las orillas del Spree, hicieron que Marx se recuperase. “No preveía que dejaría de ser un debilucho pálido y encontraría solidez y robustez física”, escribía a su padre.

Pero aun en Stralow continuó estudiando con intensidad, desarrollando el método de trabajo que seguiría durante todo su vida. Escribía prolongados extractos de cada uno de los libros que leía, los anotaba con sus pensamientos y observaciones críticas con el fin de aclararse el contenido. De ese modo se adueñó de los conocimientos de sus tiempos, a fondo pero de manera crítica.

Biografía de Carlos Marx. Cap No. 4. El enfrentamiento con la filosofía contemporánea

EL ENFRENTAMIENTO CON LA «FILOSOFÍA CONTEMPORANEA» 

Carlos Marx partió hacia Berlín en octubre de 1836. Viajó durante cinco días en un coche-correo. Todavía no existían comunicaciones ferroviarias, pero el viaje ya era más sencillo que unos pocos años antes. Ya casi no había puestos de control aduanero que otrora robaban tiempo y descanso a los viajeros, y les aligeraban el bolsillo. La unión aduanera alemana, establecida en 1834 bajo la dirección prusiana, había eliminado las barreras aduaneras entre muchos Estados alemanes. Aún existían muchas aduanas como recuerdos de una fragmentación todavía no superada por Alemania. Sin un sistema unificado de carreteras, sin un territorio económico unificado, la industria no podía desarrollarse y difundirse libremente en Alemania. Pero la burguesía quería construir nuevas fábricas, obtener materias primas y obreros, vender sus mercancías para elevar sus ganancias, sin tropezar con los obstáculos de fronteras dentro de Alemania. Por lo tanto combatió contra la situación de división de Alemania y contra las prerrogativas feudales. Necesitaba un mercado nacional unificado; buscó la unidad de Alemania en beneficio de sus intereses de clase.

Marx llegó a Berlín con la firme decisión de estudiar con dedicación. Allí reinaba un ambiente en todo sentido distinto. En tanto que Bonn era una ciudad pequeña, Berlín era una metrópolis con más de 300.000 habitantes. En Bonn había 700 estudiantes, pero en Berlín la cantidad era tres veces mayor. En Bonn la universidad determinaba el aspecto y la vida de la ciudad; en Berlín los decidían la Corte real y los militares prusianos. En Bonn, casi, ningún estudiante se excluía de las francachelas cotidianas; en Berlín era posible mantenerse discretamente distante de las actividades y estudiar en forma intensiva. “En verdad, otras universidades son tabernas en comparación con la casa de trabajo que es esto”, tal era la opinión del filósofo Ludwig Feuerbach respecto de la Universidad de Berlín. Además, en Berlín no había Landsmannschaften,* ni vinculaciones estudiantiles por el estilo; el rey no las permitía.

La capital prusiana, por lo demás, también era distinta de la ciudad del Rin en 
términos de economía. Aunque en Berlín el trabajo manual y la producción en 
pequeña escala seguían siendo la regla, comenzaba a aparecer la industria capitalista, en su mayor parte fuera de las puertas de la ciudad. En pocas décadas trasformó el carácter de la ciudad, de residencia real y metrópolis de los junkers, y lo modificó de raíz. Junto con la nueva riqueza capitalista apareció muy pronto una nueva y aterradora pobreza; al lado de la nueva burguesía industrial, la nueva clase de los proletarios, que en Francia e Inglaterra ya había pasado al primer plano en forma independiente, y que también se organizaría en Alemania antes que pasara mucho Pero en ese momento todavía gobernaba la reacción feudal. Por lo tanto se hacía necesario, como primer paso, liberar a Alemania de sus cadenas feudales.

Las imprescindibles trasformaciones burguesas se produjeron en Alemania en circunstancias muy complicadas. En contraste con Inglaterra y Francia, que hacía tiempo eran Estados unificados y centralizados, y que por consiguiente también poseían un mercado nacional, la producción capitalista en Alemania sólo podía avanzar a un ritmo extraordinariamente lento. Ello se debía ante todo a la división territorial, a consecuencia de lo cual la burguesía alemana, en su concepción política, el denominado liberalismo, aparecía desunida e incoherente en su actividad política. Pero aunque la burguesía alemana no fue lo bastante madura y fuerte, hasta la década del 30, para derrotar y destruir al feudalismo en el plano político, en el plano ideológico preparó el terreno para la revolución burguesa. Ello se logró por medio de la literatura clásica alemana, y ante todo gracias a la filosofía clásica de finales del siglo xviii y comienzos del xix. Los representantes de esa literatura y filosofía apuntaban el arma de la crítica, en particular en el terreno de la religión, hacia los mismos enemigos contra quienes luchaba la burguesía en el campo político: la fanática clase feudal.

Como es natural, esa “revolución filosófica” chocó contra la más enérgica resistencia de los voceros del feudalismo. También era natural que las ideas y obras de los más destacados representantes de la filosofía clásica alemana —Emmanuel Kant, Johan Gottlieb Fichte, Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Ludwig Feuerbach—, no sólo reflejasen las contradicciones entre la sociedad capitalista en ascenso y el anticuado orden feudal, sino también las incoherencias políticas de la joven burguesía alemana.

Al mismo tiempo, abrían el camino de la trasformación burguesa de Alemania.
Cuando el joven Marx llegó a Berlín, Kant y Fichte habían muerto hacía tiempo, y 
Hegel tampoco vivía ya. Pero sus ideas, y sobre todo el hegelianismo, predominaban entre los intelectuales alemanes. El centro de los conflictos intelectuales era la Universidad de Berlín, donde Hegel enseñó entre 1818 y 1831, y donde entonces, a mediados de la década de 1830-1840, muchos de sus alumnos ocupaban cátedras profesorales.

Carlos Marx ingresó en la Facultad de Derecho el 22 de octubre de 1836. Se informó sobre las materias y se alojó en una habitación cercana a la universidad, en el 61 de Mittelstrasse. Como era de rigor, pero sintiéndose incómodo, visitó a varios de los amigos de su padre. Luego se lanzó a sus estudios con toda su energía. Se inscribió en tres cátedras: legislación criminal, historia del derecho romano y antropología. Desde el comienzo mismo se concentró en recorrer y evaluar de manera independiente la bibliografía técnica y sus fuentes primeras. Este método de trabajo le resultó tan útil, que al año siguiente pudo prescindir de casi todas las cátedras.

Muy pronto sus estudios técnicos de derecho dejaron paso, cada vez más, a una 
preocupación por la filosofía. “Tenía que estudiar jurisprudencia, pero ante todo 
sentía ansias por dedicarme a la filosofía”, escribió más tarde en punto de ese período. 

En rigor, el estudiante empezó a buscar entonces, con apasionamiento, una Welt-
anschauung, una visión del mundo que pudiese darle una base para su labor científica y para sus concepciones políticas.

Pero al principio, como escribió a su padre, tropezó con el gran obstáculo de la tormenta que en su alma habían desatado el suspenso y la ansiedad de “la embriagadora ansia del amor”, que le impedía dedicarse a sus estudios por entero.

Lejos del valle del Mosela y de su “maravillosa Jenny”, confesaba a su padre, “lo 
abrumaba una verdadera inquietud”. No lo turbaban los celos; no abrigaba dudas 
acerca del amor de Jenny. Pero el pensamiento de que debería permanecer separado de ella muchos años era como un peso sobre su corazón.

Y así fue que Marx, a los 18 años, hizo lo que hacen muchos jóvenes enamoradas: escribió poemas en los cuales trataba de expresar sus sentimientos y estados de ánimo. Muestran que entonces estaba henchido de las canciones populares alemanas y que conocía la poesía de Enrique Heine y de Adalbert von Chamisso. La mayoría de sus poemas se referían a Jenny y a su nostalgia por ella; pero no pocos estaban destinados a informarle acerca de sus aspiraciones intelectuales y a su necesidad de acción, como en los siguientes versos:

Seamos, pues, siempre osados, 
Sin una tregua, sin un descanso,

Marx llegó muy pronto a la conclusión de que el mérito literario de sus experimentos poéticos era limitado, que ante todo eran para él un proceso de conocimiento de sí mismo. En poesía, escribía a su padre, “uno tiene el deseo de levantar un monumento a la vida ya vivida, para que vuelva a conquistar en el sentimiento el lugar que perdió en la acción”. Pero no acostumbraba a perderse en “sentimientos y sueños. Estaba henchido del ansia de actuar; lo atraían los hechos.

“Sentía, ante todo, el ansia de encarar la filosofía.” Fiel a su promesa a su padre, Marx estudió jurisprudencia, y a finales del primer semestre ya había dejado atrás una montaña de bibliografía técnica; más, en verdad, de lo que exigía el programa. Pero su dominio de los hechos y los textos separados no lo satisfacía. Sin filosofía, confesaba a su padre, no era posible llegar a ninguna parte. ¿Pero qué filosofía?

* Landsmannschaften: Equipos regionales